Cuando el ayatolá Jomeini proclamó en 1979 que el Estado israelí debía ser "aniquilado", nadie pensó que décadas después seguiría existiendo en Irán una comunidad judía activa. Sin embargo, ahí están: decenas de miles de personas que practican su fe en sinagogas de Teherán, Isfahan y Shiraz, bajo un régimen que combina una retórica abiertamente antisionista con una tolerancia formal, aunque frágil y condicionada, hacia sus propios ciudadanos judíos.
La paradoja no es nueva, pero sí se hace más evidente en momentos de alta tensión como el actual. Hace escasas semanas, el gobierno de Benjamin Netanyahu ejecutó un ataque directo contra territorio iraní con el respaldo operativo de Estados Unidos, elevando el conflicto entre ambos países a un nivel de confrontación abierta sin precedentes recientes. En ese contexto, la situación de los judíos iranís —ciudadanos del país atacado, pero también miembros de una fe estigmatizada por el poder— vuelve a estar bajo el foco internacional.
Irán fue durante siglos uno de los grandes centros de la diáspora judía. Según estimaciones de organizaciones como el American Jewish Committee, antes de la Revolución Islámica de 1979 vivían en el país más de 80.000 judíos. Hoy esa cifra ronda los 8.000 o 10.000, según las fuentes consultadas, lo que convierte a esta comunidad en la más numerosa de Oriente Medio fuera de Israel. La mayoría emigró tras la revolución, principalmente hacia Estados Unidos e Israel, en busca de un entorno más seguro y menos hostil.
Una minoría reconocida, pero vigilada
La Constitución iraní de 1979 reconoce oficialmente a los judíos como minoría religiosa protegida, junto a los cristianos y los zoroastrianos. Eso les garantiza, en teoría, el derecho a practicar su religión, mantener sus propias escuelas y contar con representación parlamentaria: un único escaño reservado en el Majlis, el parlamento iraní. Pero los límites de esa protección son claros y estrictos.
Expresar cualquier simpatía pública hacia Israel es delito. Mantener contacto con familiares en el Estado hebreo puede acarrear consecuencias legales. Viajar a Israel está prohibido para todos los ciudadanos iraníes, sin excepción. Y en un país donde el aparato de inteligencia vigila de cerca a las minorías, la autocensura dentro de la comunidad judía es una práctica habitual y comprensible. Los judíos iranís han aprendido a distinguir con precisión entre el antisionismo oficial del régimen —que rechazan en privado— y el antisemitismo que, al menos formalmente, el Estado dice no profesar.
Esa distinción es la que ha permitido al régimen mantener durante décadas el argumento de que sus judíos viven con plena libertad, mientras simultáneamente financia a grupos armados como Hezbolá o Hamás y organiza conferencias que cuestionan el Holocausto. En 2006, durante la presidencia de Mahmoud Ahmadineyad —quien llegó al poder afirmando que Israel debía ser "borrado del mapa"—, Irán organizó en Teherán una cumbre internacional de negacionismo histórico que generó una condena generalizada en todo el mundo occidental.
Tensión máxima en un momento crítico
El ataque israelí de las últimas semanas ha vuelto a poner a la comunidad judía iraní en una posición extremadamente delicada. Por un lado, son ciudadanos de un país que acaba de sufrir un golpe militar. Por otro, pertenecen a la misma tradición religiosa que el gobierno que lo ejecutó. Ningún representante de la comunidad ha hecho declaraciones públicas, lo que resulta revelador en sí mismo.
Fuentes diplomáticas y organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional han alertado en el pasado de que, en momentos de crisis entre Irán e Israel, los judíos iranís son los primeros en sufrir el endurecimiento del control interno. Los arrestos por supuestos vínculos con el "enemigo sionista" se han producido en distintas coyunturas históricas, y algunos casos han llegado a sentencias de prisión severas.
A pesar de todo, hay quienes han decidido no marcharse. Sus razones son diversas: lazos familiares irrompibles, un apego profundo a una tierra que también es la suya, o simplemente la convicción de que su presencia en Irán tiene un valor histórico y simbólico que va más allá de la política del momento. Son los herederos de una tradición que se remonta más de 2.700 años, a los tiempos del rey Ciro el Grande, considerado por el pueblo judío como un libertador por poner fin al cautiverio de Babilonia.
Su permanencia en Irán es, al mismo tiempo, un acto de resistencia silenciosa y un recordatorio incómodo para el régimen: que la identidad iraní es plural, que la historia no empieza en 1979 y que hay ciudadanos que no encajan en el relato oficial de la República Islámica.