La crisis en Oriente Próximo, con bloqueos en las rutas de suministro de petróleo, está disparando la inflación de costes a nivel global. Los bancos centrales enfrentan un complicado dilema: endurecer la política monetaria para controlar la inflación o evitar un impacto negativo mayor en la actividad y el empleo.
Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo (BCE), advierte que subir los tipos no reduce directamente los precios del gas o del petróleo, sino que sirve para evitar efectos secundarios de la inflación y enviar una señal firme a los mercados. Por ello, el BCE ha aumentado recientemente los tipos en un cuarto de punto, manteniendo una estrategia conservadora ante la situación.
En paralelo, la Reserva Federal de Estados Unidos, bajo la nueva presidencia de Kevin Warsh, mantiene una postura firme pero prudente, priorizando la estabilidad sin precipitar un endurecimiento brusco que pueda dañar la economía. El contexto geopolítico ha complicado la situación: lo que comenzó como un intento de frenar el programa nuclear iraní ha derivado en un bloqueo que pone en jaque el flujo en el estrecho de Ormuz, escenario clave para el transporte petrolero mundial.
Este bloqueo, junto con la amenaza que se extiende al mar Rojo, ha introducido incertidumbre sobre la estabilidad de los suministros energéticos y la economía global. Sin embargo, la demanda ha mostrado signos de moderación y las reservas estratégicas, especialmente de China, han amortiguado el golpe inicial, mitigando parcialmente el impacto esperado.
La estrategia de ganar tiempo de los bancos centrales
Frente a esta incertidumbre, la estrategia predominante en los bancos centrales es la de ganar tiempo. Con discursos que enfatizan la ortodoxia monetaria, las autoridades buscan evitar decisiones apresuradas que puedan empeorar la situación económica en pleno escenario de crisis energética.
Un endurecimiento rápido podría agravar el deterioro del empleo y la actividad económica, mientras que una acción demasiado laxa podría permitir que la inflación se descontrole, generando un efecto inflacionario en cadena que impactaría en toda la economía, incluso en salarios.
Esto obliga a mantener una delicada espera, con la esperanza de que el conflicto se resuelva pronto, algo que por ahora no parece probable. Mientras tanto, se evita el aumento significativo de los tipos, confiriendo un cierto margen para observar cómo evoluciona el escenario.
Limitaciones de la política monetaria en el contexto actual
La política monetaria tiene importantes limitaciones frente a un shock de costes como el actual. A diferencia de escenarios de sobrecalentamiento o recesión clásica, aquí su capacidad para frenar la inflación y reactivar el crecimiento es reducida.
El BCE parte de una posición más cómoda para subir tipos lentamente, mientras que la Fed tiene menos margen debido a los elevados niveles de interés actuales y una elevada liquidez en el sistema financiero. Además, la monetización del déficit público y la importancia del mercado de deuda restrigen su capacidad de maniobra.
Por eso, las decisiones se posponen y el enfoque es prudente. Esta actitud busca evitar decisiones en caliente que podrían empeorar la coyuntura, asumiendo el riesgo de una inflación persistente pero controlada, hasta tener mayor claridad sobre la duración e intensidad de esta crisis.
En definitiva, los bancos centrales navegan en aguas turbulentas, en un equilibrio complejo entre combatir la inflación y preservar el crecimiento y el empleo en un contexto global incierto y marcado por la tensión geopolítica.