La cumbre celebrada en Pekín entre Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Xi Jinping, líder chino, concluyó sin anuncios de grandes acuerdos comerciales ni avances concretos en las disputas estratégicas que tensionan ambas potencias.
Durante dos días, las delegaciones mantuvieron encuentros y comidas oficiales, donde el foco fue transmitir un mensaje de distensión y una tregua comercial, que prolonga el alto el fuego vigente desde otoño pasado. Sin embargo, las negociaciones no lograron alcanzar compromisos firmes que satisficieran a las partes, particularmente en los sectores tecnológicos y de seguridad.
Pese a la presencia en la delegación estadounidense de altos ejecutivos como los CEOs de Apple, Nvidia o Tesla, no se firmaron contratos relevantes. El acuerdo preliminar para la compra de 200 aviones Boeing quedó muy lejos de las expectativas del mercado, impulsando un desplome de más del 8 % en las acciones de la compañía. China mostró disposición a aumentar sus adquisiciones de productos agrícolas y energéticos estadounidenses, pero sin comprometer cantidades que calmen a la base electoral ni al sector empresarial de Donald Trump.
Estados Unidos llevaba meses presionando para reactivar exportaciones esenciales, especialmente de soja, carne y tecnología avanzada como los semiconductores de inteligencia artificial. Sin embargo, la apertura china se limitó a la promesa de establecer un canal de negociaciones, sin garantías sobre acceso a chips o tecnologías críticas. La postura sobre Taiwán permanece inalterada: Pekín exige el fin del apoyo estadounidense a la isla, mientras Washington mantiene su compromiso de defensa, con la posible entrega de un nuevo paquete de ayuda militar valorado en 11.000 millones de dólares.
En medio de un panorama económico global marcado por la guerra en Oriente Medio, la incertidumbre energética y la fragmentación comercial, ambos líderes acordaron conservar abiertos los canales para discutir minerales críticos y tierras raras, recursos esenciales para la industria tecnológica y militar. Se planteó la creación de nuevos mecanismos bilaterales, como consejos de comercio e inversión, aunque aún sin concreción ni fechas claras.
En materia geopolítica, China ofreció mediar en el conflicto entre Estados Unidos e Irán, aprovechando sus vínculos con Teherán. Ambas delegaciones coincidieron en la necesidad de reabrir el estrecho de Ormuz —clave para el comercio petrolero global— y evitar que ningún país controle este paso estratégico. No obstante, Pekín descartó presionar a Irán para aceptar un acuerdo de desnuclearización, sugiriendo un equilibrio entre sus relaciones con Washington y Teherán.
Trump planteó la exigencia de garantías a Irán para un plan de desarme nuclear a veinte años, mientras la administración estadounidense evalúa la posibilidad de flexibilizar sanciones a empresas chinas compradoras de petróleo iraní. A pesar de las intenciones mediadoras de China, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, expresó reservas sobre la efectividad de dicha intermediación.
En resumen, esta cumbre ha servido para evitar un nuevo deterioro en la relación entre las dos mayores potencias económicas, mostrando gestos de cordialidad y compromiso para mantener el diálogo abierto. No obstante, quedan sin resolver los principales puntos de fricción estructurales, como el acceso tecnológico, la soberanía sobre Taiwán y el papel de China en el conflicto de Oriente Medio.
Las próximas etapas dependerán de la voluntad de ambas partes para traducir las declaraciones en compromisos tangibles que permitan una relación más estable y beneficiosa en un contexto mundial cada vez más incierto.
Para más detalles sobre la visita de Trump a China y los acuerdos alcanzados, se puede consultar el análisis completo de El País o el informe en Bloomberg.