Netflix ha estrenado 'Confía en mí: El falso profeta', una miniserie documental de cuatro episodios que reconstruye el ascenso y caída de Samuel Bateman, líder de una facción extremista de la Iglesia Fundamentalista de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (FLDS). La producción, dirigida por la ganadora del Emmy Rachel Dretzin, se diferencia de otros títulos del género porque no se apoya únicamente en entrevistas a posteriori o recreaciones dramatizadas. Su columna vertebral son cientos de horas de grabaciones inéditas obtenidas desde dentro del propio grupo.
Detrás de ese material está el trabajo de Christine Marie, experta en sectas, y su esposo, el cineasta Tolga Katas. Ambos se infiltraron durante años en el círculo íntimo de Bateman en Short Creek, Utah, registrando conversaciones y testimonios en tiempo real. Toda esa documentación fue entregada posteriormente a las autoridades federales y se convirtió en prueba clave para el desmantelamiento de la red. Netflix España recoge la ficha completa de la miniserie y la ubica dentro de su catálogo de true crime de producción propia.
El vacío de poder que permitió el ascenso de Bateman
Para entender cómo Bateman llegó a controlar a decenas de personas, la serie dedica sus dos primeros episodios a explicar el contexto de la FLDS. Este grupo fundamentalista se separó de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días a principios del siglo XX para continuar practicando la poligamia, algo que la iglesia mayoritaria había prohibido oficialmente en 1890. Desde entonces, la FLDS construyó comunidades cerradas en las que el líder o profeta acumulaba un poder absoluto: tomaba decisiones económicas, domésticas, matrimoniales y educativas sobre sus miembros.
El nombre que marcó el auge y la caída de esa estructura fue el de Warren Jeffs, figura central de la FLDS durante años y condenado a cadena perpetua en 2011 por abuso sexual de menores. Su encarcelamiento no disolvió el grupo, sino que lo fragmentó en facciones aún más radicales. Bateman, que hasta entonces era un miembro de bajo rango, aprovechó ese vacío propagando la idea de que Jeffs se comunicaba a través de él. Con esa narrativa consiguió que una comunidad vulnerable le entregara una obediencia total bajo el amparo de una supuesta autoridad divina.
El resultado fue una conspiración de abuso sexual documentada con detalle en la serie. Bateman llegó a tomar decenas de esposas, entre ellas menores de tan solo nueve años. La deshumanización dentro del culto quedó reflejada en un detalle especialmente revelador: las mujeres eran despojadas de sus nombres y referenciadas únicamente por números. Además, eran empleadas como mano de obra gratuita para financiar la red de negocios del líder, mientras este mantenía el control psicológico mediante amenazas y aislamiento familiar.
Manipulación, vigilancia y megalomanía
Los episodios finales de la miniserie se adentran en las tácticas de control más extremas documentadas por Christine Marie: encuentros sexuales grupales organizados bajo órdenes directas de Bateman, vigilancia constante de los miembros, violencia física y una explotación financiera sistemática. La serie lo presenta como el retrato de un narcisista que utilizó el aparato religioso como cobertura legal para sus crímenes, y plantea también una crítica implícita a los límites de la intervención policial ante estructuras que operan bajo la protección de la libertad religiosa.
Uno de los momentos más llamativos que recoge la producción —y que ilustra la desconexión de Bateman con la realidad exterior— fue su intento de establecer contacto con la fallecida reina Isabel II. La anécdota se incluye no como curiosidad, sino como evidencia del grado de megalomanía que había alcanzado el líder dentro de su propio universo cerrado.
La labor de Christine Marie también estuvo marcada por el riesgo. En varios momentos su cobertura estuvo a punto de ser descubierta, lo que convierte su trayectoria en uno de los ejes narrativos más tensos de la miniserie. La serie dedica espacio a mostrar cómo mantuvo su fachada de devoción mientras recopilaba las pruebas que terminarían siendo determinantes en el proceso judicial.
La condena y el alcance que persiste
Samuel Bateman fue condenado a 50 años de prisión. Sin embargo, 'Confía en mí: El falso profeta' advierte que esa sentencia no ha puesto fin a su influencia: según la información recogida en el documental, Bateman sigue realizando llamadas diarias desde su celda para mantener el control sobre algunas de sus seguidoras. Es un detalle que la producción utiliza para subrayar que el desmantelamiento legal de una estructura de abuso no implica necesariamente la liberación psicológica de las víctimas.
La miniserie cierra con los testimonios de mujeres que finalmente encontraron voz para declarar ante la justicia, en lo que la dirección presenta como un acto de reivindicación colectiva. Más allá del caso concreto, la producción funciona como un análisis de los mecanismos que permiten que este tipo de estructuras surjan y prosperen: el aislamiento de comunidades, la jerarquía vertical basada en dogma religioso, la complicidad pasiva del entorno y las dificultades procesales para probar delitos cometidos en el interior de grupos que operan como entidades legales.
La condena de Warren Jeffs en 2011 por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos fue el antecedente directo que desencadenó la fragmentación del grupo y el ascenso de figuras como Bateman. Un contexto que el documental reconstruye con el rigor que permite el acceso a material de primera mano, y que lo distingue dentro de un género, el true crime, que rara vez cuenta con ese tipo de fuentes.