La economía de Estados Unidos sorprendió negativamente en julio al reportar una pérdida de 23.000 empleos, un dato inesperado para los analistas que preveían un aumento de 83.000 puestos de trabajo. Este retroceso marca la primera reducción de empleo desde febrero, mes en que se intensificó la crisis en Oriente Próximo tras el ataque coordinado de EE.UU. e Israel sobre Irán.
Según el Buró de Estadísticas Laborales, además de los 23.000 empleos destruidos en julio, se realizó una revisión que muestra la eliminación de otros 103.000 empleos en mayo y junio, reflejando un deterioro más profundo que el inicialmente estimado. No obstante, la tasa de desempleo cayó ligeramente a un 4,1%, un contrasentido dentro del contexto de pérdida neta de empleo.
Este frenazo en el mercado laboral se suma a una ralentización económica general. La Oficina de Análisis Económico informó que el crecimiento anualizado del PIB en el segundo trimestre se redujo del 2,1% al 1,5%, muy por debajo de las expectativas que aguardaban un 1,8%. En términos trimestrales el avance fue solo del 0,4%, mostrando una clara desaceleración.
El contexto internacional agrega presión adicional sobre la economía estadounidense. El cierre casi completo del estrecho de Ormuz, una ruta clave para el paso mundial del petróleo y el gas, ha disparado el precio del crudo. Esto ha llevado el precio de la gasolina por galón en EE.UU. por encima de los 4,2 dólares, afectando tanto el consumo como la inflación.
A pesar de esta subida en los precios, el índice de inflación en junio dio un respiro, coincidiendo con un intento fallido de alto el fuego entre Washington y Teherán. La Reserva Federal, bajo la presidencia de Kevin Warsh, decidió sostener las tasas de interés entre el 3,5% y el 3,75%, aunque la guerra y el elevado gasto público mantienen presionados los mercados financieros. Este entorno ha alzado el coste de financiación del Tesoro estadounidense a niveles no vistos desde la crisis financiera de 2007.
El escenario político en Estados Unidos también está marcado por la inminencia de las elecciones legislativas de medio término en noviembre. El conjunto de datos económicos negativos, especialmente el inesperado retroceso en el empleo, aumenta la presión para que la Administración de Donald Trump finalice el conflicto en Irán rapidamente.
Aunque Trump declaró que el estrecho de Ormuz está "prácticamente abierto y bajo control" de Estados Unidos, en realidad, la ruta marítima sigue limitada y la resolución del conflicto pendiente de un acuerdo con Irán que parece difícil de alcanzar.
La situación económica derivada de la guerra revive el debate sobre la política monetaria. Tres miembros de la Junta de la Reserva Federal manifestaron en julio la necesidad de un aumento inmediato de los tipos de interés para contener la inflación. Por su parte, Trump ha mostrado comprensión hacia una posible subida, aunque critica la politización interna del banco central y subraya que la decisión no depende únicamente de la presidencia de Warsh.
En resumen, la guerra prolongada en Oriente Próximo está lastrando la recuperación económica estadounidense, reflejándose en un mercado laboral debilitado, una inflación en aumento y una mayor incertidumbre financiera y política que condicionarán las decisiones a corto plazo de la Reserva Federal y del Gobierno.