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La nueva plutocracia y su influencia en la democracia

Musk, Bezos y Zuckerberg concentran un poder sin precedentes que condiciona política, medios e inteligencia artificial.

Por Carlos García·domingo, 19 de abril de 2026Actualizado hace 1 min·5 min lectura·10 vistas
Ilustración: La nueva plutocracia y su influencia en la democracia · El Diario Joven

El 8 de junio de 2021, el portal de periodismo de investigación ProPublica publicó una investigación que sacudió el debate fiscal en Estados Unidos. Tras acceder a los registros tributarios de algunas de las mayores fortunas del país, el medio comprobó que Jeff Bezos, Elon Musk, George Soros y Warren Buffett no habían pagado nada en el impuesto sobre la renta durante varios ejercicios, sin cometer ninguna irregularidad. El tipo impositivo efectivo de los 25 estadounidenses más ricos entre 2014 y 2018 fue del 15,8%, inferior al que podría pagar un trabajador con un sueldo de 45.000 dólares al año. La misma pauta se repite, con matices, en Bélgica, España, Italia, Francia y los Países Bajos: el 1% más rico paga tipos efectivos menores que el contribuyente medio.

Este fenómeno no es nuevo, pero sí lo es su escala. Según los últimos datos de Oxfam, las 12 personas más ricas del mundo acumulan un patrimonio superior al de más de 4.000 millones de personas. A lo largo de 2025, las fortunas de los milmillonarios crecieron a un ritmo tres veces superior al registrado en el lustro anterior. Un informe de Oxfam de enero de 2025 señala directamente que las políticas impulsadas durante el mandato de Donald Trump han beneficiado a las personas más ricas del planeta, bien impulsando la desregulación o bloqueando acuerdos que habrían aumentado la tributación efectiva de las grandes corporaciones.

Lo que distingue a la plutocracia actual de otras épocas no es solo la magnitud de la riqueza acumulada, sino el tipo de poder que esa riqueza proporciona. Max Lawson, responsable de los estudios sobre desigualdad en Oxfam, identifica varias palancas clásicas: la financiación de campañas y partidos políticos, el lobby institucional, la amenaza de trasladar capitales a otras jurisdicciones y, cada vez más, el control de la conversación pública. Más de la mitad de los principales medios de comunicación del mundo pertenecen a milmillonarios. Ocho de las diez mayores empresas de inteligencia artificial están dirigidas por ellos, y nueve de las diez redes sociales más influyentes también.

En las elecciones estadounidenses de 2024, cien familias aportaron uno de cada seis dólares gastados por candidatos, partidos y comités electorales. El desembolso total fue de 2.600 millones de dólares, más del doble de los 1.000 millones invertidos en 2020 y 160 veces lo que aportaban antes de que, en 2010, el Tribunal Supremo de Estados Unidos eliminara los límites a la financiación de campañas. A eso se suma un poder más reciente y más tangible: Elon Musk puede decidir si Ucrania tiene acceso a la red de satélites Starlink, que es de su propiedad. Una empresa privada con capacidad para condicionar el resultado de un conflicto bélico.

El problema de los incentivos

Que los más ricos tengan más voz no sería tan preocupante si sus intereses coincidieran con los del resto. Pero el economista Branko Milanovic señala que los incentivos de los milmillonarios, cuya riqueza proviene del capital, raramente coinciden con los de quienes viven de su trabajo. Una mayor regulación de los mercados financieros protege a la sociedad de crisis cíclicas, pero reduce el margen de ganancia de los grandes inversores. Lo mismo ocurre con la sanidad y la educación públicas, cuya expansión puede colisionar con los intereses de quienes invierten en sus equivalentes privados.

Milanovic advierte de que la falta de precedentes cercanos en los que el poder de los ricos haya sido cuestionado con éxito, combinada con la visibilidad que les otorgan las redes sociales, puede estar alimentando un apetito difícil de moderar. "Si los grandes plutócratas no moderan su ambición y esta se vuelve demasiado obvia, la reacción contra ellos puede terminar socavando los pilares sobre los que se mantienen", señala. Una investigación publicada en diciembre de 2024 por la revista de la National Academy of Sciences, firmada por Eli G. Rau y Susan Stokes, cuantificó ese riesgo: la probabilidad de erosión democrática es siete veces mayor en los países con mayor desigualdad.

Regulación y libre competencia

Parte del problema tiene raíces históricas concretas. A principios del siglo XX, la jurisprudencia del juez Louis Brandeis y las leyes antimonopolio frenaron la concentración de poder económico en Estados Unidos. En los años ochenta, una reinterpretación de esas normas limitó la regulación a los casos en los que hubiera subidas de precios o caídas de producción, dejando la puerta abierta a que empresas como Amazon, Meta o Google construyeran posiciones dominantes cobrando poco o nada a sus usuarios. Francisco Ferreira, responsable de estudios sobre desigualdad en la London School of Economics, lo explica con una comparación: la industria del acero o del petróleo tuvieron que enfrentar más competencia real que las grandes tecnológicas actuales, que operan con márgenes extraordinarios y sin rivalidad efectiva.

En Europa, la regulación de la libre competencia y la financiación de campañas es más estricta que en Estados Unidos, aunque no está exenta de tensiones. La filósofa y economista belga Ingrid Robeyns, autora de un trabajo sobre el concepto de limitarianismo —la idea de fijar un techo al patrimonio máximo que puede acumular una persona—, señala que el modelo europeo de agencias de competencia ofrece un contrapeso que no existe al otro lado del Atlántico. Sin embargo, la concentración avanza también aquí, y la irrupción de la inteligencia artificial sin marcos regulatorios claros añade una nueva dimensión al problema.

El historiador económico Guido Alfani, de la Universidad Bocconi, recuerda que los griegos ya advertían de la incompatibilidad entre democracia y concentración extrema de riqueza. La república de Venecia, considerada en el siglo XV un modelo de estabilidad política precisamente porque impedía que los más ricos controlaran el poder, terminó cediendo a principios del XVII: los patricios adinerados podían entonces comprar un asiento en el Gran Consejo y garantizar que sus descendientes formasen parte del grupo gobernante. La historia, concluye Alfani, sugiere que estas tendencias no son inevitables, pero tampoco se corrigen solas.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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