Eduardo Camavinga volvió a ser expulsado en Champions League por la misma razón que ya le costó una roja la temporada anterior. El centrocampista del Real Madrid vio la segunda amarilla durante el partido ante el Bayern de Múnich en el Allianz Arena, en la eliminatoria de cuartos de final de la edición 2025-26, tras llevarse el balón de la jugada cuando ya acumulaba una amonestación. Un gesto que el árbitro Slavko Vincic no dejó pasar y que dejó al Madrid con diez en un momento clave del partido.
El francés sabía que tenía tarjeta amarilla y, aun así, cometió exactamente el error que no debía cometer. Llevarse el esférico al finalizar una acción es una infracción que los colegiados aplican con regularidad en competiciones europeas cuando el partido está calentando y los tiempos de los lanzamientos se convierten en moneda de cambio. Vincic fue riguroso, sí, pero la responsabilidad recae directamente sobre el jugador, que no supo gestionar su situación personal dentro del campo.
Lo que convierte este episodio en algo más llamativo es el antecedente inmediato. En los cuartos de final de la Champions League de la temporada pasada, el Real Madrid se enfrentó al Arsenal. En la ida, disputada en el Bernabéu con resultado de 3-0 favorable a los blancos, el partido terminó con una secuencia muy similar: Camavinga soltó un pelotazo contra la banda tras el pitido del árbitro, el esloveno Irfan Peljto no tuvo dudas y mostró la segunda amarilla. Aquella roja fue incluso más clara e inequívoca que la vista en Múnich, según coincidieron los analistas del encuentro.
Las consecuencias de aquella expulsión fueron relevantes. Camavinga se perdió la vuelta en el Emirates Stadium, un partido en el que el Real Madrid no fue capaz de sostener la ventaja acumulada en la ida y quedó eliminado de la Copa de Europa. Si bien el resultado agregado fue ajustado y hay varios factores que explican aquella eliminación, la ausencia del centrocampista en un partido de esa magnitud no fue un detalle menor.
La reincidencia es el elemento que más peso tiene en este análisis. Un futbolista profesional que juega en el club más laureado de la historia de la Champions, con experiencia acumulada en este tipo de eliminatorias desde muy joven, debería tener interiorizado que perder los nervios o actuar con descuido cuando ya se porta una amarilla es un lujo que ni él ni su equipo pueden permitirse. El reglamento no distingue entre intenciones: llevarse el balón es conducta antideportiva, y los árbitros en Europa aplican esa norma con coherencia.
Camavinga llegó al Real Madrid en el verano de 2021 procedente del Stade Rennais con apenas 18 años. Desde entonces ha consolidado su posición como uno de los centrocampistas más completos del fútbol europeo, con capacidad para actuar tanto como interior como en el costado izquierdo. Sin embargo, la gestión de la tarjeta amarilla en partidos de máxima exigencia continúa siendo un punto débil que ya le ha pasado factura al equipo en dos ocasiones consecutivas en la misma fase de la competición continental.
El club y su cuerpo técnico tendrán que valorar cómo abordar este patrón de comportamiento. No se trata de cuestionar el talento del jugador, que está fuera de toda duda, sino de identificar un hábito que se repite en contextos de alta presión y que tiene consecuencias directas sobre los resultados del equipo. La Champions no perdona y, en las fases eliminatorias, jugar con un hombre menos durante largos tramos de partido puede condicionar el devenir de una eliminatoria entera.
Mientras el Madrid trata de resolver su situación en esta edición de la UEFA Champions League, la imagen de Camavinga abandonando el campo en el Allianz Arena quedará como un recordatorio de que la disciplina táctica y la gestión emocional son tan importantes como la calidad técnica en el fútbol de élite. Dos expulsiones, dos cuartos de final, el mismo gesto. La coincidencia ya no puede atribuirse a la mala suerte.