Jack Dorsey, cofundador de Twitter y actual responsable de Block, ha lanzado una propuesta que aspira a redefinir cómo funcionan las empresas por dentro: que la inteligencia artificial asuma buena parte de las tareas de coordinación, supervisión y gestión de prioridades que tradicionalmente recaían en los mandos intermedios. La idea, detallada en el informe From Hierarchy to Intelligence publicado junto a Sequoia Capital, va mucho más allá de usar la IA como herramienta de productividad individual.
Para entender el alcance de lo que plantea Dorsey conviene remontarse a 1855, cuando Daniel McCallum diseñó el primer organigrama moderno para el New York and Erie Railroad. Aquella compañía ferroviaria necesitaba evitar colisiones entre trenes en una red enorme y dispersa, y McCallum inventó un diagrama en forma de árbol que permitía visualizar dependencias, flujos de información y responsabilidades. Fue, en esencia, la primera tecnología organizativa de la era industrial. Lo que propone ahora el fundador de Block es sustituir esa infraestructura jerárquica por una capa de inteligencia artificial capaz de leer lo que ocurre dentro de la empresa y reaccionar casi en tiempo real.
La IA como sistema nervioso de la empresa
Según Dorsey, la mayoría de compañías utiliza la inteligencia artificial como un simple copiloto, una mejora marginal del sistema que ya existía. Su planteamiento es radicalmente distinto: convertir la IA en el sistema nervioso de la organización. No se trata solo de que los empleados trabajen más rápido con asistentes virtuales, sino de que la propia estructura de mando se transforme. La coordinación entre equipos, la distribución de contexto y la detección de cuellos de botella pasarían del jefe al sistema.
Este enfoque marca una diferencia clave con experimentos anteriores que también intentaron romper la pirámide jerárquica. Tony Hsieh probó la holacracia en Zappos en 2015, eliminando puestos de mando y apostando por la autoorganización. El resultado fue confuso: un 14% de la plantilla se marchó, el modelo requería demasiado tiempo de adaptación y la empresa acabó demostrando que quitar jefes formales no elimina la necesidad de autoridad y claridad. La diferencia con Block, según Dorsey, es que ahora sí existe una tecnología capaz de cubrir ese vacío de coordinación que antes solo llenaban las personas.
Del jefe burócrata al mentor humano
Si el modelo de Block funciona, el perfil del mando intermedio cambiará de forma sustancial. El jefe dejará de ser el nodo central que recopila información, convoca reuniones y transmite prioridades entre capas. Según coinciden análisis de Deloitte y McKinsey, esa evolución apunta hacia un liderazgo menos administrativo y más relacional: menos control de tareas y más coaching, desarrollo de talento y criterio en situaciones ambiguas. El mando del futuro no acumulará poder por tener más subordinados, sino por su capacidad para resolver problemas concretos y leer matices que la IA no capta.
En la práctica, esto significa que el superior sabrá lo que ocurre no porque su equipo se lo cuente en reuniones rutinarias, sino porque el sistema ya habrá captado esa información. Le pedirá menos actualizaciones y más juicio. La paradoja, señalan los expertos, es que cuanto más asuma la IA el trabajo mecánico de coordinación, más valioso se vuelve el jefe capaz de escuchar, formar, corregir y dar seguridad.
Otros intentos de escapar del organigrama clásico
Block no camina sola en esta dirección. El grupo chino Haier lleva años dividido en cientos de microempresas autónomas con contacto directo con el cliente, un modelo llamado RenDanHeYi que demuestra que una gran corporación puede funcionar sin la rigidez piramidal, aunque su coordinación sigue recayendo en equipos humanos. Spotify popularizó los squads y las tribus como símbolo de agilidad, pero descubrió que demasiada autonomía sin reglas claras fragmenta la organización. Y Valve Corp., la compañía de videojuegos, llevó la autogestión al extremo con salarios pactados entre colegas y decisiones de contratación colectivas, un experimento fascinante pero difícil de escalar fuera de nichos de talento muy concretos.
Otras empresas ya han puesto la IA en el centro de su estrategia operativa sin llegar tan lejos como Dorsey. Shopify, por ejemplo, exige desde 2025 que toda su plantilla integre la IA como parte natural de su trabajo diario, según un memorando de su CEO Tobi Lütke. Klarna, la fintech sueca, presumió en 2024 de que su asistente de IA gestionaba dos tercios de los chats de atención al cliente. Son señales de que la transformación organizativa impulsada por la inteligencia artificial ya no es teoría, sino una carrera en la que cada empresa busca su propia fórmula. La de Dorsey es, hasta ahora, la más ambiciosa: no quiere que la IA ayude al jefe, quiere que ocupe su lugar en todo lo que no requiera ser humano.