Entre Berlín y Dresde, una de las zonas más dañadas medioambientalmente de Europa está experimentando una transformación sin precedentes. Lo que durante décadas fue una red de enormes minas de carbón a cielo abierto se está convirtiendo en un complejo de 23 lagos artificiales interconectados, con playas, puertos deportivos, carriles bici y zonas de acampada. El proyecto se llama Lausitzer Seenland y es, según los expertos, el mayor esfuerzo de restauración ambiental de paisajes postmineros en toda Europa.
La envergadura del proyecto es difícil de imaginar: los 23 lagos ocuparán en total 13.600 hectáreas, diez de ellos conectados mediante canales navegables que forman una superficie continua de 7.000 hectáreas. La empresa estatal LMBV (Lausitzer und Mitteldeutsche Bergbau-Verwaltungsgesellschaft) supervisa toda la ejecución técnica. Transformar un cráter minero en un lago seguro no es barato: cada lago cuesta entre 200 y 600 millones de euros. Solo en Lusacia, la inversión acumulada ya supera los 7.000 millones de euros, aunque el coste total del proyecto en todas las regiones implicadas asciende a 13.800 millones.
El peso histórico de las minas de lignito
Para entender la magnitud del desafío hay que remontarse a la época de la República Democrática Alemana. Entre el final de la Segunda Guerra Mundial y la reunificación de 1990, se extrajeron más de 2.000 millones de toneladas de lignito desde profundidades superiores a 60 metros en Lusacia. En 1989, el año de la caída del Muro de Berlín, la producción de lignito en la región alcanzó los 195,1 millones de toneladas. El lignito era, literalmente, el combustible del país. En total, la minería a cielo abierto de lignito ha devastado 179.490 hectáreas en territorio alemán.
La reunificación cambió todo. La demanda energética cayó y la Agencia Federal de Medio Ambiente alemana (Umweltbundesamt) clasificó al lignito como el combustible fósil más contaminante, lo que aceleró el desmantelamiento progresivo del sector. A lo largo de los años noventa, a la LMBV se le encomendó la tarea de restaurar 19 áreas de minería a cielo abierto en Lusacia. El doctor Uwe Steinhuber, de la propia LMBV, ha advertido que harán falta al menos dos generaciones para completar el proceso.
Cómo se transforma un cráter en un lago
La rehabilitación no consiste simplemente en dejar que el agua llene los agujeros. El proceso técnico es complejo y requiere varias fases simultáneas. En primer lugar, se aplican técnicas de compactación por vibración profunda para estabilizar el suelo arenoso y evitar el riesgo de licuefacción. Al mismo tiempo, se acelera el llenado mediante el desvío controlado de caudales del río Spree. Todo el proceso está monitorizado por el satélite Copernicus, que detecta movimientos en el terreno con gran precisión.
El gran reto químico es la acidificación del agua. La oxidación de la pirita, un mineral abundante en los suelos mineros, genera acidez extrema que hace el agua inhabitable. Para neutralizarla se utilizan plantas de tratamiento y embarcaciones especializadas, lo que permite alcanzar los estándares de calidad exigidos por la Agencia Federal de Medio Ambiente. Según datos recogidos por la propia LMBV, 19 de los 23 lagos ya han alcanzado un potencial ecológico calificado como bueno o alto.
Los lagos no solo tienen valor turístico o ecológico: también desempeñan una función estratégica en la gestión del agua. Durante la sequía de 2018, más de 62 millones de metros cúbicos fueron liberados desde estos lagos para elevar los niveles de los ríos Spree y Schwarze Elster, según informó el medio local Niederlausitz Aktuell. Una reserva de agua dulce de esas dimensiones resulta especialmente valiosa en un contexto de episodios climáticos extremos cada vez más frecuentes.
Luces y sombras de una transformación a largo plazo
El proyecto no está exento de problemas. De los 36 lagos evaluados por la Agencia Federal de Medio Ambiente —incluyendo algunos fuera del distrito turístico—, 12 obtuvieron una clasificación de calidad «moderada» por presencia de mercurio o compuestos disruptores endocrinos como el tributilestaño, y uno presentó un estado «pobre» por exceso de nutrientes. La ciencia respalda que los suelos mineros presentan limitaciones físicas, químicas y biológicas severas que dificultan una restauración ecológica completa, tal y como documenta el Canadian Journal of Soil Science.
Además del coste medioambiental pendiente, el calendario es largo. Aunque el proceso de llenado y habilitación de los lagos concluirá en esta década, la vigilancia sobre contaminantes y la estabilidad geológica deberá mantenerse durante generaciones. El gobierno alemán ha destinado 40.000 millones de euros para acompañar la transición de las regiones carboníferas del este del país hacia nuevos sectores económicos, entre ellos el turismo sostenible. Lusacia es, en ese sentido, tanto un experimento medioambiental como un modelo de reconversión económica que otros países con pasado minero observan con atención.