Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo petróleo barato y energía abundante bajo el eslogan *drill, baby, drill*. Meses después, la gasolina en Estados Unidos supera los cuatro dólares el galón —unos 3,78 litros—, el precio más alto desde agosto de 2022, y la inflación de marzo ha registrado su mayor salto mensual en cuatro años, situándose en el 3,3%. La guerra en Oriente Próximo y el bloqueo del estrecho de Ormuz han puesto al descubierto una paradoja estructural: el mayor productor de crudo del mundo no puede perforar su camino hacia la estabilidad energética.
El estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo que se comercia en el mundo, lleva semanas convertido en un punto de tensión máxima. Las autoridades iraníes cerraron de nuevo el paso este sábado, después de una breve reapertura el viernes vinculada al alto el fuego entre Israel y el Líbano. La postura estadounidense de mantener bloqueados los puertos iraníes hasta alcanzar un acuerdo definitivo revirtió esa apertura. El resultado: una interrupción del suministro estimada en unos 10 millones de barriles diarios, sin contar derivados, sin precedentes históricos según los expertos del sector.
Una crisis sin parangón en la historia energética
Scott Modell, consejero delegado de Rapidan Energy, una de las principales consultoras energéticas de Washington, sitúa la magnitud del problema en perspectiva histórica. El embargo árabe de 1973 retiró del mercado entre cuatro y cinco millones de barriles diarios. La Revolución Iraní de 1979, entre cuatro y seis millones. La Guerra del Golfo de 1990, alrededor de cuatro millones. La crisis actual ha eliminado unos 13 millones de barriles diarios. "No existe precedente histórico de un choque de oferta de esta magnitud", advierte Modell. Kristalina Georgieva, directora gerente del Fondo Monetario Internacional, añadió esta semana que las consecuencias se prolongarán durante meses: "Un buque cisterna es un barco de movimiento lento. Tardará 40 días en llegar a su destino. Debemos estar preparados para que el impacto se agrave en las próximas semanas".
En ese contexto, la pregunta obvia es si Estados Unidos, que en 2025 alcanzó un récord de producción de más de 13 millones de barriles diarios gracias al *fracking* o fracturación hidráulica, puede aumentar su suministro para compensar la pérdida. La respuesta, según los expertos, es clara: no, al menos no en la magnitud necesaria. La Agencia Internacional de la Energía calcula que EE UU podría elevar su producción en unos 250.000 barriles diarios adicionales para finales de año, una cifra que queda muy lejos de los millones necesarios para equilibrar el mercado.
Por qué el fracking no puede salvar a EE UU esta vez
Jorge León, vicepresidente y jefe de análisis geopolítico de la consultora Rystad Energy, explica la limitación estructural: "Estados Unidos produce mucho petróleo ahora mismo, pero de un tipo muy específico, un crudo muy liviano. Y la mayor parte de las refinerías del país están diseñadas para crudo más pesado, que necesita importar de países como Venezuela". Dicho de otro modo, el petróleo que sale de la cuenca del Pérmico —la gran zona de extracción que se extiende entre Texas y Nuevo México— no es compatible con buena parte de la infraestructura de refino existente en el país.
Según datos de la Administración de Información Energética de EE UU (EIA), el país produjo en 2025 más de 13 millones de barriles diarios pero importó otros 6,2 millones adicionales. Alrededor del 40% de la capacidad de refino depende de esas importaciones, más de la mitad procedentes de Canadá. EE UU también importa crudo pesado de México y Venezuela para alimentar refinerías construidas antes de la revolución del *fracking*. La autonomía energética que Trump pregona es, en la práctica, incompleta.
A esto se suma que la industria del *fracking* opera cerca de su capacidad máxima y muestra mucha menos flexibilidad que hace una década. "Hace unos años, el fracking era muy sensible al precio del petróleo: cuando subía, la producción aumentaba rápido. Pero una vez que los pozos han madurado —y ya llevamos 15 años de producción— la respuesta es mucho más inelástica", señala León. La rentabilidad de la fracturación hidráulica, según la Reserva Federal de Dallas, requiere precios de entre 62 y 70 dólares por barril. Con el crudo por encima de ese umbral, las empresas no tienen incentivo para acelerar inversiones arriesgadas, especialmente cuando el sector recuerda con cautela el ciclo anterior, en el que la caída de precios llevó a la quiebra a decenas de compañías pequeñas y a la absorción de otras por gigantes como Exxon o Chevron.
Según la consultora Baker Hughes, Estados Unidos tiene actualmente 545 plataformas de perforación activas de gas y petróleo, casi un 7% menos que el año anterior. Abrir nuevos pozos desde cero requiere casi un año hasta alcanzar el pleno rendimiento, un horizonte temporal que no resuelve el problema inmediato.
Una pesadilla política para Trump antes de las elecciones de mitad de mandato
El coste político de esta situación es evidente. Los precios de la gasolina y el diésel han subido un 40% y un 52% respectivamente desde mediados de febrero, según datos de la American Automobile Association (AAA), justo antes del inicio de las hostilidades en el Golfo Pérsico. El diésel cotiza por encima de los 5,5 dólares el galón, rozando su récord histórico. Hace apenas dos meses, Trump presumía ante el Congreso de haber rebajado la gasolina a mínimos históricos. Ahora su valoración en las encuestas ha caído a su nivel más bajo.
La subida de los combustibles actúa históricamente en Estados Unidos como un termómetro del descontento ciudadano, especialmente en un país de grandes distancias donde el coche es imprescindible. A menos de seis meses para las elecciones de mitad de mandato, donde el presidente se juega buena parte de su capital político, Trump ha lanzado mensajes contradictorios: por un lado, pide a los ciudadanos que soporten el alto coste energético como precio de la paz; por otro, promete que los precios bajarán en cuanto concluya el conflicto. Ninguna de las dos narrativas resulta fácil de sostener cuando el mercado global de petróleo seguirá absorbiendo los efectos del bloqueo durante meses, con independencia de cuándo se reabra definitivamente el estrecho de Ormuz.