El salmón atlántico que remonta los ríos asturianos cada primavera lleva décadas enviando una señal de alarma. A finales de los años cincuenta, los registros oficiales recogían entre 10.000 y 12.000 capturas por temporada en los ríos de Asturias, sin contabilizar la pesca furtiva, que engrosaba esa cifra de forma notable. El año pasado, el total de capturas en todos los ríos asturianos apenas superó el centenar de ejemplares. La tendencia es tan acusada que en lo que va de temporada todavía no ha aparecido el primer campanu, el nombre popular que recibe el primer salmón capturado cada año.
Esta situación, lejos de ser exclusiva de un río o una cuenca, refleja un deterioro generalizado que combina décadas de contaminación fluvial, pesca sin control y, según advierten los expertos, una presión sobre la especie que no termina cuando el salmón sale del río. El salmón es una especie anádroma: nace en agua dulce, migra al océano Atlántico para alimentarse y crecer durante uno o varios años, y regresa al río de origen para reproducirse. Esa fase marina, en la que el pez recorre miles de kilómetros, también está sujeta a capturas comerciales a gran escala en distintos países del Atlántico Norte.
La Comisión de Salmónidos del Atlántico Norte (NASCO), organismo intergubernamental que coordina la gestión internacional de esta especie, lleva años señalando que las poblaciones de salmón atlántico han disminuido significativamente desde los años ochenta, y que la recuperación requiere medidas tanto en los ríos como en el mar. Sin actuar en ambos frentes de forma simultánea, las restricciones impuestas en agua dulce tienen un efecto limitado.
En España, las comunidades autónomas con competencias en pesca fluvial han ido endureciendo las condiciones de captura a lo largo de los últimos años. Asturias ha establecido cupos, vedas y tramos de pesca sin muerte para el salmón, medidas que buscan garantizar que un número suficiente de ejemplares llegue a los frezaderos y complete su ciclo reproductor. Sin embargo, los datos siguen apuntando a una recuperación muy lenta, cuando no a una estabilización en niveles mínimos.
El río, necesario pero insuficiente
La calidad del agua es otro factor determinante. Décadas de vertidos agrícolas, ganaderos e industriales han degradado muchos tramos fluviales asturianos, reduciendo la disponibilidad de oxígeno disuelto y alterando los fondos de grava donde el salmón deposita sus huevos. La limpieza de los cauces y la eliminación de obstáculos artificiales, como azudes y presas que impiden la migración, son condiciones previas para que cualquier plan de recuperación tenga éxito.
El Principado de Asturias ha impulsado en los últimos años varios programas de restauración fluvial y cuenta con estaciones de aforo y seguimiento de la migración del salmón, aunque los resultados a corto plazo siguen siendo modestos. La biología de la especie impone sus propios plazos: un salmón tarda entre dos y cuatro años en completar su ciclo vital, lo que significa que las mejoras en el hábitat fluvial no se traducen en recuperaciones visibles hasta pasados varios años.
La trucha común, otra especie emblemática de los ríos cantábricos, ha protagonizado procesos de recuperación más rápidos en cuencas donde se han tomado medidas efectivas. El caso de Castilla y León, donde una ley de pesca aprobada en 2013 endureció las condiciones de captura y generó polémica entre los pescadores ribereños, es citado habitualmente como ejemplo de que la regulación puede funcionar si se aplica con rigor y continuidad, aunque el proceso tardó varios años en arrojar resultados positivos.
Pesca social frente a pesca extractiva
Más allá de los datos poblacionales, la relación cultural entre los asturianos y sus ríos también ha cambiado de forma estructural. La pesca fluvial, que durante décadas sirvió como fuente de proteína y complemento económico para muchas familias rurales, se ha transformado progresivamente en una actividad de ocio y disfrute. La modalidad de pesca sin muerte, en la que el ejemplar se libera tras la captura, gana adeptos en toda España y en Asturias tiene una presencia creciente en cotos y tramos regulados.
Esta transición cultural no elimina la presión sobre las poblaciones de peces, pero sí la reduce. Los datos del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030 sobre hábitos recreativos al aire libre muestran que la pesca deportiva mantiene una base de practicantes estable en España, con especial arraigo en el norte peninsular. La clave, para los especialistas, está en compatibilizar esa afición con una gestión científica de los recursos, alejada tanto del abandono total del río como de la explotación descontrolada.
El debate sobre el salmón asturiano, en definitiva, apunta a una paradoja común en la gestión de recursos naturales: las medidas de protección llegan cuando la especie ya ha sufrido un daño severo, y su eficacia depende de actores y jurisdicciones que van mucho más allá del tramo de río que cualquier pescador puede ver desde la orilla.