El debate sobre la jornada de 35 horas ha dejado de ser exclusivo de la función pública. Lo que empezó como una negociación entre el Gobierno y los sindicatos del sector público se ha convertido en un termómetro para el conjunto del tejido empresarial español. Y la lectura no es precisamente tranquilizadora: la mayoría de las empresas no tiene los datos ni las herramientas necesarias para gestionar ese cambio sin que se les vuelva en contra.
Esa es la tesis central que defiende Elisabeth Marín, managing director de Woffu, una plataforma especializada en gestión de presencia y optimización del tiempo de trabajo. Según Marín, el problema no es la reducción de jornada en sí misma, sino la forma en que se está planteando: como una medida normativa desconectada de cualquier transformación real en la forma de organizar el trabajo. Reducir las horas sobre el papel manteniendo los mismos procesos, la misma carga y las mismas dinámicas es lo que ella llama "maquillaje normativo": una apariencia de progreso que en la práctica puede derivar en más presión sobre los trabajadores y menos capacidad competitiva para las empresas.
El problema de fondo: las empresas trabajan a ciegas
El diagnóstico tiene respaldo en cifras concretas. Según el Informe de Digitalización de las Pymes 2024, solo el 12% de las compañías en España realiza actualmente analítica de datos de forma sistemática. En el segmento de microempresas, el uso de herramientas de Business Intelligence cae hasta el 2,4%. Son números que revelan una brecha enorme entre lo que se exige legalmente a las empresas y lo que estas son capaces de gestionar con sus recursos actuales.
Sin visibilidad sobre la carga de trabajo real, sobre los picos de actividad o sobre qué tareas se duplican o se solapan, cualquier rediseño del tiempo de trabajo es poco más que una apuesta a ciegas. No se puede saber si hay margen para comprimir la jornada o si, por el contrario, el ajuste acabará trasladando presión a los empleados que ya trabajan al límite. La consecuencia más probable en ese escenario es el burnout, no el bienestar laboral que se persigue con la medida.
Esta falta de capacidad analítica no es un problema nuevo, pero la reforma de jornada lo pone bajo los focos. Según datos del Instituto Nacional de Estadística, España arrastra desde hace años una productividad por hora trabajada por debajo de la media de la Unión Europea, lo que convierte en especialmente delicado cualquier cambio en el volumen de horas sin una contrapartida en eficiencia.
El teletrabajo retrocede justo cuando más se necesita flexibilidad
Hay otro factor que complica el cuadro: mientras se impulsa la reducción de jornada, la presencialidad está recuperando terreno en muchas organizaciones. Los datos oficiales muestran que el teletrabajo en pymes y grandes empresas ha caído desde el 50,6% registrado en 2021 hasta el 34,2% en 2023. Es una tendencia que choca frontalmente con lo que muchos trabajadores demandan: más autonomía sobre cómo, cuándo y desde dónde hacen su trabajo.
Esta "vuelta a la oficina" tiene sentido en algunos contextos, pero sin sistemas de gestión eficientes que permitan planificar la presencia de forma inteligente, se convierte en una fuente adicional de fricción. Las empresas que no han invertido en digitalizar su gestión del tiempo se encuentran ahora con dos cambios simultáneos que gestionar: menos horas disponibles y más necesidad de coordinación presencial. Sin las herramientas adecuadas, ese cruce puede ser complicado de navegar.
En un tejido empresarial donde las pymes representan más del 99% del total de empresas, según los datos del Ministerio de Industria y Turismo, la falta de presupuesto, de perfiles técnicos especializados y de cultura del dato sigue siendo la barrera principal para avanzar en esta transformación. La inteligencia artificial y la automatización están en boca de todos, pero la mayoría de las pymes españolas aún no ha resuelto el paso anterior: tener datos fiables sobre lo que pasa dentro de su propia organización.
Tres palancas para que el cambio sea real
Desde Woffu plantean que la jornada de 35 horas puede ser una oportunidad genuina de modernización, pero solo si se acompaña de un cambio en la cultura organizativa. El primero de los pilares que proponen es pasar del presentismo a la medición de resultados: dejar de valorar cuántas horas está alguien en su puesto y empezar a evaluar si cumple objetivos, con visibilidad real sobre la carga de cada equipo.
El segundo pilar pasa por democratizar el acceso a herramientas de análisis. No tiene sentido que el Business Intelligence sea patrimonio exclusivo de las grandes corporaciones cuando son las pymes y las microempresas las que más necesitan detectar ineficiencias antes de asumir cambios normativos de calado. El tercer elemento es la planificación basada en datos reales de actividad: usar la analítica para anticipar los momentos de mayor carga y cubrirlos de forma estructurada, sin recurrir a horas extra como parche habitual.
El argumento de fondo es que la tecnología no debería verse como un coste añadido en este proceso, sino como la condición necesaria para que la reducción de jornada no se coma los márgenes ni agote a los equipos. Si la reforma legislativa sirve de palanca para que más empresas digitalicen su gestión del tiempo, el resultado puede ser positivo para productividad, bienestar y competitividad al mismo tiempo. Si no, el riesgo es que la norma exista sobre el papel mientras la realidad de muchos trabajadores empeora en silencio.