En pleno 2026, un hombre que acuda a una reunión de trabajo con falda y tacones probablemente generará sorpresa. Sin embargo, hace apenas tres siglos, esas mismas prendas eran símbolo de poder y estatus entre la aristocracia europea. El fenómeno que explica ese giro radical tiene nombre propio: la Gran Renuncia Masculina, un concepto acuñado por el psicólogo británico John C. Flügel hacia 1930 para describir cómo los hombres abandonaron la búsqueda de la belleza en el vestir y abrazaron lo estrictamente funcional.
La pregunta la planteaba recientemente el escritor David Uclés y antes que él la diseñadora Ana Locking, que en una entrevista en la Cadena SER animaba a los hombres a arriesgar más con su vestuario. "Las piernas de los chicos son súper sexis, los escotes de los chicos son súper sexis. Abre escote, ponte una falda", señalaba Locking, lamentando que muchos hombres se "cortan las alas" ante el armario a medida que maduran. Pero lo cierto es que esa contención masculina no es solo presión social del momento: tiene raíces históricas profundas.
Cuando los hombres vestían pelucas, tacones y colores brillantes
Basta con recorrer las salas del Museo del Prado para comprobar que la sobriedad no siempre definió la moda masculina. El retrato de Felipe V con su familia, pintado por Louis Michel van Loo en 1743, o la obra de Jacob-Ferdinand Voet que muestra a Luis Francisco de la Cerda, IX duque de Medinaceli, revelan hombres ataviados con pelucas voluminosas, tacones altos, medias de seda, faldones amplios y una abundancia de colores llamativos. Todo ello transmitía un mensaje claro: quien podía permitirse prendas tan poco prácticas no necesitaba trabajar con las manos.
Los tacones, de hecho, tienen un origen militar. Durante siglos se utilizaron en Oriente Próximo como parte de la indumentaria ecuestre. Los soldados persas los empleaban para estabilizarse sobre los estribos y disparar el arco con mayor precisión. Cuando a finales del siglo XVI el sha Abbas I de Persia envió emisarios a Europa, los nobles del continente se enamoraron de aquel calzado y lo adoptaron como marca de rango. Según explicaba Elizabeth Semmelhack, conservadora del Museo del Calzado Bata de Toronto, en un reportaje de la BBC, "una de las mejores maneras de transmitir estatus es a través de lo poco práctico". Quienes lucían tacones no necesitaban caminar por caminos embarrados ni recorrer campos de cultivo.
La Ilustración cambia las reglas del juego
El punto de inflexión llegó con la Ilustración, el movimiento intelectual que entre mediados del siglo XVII y comienzos del XIX priorizó la razón, la educación y la utilidad por encima de los privilegios heredados. El estatus dejó de considerarse un don de cuna para pasar a vincularse con la formación y el mérito. Y ese cambio de mentalidad se trasladó directamente al armario: las prendas cómodas y funcionales empezaron a ganar terreno frente a las extravagancias decorativas.
En Inglaterra, incluso los terratenientes abrazaron un estilo más práctico, adecuado para gestionar sus propiedades. Esa nueva sensibilidad, no obstante, se aplicó de forma asimétrica. De los hombres se esperaba racionalidad; de las mujeres, expresión emocional. La consecuencia fue que la moda masculina se despojó de adornos mientras la femenina conservó (y en muchos casos amplificó) sus elementos decorativos.
La Revolución Francesa y los sans-culottes
La Ilustración sentó las bases, pero fue la Revolución Francesa la que catalizó el cambio de forma irreversible. Con la caída del Antiguo Régimen, la indumentaria dejó de ser una simple elección estética para convertirse en declaración política. El ejemplo más elocuente son los sans-culottes —literalmente, "sin calzones"—, los partidarios más firmes de las clases populares. Frente a las calzas cortas y ceñidas de la aristocracia, artesanos, comerciantes y campesinos vestían pantalón largo y holgado, mucho más cómodo para el trabajo manual.
A medida que radicales y jacobinos ganaron influencia, la idea de rechazar las extravagancias del viejo orden se consolidó. Los pantalones largos sustituyeron a los bombachos, desaparecieron las filigranas y los colores estridentes, y la funcionalidad se impuso como valor estético dominante en la moda de caballero. La revolución no solo transformó el sistema político francés: redefinió lo que significaba vestirse como un hombre.
El influencer original: Beau Brummell
El cambio no fue únicamente resultado de corrientes abstractas. También tuvo protagonistas concretos. En América, Benjamin Franklin causó sensación al prescindir de las pelucas blancas que dominaban la moda de la época. En 1840, el llamado Discurso de la Cuchara de Oro, pronunciado en la Cámara de Estados Unidos, ridiculizó el estilo excesivamente refinado del presidente Van Buren.
Pero quizás la figura más influyente fue el británico George "Beau" Brummell, considerado el prototipo del dandi europeo y amigo personal del rey Jorge IV. Brummell apostó por la discreción, la limpieza y la elegancia sin estridencias: abrigo, chaleco, camisa, corbata, pantalones y botas de montar en colores tenues. Nada de excentricidades. El foco pasó de los adornos superfluos al cuidado del detalle, la calidad de los tejidos y la compostura. Su influencia marcó el rumbo de la moda masculina durante décadas.
Conviene matizar que la tendencia a la sobriedad no fue universal en todo momento ni en toda Europa. En la España de los Austrias, entre mediados del siglo XVI y el XVII, los caballeros ya solían vestir de forma austera y oscura. Lo mismo ocurría en los países calvinistas. Sin embargo, estas fueron excepciones dentro de un panorama continental donde lo habitual era la ostentación.
Un concepto con nombre propio
Todo este proceso tiene una etiqueta académica precisa. El psicólogo británico John C. Flügel lo bautizó como la Gran Renuncia Masculina en torno a 1930, al estudiar cómo la moda de caballero había evolucionado desde el esplendor barroco hasta la contención contemporánea. Según Flügel, "el hombre abandonó su pretensión de ser considerado hermoso" y se propuso "ser tan solo útil". Sus esfuerzos en materia de vestimenta se dirigieron a estar "adecuadamente ataviado", no a resultar elegante o elaborado.
Casi un siglo después de que Flügel formulara su teoría, la máxima no ha permanecido intacta —la moda es cíclica y se revisa a sí misma constantemente—, pero sí explica por qué en 2026 tantos hombres siguen sin plantearse ponerse una falda. Las marcas de moda contemporánea llevan años proponiendo colecciones sin género y diseñadores como Palomo Spain han reivindicado una masculinidad más libre en el vestir. Pese a ello, el peso de más de dos siglos de renuncia sigue condicionando lo que la mayoría de hombres encuentran al abrir su armario cada mañana.