Si creciste en España en los años ochenta, la sintonía de El Coche Fantástico probablemente sigue grabada a fuego en tu memoria. La serie llegó a Televisión Española en agosto de 1984 y generó un fenómeno cultural que llenó las tiendas de juguetes, los álbumes de cromos y los sueños de toda una generación. Pero más allá de la nostalgia, hay una historia mucho menos conocida detrás de los coches que dieron vida a KITT: una historia de destrucción masiva, rescates fortuitos y cotizaciones astronómicas.
El vehículo elegido para encarnar al coche más famoso de la televisión fue el Pontiac Firebird Trans Am de tercera generación, un modelo que acababa de salir al mercado estadounidense ese mismo 1982. Su silueta afilada y su frontal oscuro eran perfectos para el papel. Bajo el capó montaba un motor V8 de 5,0 litros que desarrollaba 165 CV, suficientes para llegar a 200 km/h y completar el 0 a 100 en torno a los 9 segundos. El precio de origen rondaba los 11.000 dólares, aunque la versión televisiva requería una transformación radical antes de ponerse delante de las cámaras.
Esa transformación corrió a cargo del diseñador Michael Scheffe, bajo las órdenes del creador de la serie, Glen A. Larson. Scheffe integró la ya mítica luz roja oscilante en el frontal, inspirada en los Cylons de Battlestar Galactica, otra producción de Larson. El interior se convirtió en una cabina de mandos cargada de botones luminosos y pantallas que, para los estándares de la época, parecían sacados de una película de ciencia ficción. Aquel habitáculo era la personificación audiovisual de lo que entonces se entendía por tecnología del futuro.
Durante los cuatro años que duró el rodaje, entre 1982 y 1986, la producción llegó a utilizar entre 20 y 22 unidades distintas del Trans Am. No todos los coches cumplían la misma función: algunos estaban impecablemente cuidados para los planos cortos y de detalle, mientras que otros eran reforzados con barras antivuelco para soportar los saltos y persecuciones del llamado Turbo Boost. Entre el parque de vehículos había incluso unidades modificadas para simular que el coche circulaba solo: un especialista se ocultaba en el asiento trasero y controlaba el volante a través de un sistema de poleas invisible para la cámara.
El capítulo más sorprendente de esta historia llegó en 1983, cuando un descarrilamiento ferroviario dañó varias unidades recién fabricadas por Pontiac que se transportaban desde la planta. General Motors optó por vender esos coches a la productora por el precio simbólico de un dólar por unidad, pero impuso una condición que marcaría el destino de casi toda la flota: todos los vehículos debían ser destruidos al término de la serie para evitar reclamaciones legales derivadas de posibles defectos de seguridad en coches que ya habían sufrido daños antes del rodaje. La orden fue ejecutada en gran medida, y la mayoría de los KITT auténticos terminaron bajo la prensa de un desguace al concluir la cuarta temporada en 1986.
Por fortuna, un puñado de ejemplares escapó a ese destino. Según los datos disponibles, solo cinco unidades genuinas han sobrevivido hasta hoy. Dos de ellas se encuentran en la colección de los Knight Rider Historians en Pensilvania: una es el coche que aparece en la secuencia de introducción de la serie, y la otra es un vehículo de acrobacias rescatado de un desguace en 2008 y restaurado a la perfección. Un tercer ejemplar se exhibe en el Museo Automovilístico Marconi de Tustin, California. El cuarto puede verse en el Orlando Auto Museum de Florida, y el quinto está en manos de un coleccionista privado en Reino Unido.
David Hasselhoff, el actor que protagonizó la serie y que se convertiría poco después en otro icono pop gracias a Los Vigilantes de la Playa, nunca llegó a quedarse con un ejemplar auténtico. Durante años tuvo que conformarse con réplicas posteriores que ha utilizado en actos benéficos y apariciones promocionales. Un dato que dice mucho sobre cómo terminó la historia de estos coches incluso para quienes los vivieron desde dentro.
Lo que se ve hoy en concentraciones y eventos de coches de época son, en su inmensa mayoría, réplicas construidas sobre la base de otros Pontiac Trans Am de la misma generación. Algunas alcanzan un nivel de fidelidad asombroso, pero su valor no tiene nada que ver con el de un original certificado. Para los cinco KITT auténticos, la escasez y el peso emocional que tienen en la cultura popular han disparado su cotización hasta cifras que podrían acercarse al millón de euros, dependiendo únicamente de lo que esté dispuesto a pagar un coleccionista con los recursos suficientes. Una historia que comenzó en una cadena de montaje de Michigan y que, décadas después, sigue dando que hablar.