Una densa humareda cubrió San Petersburgo tras un ataque con drones de Ucrania que impactó la terminal petrolera de la ciudad. Este ataque, junto a otros similares, ha provocado una crisis de combustible en Rusia, con largas colas en gasolineras de Moscú y una creciente percepción de que el conflicto en Ucrania podría estar cambiando de rumbo.
Según declaraciones del expresidente del Banco de Inglaterra y actual asesor internacional Mark Carney, varios países europeos coinciden en que "Putin va a perder". Sin embargo, con pocas señales de que el líder ruso quiera aceptar la derrota, las autoridades occidentales anticipan que el verano será un período especialmente peligroso, marcado por la posibilidad de que Rusia intente escalar la guerra.
Los estrategas occidentales dividen las posibles respuestas de Putin en cuatro vías: acciones convencionales en el frente ucraniano, empleo de armas nucleares tácticas, ataque directo contra países de la OTAN, o una intensificación de la guerra híbrida mediante operaciones encubiertas contra infraestructuras occidentales.
En el frente militar convencional, Rusia planea enviar más tropas para sostener una campaña que ha sido descrita como una "picadora de carne". A pesar de reivindicaciones oficiales sobre avances territoriales como el supuesto control de Kostyantynivka, Ucrania ha negado estos avances. Algunos analistas occidentales estiman que las bajas rusas ascienden a unas 35.000 mensuales, con dudas sobre la capacidad de Moscú para reponer su personal y la posibilidad latente de una movilización general, la cual podría provocar descontento social interno.
Respecto al uso de armas nucleares, las amenazas por parte de Putin se han vuelto menos creíbles para los líderes occidentales, especialmente ante las advertencias recibidas por Rusia desde China. El riesgo de una intervención directa occidental si se emplearan armas de ese tipo mantiene a las autoridades rusas limitadas en esta opción.
En cuanto a un enfrentamiento directo con la OTAN, se considera poco probable. Aunque hay preocupación por posibles provocaciones rusas en los estados bálticos o Polonia, Moscú ha evitado hasta ahora abrir un segundo frente que pueda debilitarlo estratégicamente o generar una división en la alianza occidental.
Finalmente, la guerra híbrida sigue siendo una herramienta en manos de Rusia, con operaciones encubiertas dirigidas a infraestructuras y figuras clave en Occidente. Sin embargo, este tipo de acciones conlleva el riesgo de represalias que podrían elevar aún más la tensión internacional.
Putin se enfrenta a un dilema donde todas sus alternativas para cambiar el curso del conflicto implican riesgos significativos y costos elevados. La estrategia occidental combina la preparación para nuevas formas de escalada con un incremento constante de la presión sobre Rusia, esperando que esto conduzca a un eventual reconocimiento por parte del Kremlin de la imposibilidad de alcanzar sus objetivos máximos.
El verano próximo será crucial para definir la dinámica de esta guerra, con un posible horizonte de finalización del conflicto para finales de año si Ucrania y sus aliados logran mantener la resistencia y la presión diplomática.
Para más detalles, puede consultarse el análisis original en Financial Times y declaraciones oficiales a través de los canales de la OTAN y del Gobierno ucraniano.