La guerra en Oriente Próximo y los conflictos en Rusia están dejando secuelas duraderas en el mercado mundial de combustibles. Aunque el petróleo crudo ha bajado de precio, los precios del diésel y la gasolina continúan con primas históricas sobre el crudo, debido principalmente a la limitación en la capacidad global de refinación.
Esta situación se agrava porque las interrupciones en el transporte marítimo a través del estratégico estrecho de Ormuz han aislado muchas refinerías del Golfo Pérsico, que normalmente suministran más del 20% del crudo mundial. Además, los ataques de drones ucranianos sobre refinerías rusas y restricciones de China sobre exportaciones de productos petrolíferos han tensionado aún más el mercado.
El diésel, especialmente, cotiza con una prima de cerca de 70 dólares por barril sobre el petróleo crudo, un nivel que se acerca al máximo histórico récord alcanzado hace apenas una semana. Esta diferencia es reflejo directo de la escasez de refinación, que obliga a las refinerías a priorizar productos con mayores márgenes, como inicialmente el queroseno para aviones, y ahora el diésel, vital para el transporte terrestre y la industria.
Estados Unidos se ha convertido en el principal beneficiario de esta coyuntura, ya que sus refinerías han ajustado sus procesos para sacar el mayor rendimiento ante la escasez global. Compañías como Marathon Petroleum, Phillips 66, Valero Energy, Exxon y Chevron han reportado resultados récord en beneficios durante el segundo trimestre, impulsados por los altos márgenes en refinación.
No obstante, esta subida de ganancias corporativas provoca tensiones políticas. El expresidente Donald Trump ha cuestionado que Exxon y Chevron obtengan «demasiadas ganancias» y ha pedido que devuelvan parte de sus beneficios a los consumidores, subrayando el impacto negativo de los precios altos en las elecciones de mitad de mandato. La presión sobre el sector energético se mantiene intensa, con investigaciones abiertas sobre supuesta especulación con precios.
Europa, por su parte, enfrenta una situación especialmente delicada debido a una débil inversión en capacidad de refinación en años recientes, lo que la hace dependiente de importaciones extranjeras. Esto la vuelve vulnerable ante interrupciones en las cadenas de suministro y refuerza la dependencia de productos refinados de Estados Unidos y otros proveedores.
El experto Daniel Evans, de S&P Global, advierte que el mercado enfrenta «crisis rotativas» en distintos segmentos de productos refinados, y que las refinerías solo pueden solucionar un problema a la vez. Aunque se ha superado el verano sin grandes interrupciones directas en el suministro, los inventarios mundiales continúan agotándose, lo que mantiene la incertidumbre en el horizonte.
En definitiva, la crisis de la refinación genera un efecto en cadena que impide que una mejora en los precios del crudo se traduzca en combustible más barato para los consumidores. Según datos del grupo de seguimiento AAA, el precio medio del diésel en gasolineras estadounidenses supera los 5,30 dólares por galón, muy por encima del año pasado, mientras la gasolina también ha subido notablemente, un aumento que también se traslada a la esfera política y social en un contexto ya tenso.
Este escenario hace evidente que mientras persistan las restricciones geopolíticas y la falta de capacidad en refinerías clave, el alivio para los consumidores en el coste de los combustibles será limitado y lento, con importantes implicaciones económicas y electorales en el futuro próximo.
Para seguir la evolución del mercado energético y sus impactos, puede consultarse la información actualizada en Financial Times o los datos oficiales de la Administración de Información Energética de EE. UU..