El sistema TRAPPIST-1 lleva años siendo uno de los objetivos más ambiciosos de la astronomía moderna. Siete planetas rocosos orbitando una misma estrella enana roja, todos ellos con tamaños comparables al de la Tierra, hacían de este sistema el candidato ideal para buscar condiciones habitables fuera de nuestro planeta. Pero las últimas observaciones del Telescopio Espacial James Webb han enfriado el entusiasmo: dos de esos planetas no tienen atmósfera, lo que elimina cualquier posibilidad de albergar vida tal como la conocemos.
El instrumento de análisis infrarrojo del James Webb permite medir con precisión la temperatura superficial de los exoplanetas. Cuando un planeta emite radiación infrarroja de forma homogénea, es señal de que tiene atmósfera que distribuye el calor. Cuando las diferencias de temperatura entre el lado iluminado y el lado oscuro son extremas, como ocurre en TRAPPIST-1b y TRAPPIST-1c, la conclusión es clara: no hay atmósfera que redistribuya el calor. En estos dos planetas, el lado expuesto a la estrella alcanza entre 100 y 200 grados Celsius, mientras que el lado en penumbra permanente ronda los -200 grados.
Este fenómeno se explica en parte por el bloqueo por marea que afecta a todos los planetas del sistema. Al igual que la Luna siempre muestra la misma cara a la Tierra, estos planetas tienen un hemisferio perpetuamente de cara a su estrella y otro en eterna oscuridad. Si existiera atmósfera, el calor fluiría entre ambos lados estabilizando la temperatura global. Sin ella, la diferencia térmica es brutal y la habitabilidad, imposible.
El problema de fondo es la propia naturaleza de TRAPPIST-1. Las enanas rojas son estrellas de baja energía luminosa, lo que en principio las hace candidatas ideales para alojar planetas templados. Sin embargo, emiten intensas ráfagas de radiación y partículas energéticas capaces de erosionar o destruir por completo las atmósferas planetarias a lo largo del tiempo. Es probable que TRAPPIST-1b y 1c tuvieran atmósfera en algún momento de su historia, pero la actividad estelar acabó con ella.
Aun así, el panorama no es completamente desolador. Los dos planetas analizados no se encuentran en la zona habitable del sistema, es decir, la franja de distancia orbital donde el agua podría existir en estado líquido. Los únicos planetas de TRAPPIST-1 que sí están en esa zona son TRAPPIST-1e, 1f y 1g. De ellos, TRAPPIST-1e es el más prometedor: tiene una densidad y un tamaño muy similares a los de la Tierra, lo que lo convierte en el siguiente objetivo del James Webb.
Si las observaciones de TRAPPIST-1e revelan la presencia de atmósfera, el planeta seguiría en la lista de candidatos habitables. Si no, el sistema habrá encajado otro golpe importante. De momento, los científicos avanzan con cautela y con método: cada planeta analizado aporta información valiosa sobre cómo evolucionan los mundos rocosos, con atmósfera o sin ella. La Tierra, en ese contexto, parece haber tenido una suerte poco corriente.