Una aplicación llamada Quittr se presenta como la solución definitiva para quienes quieren dejar el porno. Su cuestionario inicial, su árbol de progreso y su botón del pánico suenan a herramienta de salud digital, pero rascar un poco en su interior revela una mezcla de moralismo religioso, ciencia cuestionable y un agujero de seguridad que dejó expuestos los datos de sus usuarios durante meses.
Nada más crear una cuenta, la app ofrece un plan personalizado con fecha de «liberación» incluida. El precio: unos 21 euros al año en oferta. Durante el proceso, uno de los síntomas negativos que propone marcar es «sentirse distante a Dios». Ya ahí se intuye por dónde van los tiros. Los influencers que promocionan la plataforma son, sin excepción, creadores de contenido fitness con marcado perfil cristiano.
La ciencia, de adorno
Quittr asegura en repetidas ocasiones que su método está «basado en la ciencia», pero esa afirmación no aguanta mucho escrutinio. La app equipara el porno a una droga porque «libera dopamina en el cerebro». Sin embargo, según la definición de la Organización Mundial de la Salud, una droga implica la introducción de un compuesto externo en el organismo que altera el sistema nervioso central. Ver porno no cumple ese criterio: es una respuesta fisiológica natural, como la que genera comer o escuchar música.
El consumo compulsivo de pornografía sí puede considerarse problemático y la guía clínica CIE-11 de la OMS lo recoge bajo el término «trastorno por conducta sexual compulsiva». Pero esa etiqueta, más precisa, vende menos que hablar de «adicción al porno». En ningún momento la app enlaza a estudios que respalden sus afirmaciones.
El movimiento NoFap detrás de la marca
El blog de Quittr termina de despejar las dudas. Sus contenidos están directamente vinculados al movimiento NoFap, que surgió como grupo de apoyo para quienes quieren dejar la masturbación, en muchos casos por motivos religiosos. Su fundamento científico es un estudio de 2003 que relacionaba la abstinencia de masturbación con niveles más altos de testosterona, un trabajo que fue posteriormente refutado pero que sigue circulando en estos círculos.
Lo que empezó como una comunidad de autoayuda se ha convertido en un estilo de vida con fuerte componente ideológico y moral. En España, creadores como René ZZ ejemplifican este giro: de los tatuajes a la religión y la abstinencia sexual como proyecto de vida. El problema no es que existan estas comunidades, sino que apps como Quittr o Relay las camuflan bajo un lenguaje de salud y bienestar sin explicitar su trasfondo, lo que puede generar en algunos usuarios ciclos de recaída y vergüenza con consecuencias reales para la salud mental, tal y como documenta Slate en el caso de varios de sus usuarios.
Un fallo de seguridad que tardó meses en corregirse
Más allá del debate sobre su enfoque, Quittr protagonizó recientemente un escándalo de ciberseguridad. Según informó 404 Media, varios investigadores detectaron una vulnerabilidad crítica en la configuración de Google Firebase que permitía a cualquier persona autenticarse como administrador y acceder a la base de datos completa de la app. Entre los datos expuestos: edad de los usuarios, frecuencia de consumo de pornografía y mensajes privados sobre hábitos sexuales. Algunos de esos usuarios eran menores de edad.
Lo más grave no fue el fallo en sí, sino la respuesta de la empresa. El fundador, Alex Slater, fue alertado por un investigador y prometió solucionarlo en horas. Pasaron al menos seis meses sin que se tomara ninguna medida. La brecha solo se cerró cuando 404 Media contactó a la compañía por tercera vez. Un descuido que, en cualquier contexto europeo, podría haber derivado en una sanción severa bajo el Reglamento General de Protección de Datos.