Mañana, 4 de julio, Estados Unidos conmemora sus 250 años desde la Declaración de Independencia. En términos financieros, esta efeméride invita a reflexionar sobre la evolución de Wall Street, referente global en inversión.
Aunque no existen datos bursátiles desde 1776, el historial del último siglo es revelador. Según MSCI, alguien que invirtió 100 dólares en la Bolsa estadounidense en 1926 y reinvirtió todos los dividendos tendría hoy aproximadamente 1,7 millones de dólares. Esta rentabilidad, cercana a una multiplicación por 17.000, es una muestra única de la potencia de este mercado.
La Bolsa de Estados Unidos domina con una capitalización cercana al 73% del total global, por delante de cualquier otro mercado financiero. Este liderazgo se explica por un crecimiento superior del PIB, mayores beneficios corporativos y un enorme volumen de capital disponible en el país.
Sin embargo, esta hegemonía bursátil parece enfrentarse a nuevos desafíos. La vuelta prevista de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 ha generado inquietud en los mercados. En abril, tras su anuncio de elevar aranceles comerciales, se produjo un inusual episodio de "vender América": el dólar, el índice S&P 500 y los bonos del Tesoro estadounidenses simultáneamente cayeron. Según Michael Cembalest, presidente de estrategia de mercados de banca privada en JPMorgan, esta situación no se replicaba desde 1982.
No obstante, el posterior retroceso de Trump en algunas políticas como los aranceles, junto con la irrupción y auge de la inteligencia artificial, han impulsado nuevamente los índices norteamericanos a máximos históricos. La historia indica que invertir en Wall Street, incluso con valoraciones altas, sigue siendo rentable a largo plazo, aunque difícilmente se repita la espectacular multiplicación histórica.
Entre los factores de riesgo que podrían desencadenar otra venta masiva en activos estadounidenses, el banco Deutsche Bank destaca cuatro aspectos fundamentales. Primero, la alta concentración del mercado en sectores tecnológicos y de IA podría amplificar la caída si este segmento sufre un batacazo, aunque la Bolsa ha sabido recuperarse tras crisis como el estallido de la burbuja tecnológica en 2000 o la crisis financiera de 2008.
Más alarmantes son otros tres riesgos a medio plazo: la delicada situación fiscal del país, evidenciada por el aumento incesante de la deuda federal; la creciente inestabilidad institucional, que mina la confianza inversora; y la transformación del orden mundial con el ascenso de China como superpotencia económica rival.
Michael Cembalest también subraya que, además de la deuda y la inflación, «las mayores preocupaciones a medio plazo para los inversores en activos estadounidenses son la creciente impredecibilidad del imperio de la ley y la insuficiente financiación pública para la innovación científica».
Este último punto es clave en un mundo donde el liderazgo en tecnología determina la competitividad y la prosperidad futura. Aunque Wall Street se mantiene fuerte, los riesgos estructurales no deben ser ignorados.
Por ahora, tras un 2023 marcado por la recuperación en los mercados y la euforia inversora, el aniversario de Estados Unidos llega con Wall Street en óptimas condiciones. Sin embargo, la pregunta sobre cuándo podría llegar el momento de vender las acciones estadounidenses sigue sobre la mesa para analistas e inversores.
La historia y las estadísticas respaldan la confianza a largo plazo en la Bolsa estadounidense, pero la evolución de factores políticos, fiscales y geopolíticos serán decisivos para definir sus próximos capítulos. La celebración del 250 aniversario es, por tanto, un buen momento para ponderar tanto las oportunidades como los desafíos que enfrenta la primera economía y mercado financiero global del mundo.