El mercado de los smartphones afronta una sacudida sin precedentes recientes. Según los datos publicados por Counterpoint Research, el precio de la memoria DRAM creció más de un 50% durante el primer trimestre de 2026 respecto al trimestre anterior, mientras que la NAND Flash —el componente que determina la capacidad de almacenamiento— registró un salto todavía más brusco, superior al 90%. Son las subidas más intensas en al menos una década y sus consecuencias van a reconfigurar por completo el segmento más accesible del mercado.
No estamos ante un problema temporal de suministro como los que provocó la pandemia. La causa de fondo es estructural: la explosión de la inteligencia artificial generativa ha convertido a los centros de datos en compradores masivos de memoria. Los tres grandes fabricantes mundiales —Samsung Semiconductor, SK Hynix y Micron— priorizan los pedidos destinados a infraestructura de IA porque ofrecen márgenes mucho más altos que los de la electrónica de consumo. La capacidad de producción es finita, y los smartphones han dejado de ser el cliente preferente.
La gama de entrada, contra las cuerdas
El impacto no es uniforme. Los terminales que más sufren son los de gama baja, aquellos que se venden por debajo de 200 dólares. En un dispositivo con una configuración habitual de 6 GB de RAM y 128 GB de almacenamiento, las memorias ya representan aproximadamente el 43% del coste total de fabricación, una proporción que supera incluso al peso del procesador o la pantalla. Counterpoint estima que la factura por unidad puede crecer en torno a 30 dólares solo por este concepto.
En la gama media —terminales entre 400 y 600 dólares—, el peso de la memoria pasa del 25% al 36% del coste, lo que se traduce en incrementos de entre 60 y 80 dólares por dispositivo. Y en la gama premium, por encima de los 800 dólares, la presión es doble: memorias más caras y procesadores de última generación fabricados en nodos de 2 nanómetros que también han subido de precio. Las estimaciones apuntan a encarecimientos de entre 100 y 150 dólares que empezarán a reflejarse en los lanzamientos del segundo semestre de 2026.
Menos modelos, peores especificaciones
Para los fabricantes de smartphones baratos, absorber estos incrementos es prácticamente inviable. Los márgenes de beneficio en la gama de entrada ya eran muy estrechos antes de la subida, así que trasladar el sobrecoste al precio final no siempre es una opción comercialmente viable: un móvil de 149 euros que pasa a costar 179 o 189 euros pierde gran parte de su atractivo frente al escalón inmediatamente superior.
La alternativa que manejan varias marcas pasa por reducir drásticamente el catálogo. En lugar de mantener un modelo base asequible, algunos fabricantes podrían eliminarlo directamente y forzar al consumidor a dar el salto al siguiente nivel de precio. También es previsible un estancamiento técnico: los 128 GB de almacenamiento, que parecían cosa del pasado en la gama media, volverán a consolidarse como estándar, y no se descarta el regreso de memorias más lentas como la LPDDR4X en terminales donde hasta hace poco se montaba LPDDR5.
Un ejemplo ilustra bien el cambio de ciclo. El Realme C71, lanzado hace menos de un año, ofrecía 8 GB de RAM y 256 GB de almacenamiento por 149 euros. Repetir esa combinación a ese precio en 2026 es, según los analistas, sencillamente imposible con la estructura de costes actual.
Las previsiones de ventas se desploman
El efecto dominó ya se nota en las proyecciones globales de envíos. Counterpoint ha revisado a la baja sus estimaciones para 2026 y anticipa una caída del 2,1% en las unidades distribuidas a nivel mundial. IDC es considerablemente más pesimista: proyecta un descenso del 12,9%, una cifra que superaría la contracción del 12% registrada en 2022, cuando la combinación de inflación, subidas de tipos de interés y exceso de inventario golpeó al sector con fuerza.
La diferencia entre ambas consultoras refleja la incertidumbre que rodea al mercado, pero el consenso es claro: el segundo semestre del año será el momento de la verdad, cuando los lanzamientos de nuevos modelos incorporen ya los componentes adquiridos a los nuevos precios. Los consumidores lo notarán tanto en el precio de venta como en las especificaciones: menos variantes disponibles, menos almacenamiento por el mismo dinero y, en general, una oferta más pobre en el segmento que mueve el mayor volumen de unidades en mercados como India, el sudeste asiático, Latinoamérica y el sur de Europa.
La IA como factor desestabilizador
Resulta paradójico que la inteligencia artificial, la tecnología que los propios fabricantes de móviles están integrando como principal argumento de venta, sea al mismo tiempo la responsable de encarecer los componentes que necesitan para fabricarlos. Los grandes modelos de lenguaje y las aplicaciones generativas requieren cantidades ingentes de memoria de alto rendimiento, y los proveedores de infraestructura cloud —desde los hyperscalers estadounidenses hasta los nuevos centros de datos asiáticos— están dispuestos a pagar primas elevadas para asegurarse el suministro.
Mientras la demanda de chips de memoria para IA siga creciendo al ritmo actual, la presión sobre la electrónica de consumo no va a relajarse. La industria del smartphone lleva años presumiendo de democratizar la tecnología con terminales cada vez más potentes a precios cada vez más bajos. Ese ciclo virtuoso, al menos por ahora, se ha roto. El consumidor que buscaba un teléfono competente por menos de 200 euros va a tener que acostumbrarse a pagar más, a conformarse con menos o, sencillamente, a esperar.