Un grupo de mujeres sentadas alrededor de una mesa en la costa galesa, cada una con su libro, sin mirarse, sin hablar, sin tocar el teléfono. Pagan más de 1.200 euros por ese fin de semana. Lo que parece una rareza es, en realidad, la punta de lanza de un mercado en expansión a ambos lados del Atlántico: los retiros de lectura, una nueva categoría de experiencia de viaje que ha encontrado su hueco entre un público joven, urbano y con capacidad adquisitiva.
El modelo es sencillo en teoría y rentable en la práctica. Un grupo reducido de personas se desplaza a una casa rural o un hotel boutique durante un fin de semana para leer, cada cual su propio libro, en lo que las organizadoras llaman «silencio amigable». No hay lista de títulos obligatoria, no hay debate posterior, no hay nada que se parezca a un club de lectura convencional. Empresas como Page Break, fundada en 2024 por Mikey Friedman, cobran entre 1.000 y 1.200 dólares por fin de semana. Ladies Who Lit sube el listón hasta las 3.450 libras por cuatro días en Mallorca. Bad Bitch Book Club, uno de los referentes del sector, oscila entre 950 y 1.750 dólares según el retiro.
El éxito de estos espacios no se entiende sin el contexto de la crisis lectora. Desde 2003 hasta 2023, la proporción de estadounidenses que leen por placer a diario cayó del 28% al 16%, según un informe elaborado a partir de más de 236.000 participantes. La caída es transversal: afecta a todos los grupos demográficos, aunque resulta más severa entre los de menor renta y nivel educativo. El teletrabajo ha contribuido además a eliminar uno de los grandes nichos históricos de lectura: el trayecto diario al trabajo en transporte público.
Leah Price, autora de *What We Talk About When We Talk About Books*, lo sintetiza con claridad: el principal enemigo de la lectura ya no es el trabajo, sino la competencia del contenido digital de formato corto. El año 2018, cuando el wifi llegó a toda la red de metro de Nueva York, fue descrito como un punto de inflexión negativo para los lectores de suburbano. Uli Beutter Cohen, que gestiona la cuenta de Instagram Subway Book Review entrevistando viajeros sobre sus lecturas, calificó aquel año directamente de «horrible» para la lectura en el metro.
Paradójicamente, la reacción contra esa hiperconexión también se ha canalizado a través de las redes sociales. BookTok, la comunidad lectora de TikTok, acumula más de 200.000 millones de visualizaciones bajo su hashtag y se ha consolidado como un motor de ventas capaz de rescatar títulos del olvido y catapultar a autores independientes a las listas de más vendidos. La paradoja es evidente: una red social construida sobre el vídeo corto y la atención fugaz impulsa el interés por la lectura larga y reposada.
Gabi Valladares, fundadora de The Literary League y organizadora de retiros en el resort Scribner's Lodge de las Catskills, describe estos encuentros como «poco exigentes» y subraya que ofrecen «un punto de conexión incorporado». La fórmula combina horas de lectura libre con encuentros ocasionales con autores y otros lectores, sin la presión de haber terminado un libro concreto ni de tener una opinión formada sobre él. Es una propuesta que encaja directamente con el discurso del bienestar: el marketing de estos retiros adopta el lenguaje del autocuidado, con referencias a velas, cócteles sin alcohol y entornos con spa.
El perfil del asistente es abrumadoramente femenino. Emma Donaldson, fundadora de Boutique Book Breaks, retiros en hoteles de la campiña inglesa, reconoce que hasta la fecha solo ha tenido un huésped varón. Las organizadoras atribuyen este sesgo a la feminización de la industria editorial en las últimas décadas y a un marketing que conecta deliberadamente con los valores del bienestar femenino. La académica DeNel Rehberg Sedo va más lejos y vincula la popularidad de estos espacios con los grupos de concienciación femenina de los años sesenta y setenta, describiéndolos como lugares que «continúan la formación de las mujeres y las alejan de las responsabilidades domésticas».
La historia, en todo caso, avala la dimensión social de la lectura. Durante siglos no fue una práctica solitaria: familias reunidas junto a la chimenea para escuchar textos en voz alta, mujeres que compartían relatos mientras cosían, viajeros que intercambiaban libros en los vagones del tren. La aparición del ferrocarril en el siglo XIX generó incluso toda una industria editorial paralela: el editor Henry Walton Smith empezó a vender novelas baratas en los andenes de las estaciones londinenses, y Allen Lane instaló una máquina expendedora de libros de Penguin en los vestíbulos del metro. Los retiros de lectura no inventan nada nuevo; recuperan una tradición muy antigua con un precio muy contemporáneo.
El dato de demanda lo dice todo sobre el momento que vive el sector. Page Break recibió 50 solicitudes para cubrir 15 plazas en su retiro del desierto de Joshua Tree, en California, y las asignó por sorteo. Bad Bitch Book Club, que nació en 2018 como un grupo de Facebook, llegó a los 38.000 miembros durante el confinamiento de 2020 y generó ingresos de unos 200.000 dólares anuales a través de suscripciones en Patreon. Sus campamentos de verano en Maine recibieron 500 solicitudes para 240 plazas. La conclusión es que leer despacio, sin algoritmos y en compañía de desconocidos que comparten el mismo problema, tiene un mercado. Y ese mercado está dispuesto a pagar.