El mercado de deuda soberana europea tiene nuevos protagonistas incómodos. Inversores y gestores de fondos han comenzado a referirse a Reino Unido, Italia y Francia como los 'BIF', un acrónimo que agrupa a las tres economías que más han sufrido el encarecimiento de su deuda desde que el conflicto armado con Irán sacudió los mercados el pasado 28 de febrero. El término lo acuñó Craig Inches, responsable de tipos de interés y liquidez de Royal London Asset Management, y recuerda inevitablemente al infame 'PIIG' que marcó la crisis de deuda europea de hace más de una década.
Los números son elocuentes. La rentabilidad de los bonos británicos e italianos a diez años ha subido al menos 0,5 puntos porcentuales desde el inicio del conflicto, mientras que la francesa lo ha hecho en 0,45 puntos. Incluso Alemania, considerada el refugio por excelencia de la eurozona, ha visto subir su rentabilidad 0,38 puntos, lo que da una idea de la magnitud de las ventas generalizadas. Pero la clave no está solo en los números absolutos, sino en lo que representan: los tres países BIF cargan con desequilibrios fiscales previos que los hacen especialmente vulnerables cuando los mercados se ponen nerviosos.
Por qué estos tres y no otros
La etiqueta no es arbitraria. Francia arrastra un amplio déficit público y una reciente inestabilidad política que ha erosionado la confianza de los inversores. Su bono a diez años ya había tocado en 2024 su nivel más alto desde 2011, y en las últimas semanas llegó a rozar el 3,89%, una cota no vista desde la resaca de la crisis financiera de 2009. Italia, por su parte, lleva años siendo la gran preocupación estructural de los mercados de bonos europeos por su elevada ratio deuda/PIB. Y Reino Unido suma a eso la inflación persistente, un banco central que ha mantenido tipos más altos que sus vecinos de la eurozona, y los rescoldos de la crisis de los 'gilts' de 2022, que dejaron una cicatriz duradera en la percepción de riesgo del país.
Esta semana, el Tesoro británico colocó en el mercado deuda por un valor récord de 15.000 millones de libras a diez años, pagando una rentabilidad de en torno al 4,91%, el nivel más alto en una emisión de ese plazo desde 2008. Es una señal de que el mercado exige una prima mayor para prestar dinero a Londres, algo que complica el margen de maniobra fiscal del Gobierno laborista de Keir Starmer justo cuando se debate si excluir el gasto militar de los límites de endeudamiento.
El peso del petróleo y la defensa
El trasfondo del conflicto con Irán añade otra capa de presión. Europa, como mayor importador neto de energía entre los países desarrollados, es la región del mundo más expuesta a un escenario de precios elevados del petróleo y el gas durante un período prolongado. Eso alimenta la inflación, lo que a su vez complica la normalización de los tipos de interés, y obliga a los gobiernos a gastar más en subsidios energéticos o en reforzar su independencia energética. En paralelo, la presión para aumentar el gasto en defensa —ya presente desde la invasión rusa de Ucrania— se intensifica con cada nuevo frente que se abre.
Según Gordon Shannon, gestor de fondos de TwentyFour Asset Management, el peor comportamiento relativo de los BIF responde precisamente a que partían de una posición de mayor tensión fiscal antes del conflicto. "Cuando las ratios deuda/PIB ya están al límite, cualquier shock adicional amplifica la presión", explica. Es una lógica circular: cuanto peor es la percepción del mercado, más caro resulta endeudarse, y más difícil se vuelve estabilizar las finanzas públicas.
La correlación entre los bonos del Estado británicos y los italianos alcanzó durante las semanas más tensas del conflicto su nivel más alto en décadas, según datos de LSEG analizados por el Financial Times. Mike Riddell, gestor de Fidelity International, califica ese movimiento conjunto de "muy inusual" y lo atribuye a que ambos países comparten una percepción similar de vulnerabilidad fiscal en los mercados globales.
Francia, en cambio, aguantó algo mejor la tormenta, aunque eso podría reflejar simplemente que su deuda ya llevaba tiempo comportándose peor que la de sus vecinos, por lo que el margen de caída adicional era menor. No es un consuelo especialmente tranquilizador.
El contraste con los antiguos PIIG resulta revelador. Portugal, Irlanda, Grecia y España —junto con la propia Italia en aquel entonces— han saneado considerablemente sus finanzas públicas en la última década, lo que les ha permitido capear este episodio con mayor solvencia. El problema ahora no está en la periferia tradicional, sino en el núcleo y el flanco atlántico de Europa. Los mercados, como siempre, no perdonan a quien llega con los deberes sin hacer cuando llega el momento de la verdad. Y el momento, según los gestores consultados por el Financial Times, ha llegado antes de lo esperado.