La inteligencia artificial (IA) está disparando la productividad en sectores clave, pero las ganancias resultantes no se reflejan en un aumento proporcional de los salarios.
Esta brecha comienza a generarse tensiones en empresas consideradas "superestrella" dentro del ecosistema digital, evidenciando un creciente debate sobre quién debe apropiarse de los beneficios económicos derivados de esta tecnología. En abril, 30.000 empleados de Samsung Electronics iniciaron una huelga para exigir una participación más estable y recurrente en los beneficios vinculados al auge de la IA en la fabricación de semiconductores.
Este conflicto va más allá de una simple disputa salarial puntual. Los trabajadores rechazan primas únicas por productividad y demandan fórmulas de reparto permanentes, similares a las empleadas por SK hynix, donde los salarios anuales pueden superar los 900.000 dólares para ciertos puestos especializados. Se trata de un modelo en el que la rentabilidad extra que aporta la IA se traslada directamente a la plantilla.
Manuel Hidalgo, profesor de la Universidad Pablo de Olavide, explica que estas empresas acumulan importantes incrementos en productividad sin aumentar la plantilla. Este fenómeno, denominado "fauces del cocodrilo" por economistas, genera un desequilibrio entre la productividad y la retribución al trabajo. Los empleados conscientes de su papel en esta transformación tecnológica quieren evitar que sus salarios queden desconectados de los beneficios que generan.
La discusión sobre la distribución de la riqueza tecnológica cobra especial relevancia en un entorno donde la inteligencia artificial no es solo una herramienta temporal, sino una tecnología con un impacto estructural en los modelos productivos. La OCDE ya ha señalado que el crecimiento y la distribución de beneficios dependerá de cómo se implemente la IA, la reorganización de las empresas y las políticas redistributivas que se apliquen.
Desde el punto de vista laboral, los profesionales cuestionan la forma en que se reconocen sus aportaciones. En lugar de un bonus puntual que reconoce un buen año, exigen un sistema de participación que garantice un beneficio anual vinculado a la producción y uso de tecnologías como chips de memoria de alto rendimiento, esenciales en la economía digital actual.
El profesor Adrián Todolí, especialista en Derecho Laboral, defiende la implantación legal de sistemas estables de participación en beneficios, inspirándose en modelos como el francés, donde empresas con más de 50 empleados deben establecer mecanismos para repartir ganancias con la plantilla. La negociación colectiva sería la vía para definir porcentajes y fórmulas, pero la legislación debería ofrecer soluciones supletorias en caso de falta de acuerdo.
Este reparto del "dividendo de la IA" también es clave para facilitar la aceptación y adopción de la inteligencia artificial. Si los trabajadores perciben que la IA se utiliza para mejorar sus condiciones y no para amenazar su empleo o reducir salarios, estarán más dispuestos a colaborar, compartir conocimiento y asumir cambios en sus tareas.
Sin embargo, esta demanda tiene riesgos. Algunas empresas podrían acelerar la automatización y reducir contrataciones si los costes laborales se encarecen por la exigencia de parte de los beneficios. Ya se han visto casos como IBM, Klarna, Atlassian y Microsoft, que han recortado plantilla mientras fortalecían sus estrategias de IA, señalando un posible futuro de división laboral entre empleados "aumentados" y trabajadores fácilmente reemplazables.
Manuel Hidalgo alerta acerca de la ruptura de la "escalera de talento": si hoy se reduce la incorporación de trabajadores junior, que tradicionalmente ocupaban roles formativos con menores salarios, en el futuro habrá escasez de expertos senior capaces de supervisar y evolucionar las tecnologías.
Además, los riesgos abarcan desacuerdos sobre la calidad y sostenibilidad de la automatización. Empresas que han priorizado reducción de costes vía IA han tenido que revertir medidas, como demostró Klarna al recontratar personal tras sustituirlos con chatbots que afectaron negativamente la atención al cliente.
En resumen, la tensión distributiva derivada del auge de la inteligencia artificial está abriendo un nuevo capítulo en las relaciones laborales y empresariales. El desafío no es solo repartir mejor los beneficios, sino gestionar la transformación tecnológica con visión estratégica y social equilibrada.
Casos como el de Samsung, SK hynix, Hollywood o Microsoft evidencian que la discusión sobre el "dividendo tecnológico" será central para evitar conflictos y permitir que la adopción de la IA sea un éxito compartido por empresas y trabajadores.
Para una aproximación más profunda a las negociaciones en Francia, se puede consultar el modelo legal vigente en Legifrance.
La OCDE ofrece análisis sobre el impacto económico y laboral de la IA en su informe disponible en OECD.
Asimismo, para entender los riesgos laborales asociados a la IA, la International Labour Organization proporciona estudios y recomendaciones que pueden orientar políticas públicas y empresariales.
Este debate marcará el futuro de la inteligencia artificial en los entornos profesionales y la configuración de la economía digital global.