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Jim Redman, 94 años: "El mejor piloto es Márquez"

El hexacampeón del mundo de motos repasa a los cinco más grandes que vio y corona al de Cervera por encima de todas las leyendas.

Por Carlos García·miércoles, 15 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: Jim Redman, 94 años: "El mejor piloto es Márquez" · El Diario Joven

Con 94 años y seis títulos mundiales en el bolsillo, Jim Redman tiene autoridad moral para opinar sobre casi cualquier cosa relacionada con las motos. El piloto nacido en Rhodesia —actual Zimbabue— y formado bajo bandera británica ganó cuatro campeonatos de 350cc y dos de 250cc en los años sesenta, una época en la que un error a más de 270 km/h podía costar la vida sin red de seguridad alguna. Ahora, en un episodio del podcast 'Rider Stories', ha dado su veredicto definitivo sobre quién es el piloto más grande que ha visto en su larga vida ligada al motociclismo.

Redman no lo hace a la ligera. Antes de llegar a una conclusión, repasa cinco nombres que, en su opinión, cambiaron el deporte cada uno a su manera. El primero es Mike Hailwood, con quien compartió paddock y rivalizó en pista. Lo que más le impresionaba del británico no era su velocidad bruta, sino su capacidad para que las motos —máquinas que en aquella época podían matarte con cualquier error— parecieran dóciles. El ejemplo que cita es el Tourist Trophy de la Isla de Man de 1967, donde Hailwood, con una Honda, se midió a Giacomo Agostini y su MV Agusta. Mientras otros pilotos luchaban con la trazada, Hailwood ya estaba saliendo de la curva. "Él no combatía el límite, se sincronizaba con él", resume Redman.

El segundo nombre es precisamente Agostini, al que describe como una máquina de precisión. No lo recuerda por adelantamientos espectaculares ni por arriesgadas frenadas tardías, sino por algo más perturbador: su consistencia absoluta. Redman rememora una carrera en Países Bajos en 1968 en la que el italiano tomó la cabeza en la tercera vuelta y mantuvo exactamente dos segundos de ventaja durante doce vueltas seguidas, sin que el paso del tiempo o el desgaste de los neumáticos alteraran su ritmo lo más mínimo. Esa capacidad para estrangular una carrera sin aspavientos es lo que Redman subraya como su mayor virtud.

El tercero en la lista es Kenny Roberts, el primer norteamericano en ganar el campeonato del mundo de 500cc, logrado en 1978 con Yamaha. Su llegada al Mundial europeo supuso un shock cultural y técnico. Redman reconoce que al principio no le gustaba lo que veía: la moto parecía siempre al borde de la caída, el tren trasero fuera, la delantera buscando agarre de manera desesperada. En su época, eso significaba una caída inminente. Sin embargo, Roberts no caía, sino que era más rápido. Venía del flat track americano, donde aprendes a controlar el derrape o te vas contra la valla. Redman tardó años en aceptarlo, pero acabó reconociendo que Roberts tenía razón: el límite no es un muro, sino un territorio habitable.

Rossi y la dimensión psicológica

El cuarto nombre es Valentino Rossi, y aquí Redman da un salto conceptual. Con el italiano, las carreras dejaron de ser solo un duelo físico y mecánico para convertirse en algo cercano al ajedrez. Rossi estudiaba a sus rivales, identificaba sus patrones, sus dudas, el momento exacto en el que su confianza se quebraba. El ejemplo que Redman utiliza es el Gran Premio de Cataluña de 2009, cuando el italiano superó a Jorge Lorenzo en la última vuelta con una maniobra que el propio Redman califica de suicida para cualquier piloto de su generación: frenada tardísima, trazada interior imposible y una confianza en el neumático delantero que rozaba lo irracional. "En mi época, eso habría sido la muerte", dice sin rodeos. Pero Rossi sabía exactamente lo que hacía porque conocía a Lorenzo mejor que Lorenzo a sí mismo en ese momento.

Márquez, el que reescribió las reglas

Y luego llega Marc Márquez. Redman confiesa que su primera reacción al ver al piloto de Cervera fue de escepticismo: se caía demasiado, y en su época eso era síntoma de que un piloto no duraría mucho. Pero observándole con más atención, en circuitos como el Sachsenring o el de las Américas en Austin, entendió que las caídas de Márquez no eran el resultado de errores, sino el precio de operar en un territorio donde nadie más se atrevía a entrar. La moto perdía el tren delantero, y él lo recuperaba con el codo rozando el asfalto, una y otra vez, como si fuera parte del plan.

Para Redman, los otros cuatro pilotos de su lista definieron la grandeza dentro de ciertos parámetros: armonía con la máquina, paciencia táctica, control del derrape, inteligencia psicológica. Márquez hizo algo distinto: ignoró esos parámetros y se apropió del límite como si le perteneciera. "Se cae más que nadie en la historia, pero ese es el punto", argumenta. Las caídas son el impuesto que paga por pilotar donde nadie más llega, y lo sigue pagando y volviendo.

Redman cierra su reflexión con una frase que resume bien la escala de lo que está describiendo: pasó toda su carrera convencido de que la grandeza consistía en controlar el riesgo y sobrevivir dentro del límite. Marc Márquez le hizo comprender que ese límite nunca estuvo donde él creía que estaba.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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