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Por qué el tiempo juega a favor de Irán

El cierre del estrecho de Ormuz dispara los precios energéticos globales y refuerza la posición negociadora de Teherán frente a Washington.

Por Carlos García·miércoles, 15 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: Por qué el tiempo juega a favor de Irán · El Diario Joven

El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase nueva y más peligrosa. Tras un fin de semana de conversaciones fallidas, Washington ha decidido escalar con un bloqueo naval que, lejos de doblar la voluntad de Teherán, está disparando aún más los precios del petróleo y el gas en los mercados internacionales. La pregunta no es ya si habrá consecuencias económicas, sino hasta dónde llegarán.

El detonante inmediato fue el cierre efectivo del estrecho de Ormuz por parte de Irán, un paso marítimo por el que transita aproximadamente el 20% del suministro energético mundial. Fatih Birol, director de la Agencia Internacional de Energía, ha calificado la situación como "la mayor amenaza a la seguridad energética global de la historia", advirtiendo que el impacto podría superar al de las crisis del petróleo de los años setenta, que generaron años de inflación, recesiones y racionamiento de combustible en Occidente.

Una crisis que ya se nota en el día a día

El golpe al bolsillo de los ciudadanos apenas está comenzando. El encarecimiento de la gasolina en las gasolineras es la señal más visible, pero la cadena de efectos es mucho más amplia. La escasez de combustible para aviación amenaza el transporte aéreo justo antes del verano europeo. La falta de helio —cuya producción está muy concentrada en Catar— puede paralizar fábricas de semiconductores. La escasez de fertilizantes encarecerá los alimentos. El Banco Asiático de Desarrollo ha proyectado que la crisis podría restar más de un punto porcentual al crecimiento de los países en desarrollo de Asia durante este año.

Lo que inicialmente se amortigüó porque gran parte del petróleo y el gas del Golfo ya estaba en alta mar cuando Estados Unidos e Israel atacaron a Irán el 28 de febrero, ahora empieza a materializarse en toda su crudeza. Los efectos del cierre del estrecho y de los ataques iraníes contra infraestructuras energéticas del Golfo se están acumulando semana a semana.

Por qué Irán no tiene prisa

Teherán parte de una posición más sólida de lo que parece desde Washington. El régimen iraní lleva meses acumulando ingresos extraordinarios gracias a las ventas de petróleo a precios inflados. Además, puede sostener cierta actividad económica exportando gas por gasoducto. No depende del estrecho para sobrevivir, pero sí lo necesita Occidente para mantener el suministro energético global.

Esa asimetría es la clave del conflicto. Cuanto más tiempo permanezca cerrado Ormuz, mayor es la presión política y económica sobre Estados Unidos y sus aliados, y más se refuerza la posición negociadora iraní si algún día se retoman las conversaciones de paz. Los iraníes lo saben, y cuentan con ello.

La estrategia del bloqueo estadounidense apuesta por ahogar económicamente a Irán, pero choca con una realidad incómoda: el régimen de Teherán es implacable y está luchando por su propia supervivencia. No hay señales de que la presión externa vaya a producir una capitulación rápida.

Los límites de la fuerza militar

Trump ha sugerido en varias ocasiones que abrir militarmente el estrecho sería sencillo. Esa valoración ignora la complejidad real del escenario. Incluso si la Marina estadounidense lograra escoltarbuques de guerra por el estrecho, eso no garantiza la seguridad del tráfico comercial. Irán no necesita hundir todos los petroleros: bastaría con ataques selectivos con drones o lanchas rápidas para hacer que el transporte seguro de crudo sea prácticamente imposible de asegurar.

Si Washington optara por destruir infraestructuras críticas iraníes —centrales eléctricas o plantas desalinizadoras—, Teherán ha amenazado con responder en espejo en los países del Golfo. Sin agua potable generada por desalinización, la vida en los Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí se volvería insostenible. El oleoducto saudí que cruza hasta el Mar Rojo, alternativa a Ormuz, ya ha sido atacado y podría serlo de nuevo. Los hutíes, aliados de Irán, pueden intentar bloquear también el estrecho de Bab el-Mandeb, cerrando otra ruta clave.

El malestar político se extiende fuera de Oriente Medio

Las consecuencias no se limitan a la región. La semana pasada, protestas por el precio del combustible en Irlanda casi paralizaron el país, obligando al gobierno a desplegar al ejército para reabrir carreteras y puertos, y a anunciar ayudas por valor de 505 millones de euros. Es probable que Irlanda sea solo el primer aviso. Francia, con una deuda pública elevada y una larga tradición de conflictividad social ligada al precio del combustible, ya mira con preocupación sus próximas elecciones presidenciales.

El dilema que afronta la comunidad internacional es incómodo. Antes del bloqueo, una parte del sector petrolero parecía resignada a pagar a Irán un peaje —se hablaba de un dólar por barril— por el paso a través del estrecho. Washington rechaza ese escenario con razón: permitir que un solo país controle de forma lucrativa el 20% del suministro energético mundial sería una distorsión geopolítica sin precedentes, comparable a una versión extrema y concentrada de la OPEP, con los ingresos adicionales financiando el programa nuclear iraní y sus redes regionales de aliados.

Salir de este callejón exige lo que más escasea en este momento: visión estratégica, paciencia negociadora y capacidad para construir alianzas. La crisis energética no se resolverá con más presión militar ni con bloqueos que elevan más los precios que doblan voluntades. El tiempo, por ahora, corre del lado de Teherán.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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