El reciente desencuentro entre España y otros países europeos refleja una división persistente en el continente entre el norte y el sur que se acentúa en temas de defensa y seguridad.
El presidente español, Pedro Sánchez, calificó de “egoístas” algunas posturas europeas tras la crisis migratoria en Ceuta. Esta afirmación vino acompañada de críticas hacia la ambición de la OTAN de elevar el gasto en defensa al 5% del PIB, posición que Sánchez rechazó defendiendo que la amenaza rusa no afectaría a España directamente.
Las naciones del norte europeo, con un foco estratégico claro en Rusia, perciben esta postura como una falta de solidaridad. Por el contrario, el sur de Europa prioriza retos diferentes, como el impacto del cambio climático, que afecta de manera significativa a los países mediterráneos. De hecho, Sánchez ha planteado que la lucha contra el cambio climático debería considerarse parte del gasto en defensa, dada la gravedad de fenómenos como los incendios forestales que azotan la región.
La disputa entre España e Italia sobre la gestión de la crisis en Ceuta oculta una realidad común: ambos países muestran reservas similares en cuanto al aumento del gasto militar. Italia, bajo el liderazgo de Giorgia Meloni, ha rechazado enviar tropas a Ucrania postconflicto y mantiene un gasto en defensa que apenas acaba de alcanzar el 2% del PIB, al igual que España. Encuestas recientes muestran reticencia en la sociedad italiana hacia incrementar aún más el gasto militar.
Aunque existen excepciones como Grecia, y ambigüedades sobre la catalogación de Francia, los países situados al sur del paralelo 45 invierten menos en defensa que sus contrapartes septentrionales. Mientras en tiempos de paz esta diferencia podía pasar desapercibida, en un contexto de tensión geopolítica creciente puede marcar una división real y duradera dentro de Europa.
Este escenario se agrava con la cuestión migratoria. Las fronteras del sur son la principal puerta de entrada para migrantes provenientes de África, lo que genera presión sobre los países mediterráneos y plantea desafíos que afectan a la cohesión europea. Para mitigar esta situación, habría teorías en las que el norte financiaría refuerzos en las fronteras del sur y se intensificaría la cooperación en origen, tal y como la misión francesa en el Sahel mostró hasta 2022.
Sin embargo, la gran diferencia demográfica entre África y Europa hace que estas soluciones parezcan difíciles de materializar plenamente. La elevada tasa de natalidad en países como Chad contrastan con el envejecimiento y baja natalidad españolas, presagiando flujos migratorios masivos que la UE tendrá que gestionar con prudencia para evitar tensiones internas, incluyendo la posible fragmentación del espacio Schengen.
Estas divisiones no son exclusivas de Europa y tienen raíces profundas en factores geográficos y culturales. Ejemplos en Nigeria, India o Estados Unidos evidencian cómo latitudes distintas generan diferencias históricas y políticas que moldean sociedades diversas. En Europa, esta división se refleja en distintos enfoques frente a amenazas y prioridades nacionales.
La pandemia y la crisis económica consiguieron reducir la brecha entre el norte y sur en términos financieros, con reformas y controles en economías del sur. Sin embargo, la guerra en Ucrania ha reabierto viejas diferencias, centrando nuevamente la atención en la seguridad y alineamientos militares, donde el norte tiende a exhibir mayor preocupación hacia la amenaza rusa.
La fractura norte-sur en Europa tendrá implicaciones decisivas para el futuro del bloque. Con más de 500 millones de habitantes, la UE podría dividirse en función de prioridades estratégicas y capacidades militares, con Italia y España, representando más del 20% de la población europea, jugando un papel clave. Esto podría abrir la puerta a una reconfiguración de la defensa comunitaria, afectando la cohesión y el liderazgo dentro del continente.
El norte europeo evita asociar este conflicto a estereotipos culturales para no fomentar divisiones internas, mientras que el sur no quiere ser percibido como antieuropeo. Pero la realidad geográfica y las diferentes amenazas que enfrentan dificultan una visión común, alimentando tensiones que podrían ser aprovechadas por actores externos o internos para intensificar la fragmentación.
La necesidad de un diálogo franco y soluciones compartidas en materia de seguridad, migración y cambio climático es más urgente que nunca. Europa debe afrontar estas diferencias para garantizar su estabilidad y relevancia estratégica en un mundo cada vez más complejo y competitivo.
Para entender mejor estos retos y propuestas, se puede consultar el análisis completo en el Financial Times y el seguimiento de la política migratoria en la Comisión Europea.