El cardiólogo Aurelio Rojas ha lanzado una advertencia directa sobre dos productos alimentarios de consumo habitual que, según la evidencia médica acumulada, representan un riesgo serio para la salud del corazón. El especialista, cuyas declaraciones recoge El Comercio, sostiene que no se trata de una exageración, sino de una realidad respaldada por décadas de investigación clínica y epidemiológica.
La afirmación del doctor Rojas se enmarca en un contexto preocupante: las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de muerte en España. Según los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística, las patologías del sistema circulatorio provocan más de 120.000 fallecimientos al año en nuestro país, por delante del cáncer y las enfermedades respiratorias. Detrás de muchas de estas muertes hay hábitos alimentarios que se han normalizado durante generaciones.
Los dos grandes enemigos del corazón
Los dos alimentos a los que se refieren habitualmente los cardiólogos en este tipo de advertencias son los ultraprocesados con alto contenido en azúcares añadidos y los productos ricos en grasas trans o parcialmente hidrogenadas. Ambos comparten una característica: están presentes en la dieta diaria de millones de personas sin que estas sean plenamente conscientes del daño acumulativo que generan.
El azúcar añadido, presente en refrescos, bollería industrial, salsas comerciales y cereales de desayuno, provoca picos de insulina, favorece la inflamación crónica y contribuye al desarrollo de obesidad, diabetes tipo 2 e hipertensión. La Organización Mundial de la Salud recomienda que el consumo de azúcares libres no supere el 10% de la ingesta calórica diaria, e idealmente debería situarse por debajo del 5%. Sin embargo, la realidad es que el consumo medio en España supera con creces esas recomendaciones, especialmente entre la población joven.
Por su parte, las grasas trans, que se encuentran en margarinas industriales, snacks envasados, comida rápida y productos precocinados, elevan el colesterol LDL (el llamado "colesterol malo") y reducen el HDL (el "bueno"). Este doble efecto las convierte en uno de los factores dietéticos más peligrosos para las arterias. La OMS lleva años pidiendo su eliminación total de la cadena alimentaria y la Unión Europea estableció en 2021 un límite máximo de 2 gramos de grasas trans por cada 100 gramos de grasa en los alimentos procesados.
Por qué resulta tan difícil evitarlos
Uno de los problemas que subrayan los profesionales sanitarios es que estos ingredientes no siempre son fáciles de identificar en el etiquetado. El azúcar puede aparecer bajo decenas de nombres distintos —jarabe de maíz, dextrosa, maltosa, concentrado de zumo de frutas— y las grasas trans se esconden a menudo tras expresiones como "aceite vegetal parcialmente hidrogenado". Para un consumidor medio que hace la compra con prisa, detectar estos componentes requiere un nivel de atención que no siempre es posible.
La industria alimentaria, además, ha desarrollado estrategias de marketing que dificultan la tarea. Productos etiquetados como "light", "sin azúcar añadido" o "natural" pueden contener igualmente cantidades significativas de estos ingredientes o de sustitutos que no son mucho mejores. La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) ha impulsado en los últimos años el sistema Nutri-Score como herramienta de ayuda, aunque su implementación sigue generando debate entre fabricantes y expertos en nutrición.
El factor acumulativo: el verdadero peligro
Lo que hace especialmente peligrosos a estos alimentos no es un consumo puntual, sino su presencia constante en la dieta. Un refresco azucarado al día, unas galletas industriales en el desayuno, una pizza precocinada para cenar: cada uno de estos actos parece inofensivo de forma aislada, pero su repetición durante años provoca daño arterial progresivo, acumulación de grasa visceral y alteraciones metabólicas que acaban desembocando en infartos e ictus.
Los cardiólogos insisten en que la prevención cardiovascular no pasa por dietas milagro ni por eliminar grupos alimentarios enteros, sino por reducir drásticamente el consumo de ultraprocesados y volver a patrones alimentarios basados en productos frescos. La dieta mediterránea, con su énfasis en frutas, verduras, legumbres, pescado y aceite de oliva virgen extra, sigue siendo el modelo que más evidencia científica acumula a su favor en la protección del corazón.
En España, la paradoja es evidente: siendo cuna de la dieta mediterránea, las tasas de obesidad y sobrepeso no dejan de crecer. Según la Encuesta Europea de Salud, más del 50% de la población adulta española presenta exceso de peso, y entre los menores de 18 años las cifras son igualmente alarmantes. El acceso fácil y barato a productos ultraprocesados, combinado con estilos de vida cada vez más sedentarios, está erosionando una tradición alimentaria que durante décadas nos protegió.
El mensaje del doctor Rojas, en definitiva, no busca generar alarma gratuita sino recordar algo que la comunidad médica repite con insistencia: lo que comemos cada día tiene consecuencias directas sobre nuestra esperanza y calidad de vida. Revisar la lista de ingredientes antes de comprar, cocinar más en casa y priorizar alimentos reales frente a productos industriales son tres pasos sencillos que pueden marcar una diferencia enorme a largo plazo.