Vivimos en una era marcada por el neomercantilismo, donde las políticas económicas priorizan la seguridad nacional y la prosperidad. Esta tendencia afecta la estabilidad global y las relaciones entre potencias, con China posicionándose como la nación mejor preparada para esta nueva realidad, por encima de Estados Unidos y la Unión Europea.
El mercantilismo moderno busca maximizar el poder económico y la autosuficiencia para resistir presiones externas y ejercer influencia global. La clave no solo está en el tamaño del PIB, sino en la capacidad para controlar sectores estratégicos con monopolios efectivos y reducir la dependencia de terceros.
China, con una economía comparable a la de Estados Unidos, ha avanzado rápidamente en tecnología punta, incluyendo la inteligencia artificial, y mantiene una gran fuerza laboral con una tasa de ahorro nacional del 43% del PIB, muy superior al 17% estadounidense. Su industria manufacturera casi iguala en valor combinado a la de EE. UU. y la eurozona, destacando además en energías renovables y vehículos eléctricos.
A diferencia de Estados Unidos, que es autosuficiente en petróleo y gas, China destaca por su independencia en electricidad gracias al carbón y las energías limpias, aunque sufre vulnerabilidades en el suministro de petróleo y gas externo, una debilidad exacerbada por conflictos en Oriente Medio.
El país asiático controla monopolios en sectores como la energía solar fotovoltaica, baterías de iones de litio y materias primas críticas como las tierras raras, lo que le permite crear cuellos de botella para ejercer presión económica y política, como ocurrió en su guerra comercial con Estados Unidos.
Estas ventajas convierten a China en un actor con un enorme poder coercitivo y menor dependencia energética externa, reforzando su papel clave en la economía global. Su atractivo mercado sigue siendo vital para múltiples países, consolidando su influencia.
Sin embargo, el modelo mercantilista chino genera tensiones globales. Su superávit persistente en manufacturas, que dobla en proporción al mayor histórico de Japón, fuerza a otras economías a registrar déficits compensatorios, afectando sectores productivos y fomentando respuestas proteccionistas principalmente en EE. UU. y la UE. Esto también limita el desarrollo de países emergentes, que se ven rezagados por esta competencia industrial.
Además, la ralentización del crecimiento chino, que ha pasado de tasas superiores al 10% a cerca del 4,3% en 2026, añade incertidumbre. El estancamiento del consumo interno, a pesar del gran ahorro disponible, refleja la dificultad para reequilibrar su economía hacia un modelo más sostenible y menos dependiente del sector inmobiliario y las exportaciones.
Estados Unidos también adopta estrategias mercantilistas, aunque con menos coherencia, mientras que la Unión Europea empieza a alinearse hacia políticas similares. En este contexto, expertos como Markus Brunnermeier sugieren medir no solo las cuentas corrientes, sino también la "cuenta de resiliencia", que reflejaría la dependencia geopolítica real detrás de los balances comerciales.
Así, la guerra de poder entre estas grandes potencias mercantilistas está abierta, con China colocada en una posición dominante gracias a su combinación de escala económica, autosuficiencia y control estratégico de cadenas globales de suministro. El futuro económico y geopolítico mundial dependerá de cómo evolucionen estas dinámicas en un entorno cada vez más competitivo y fragmentado.
Para profundizar en este análisis, puede consultarse el informe de Bridgewater Associates sobre energía y manufactura Bridgewater Associates, 2025, o las valoraciones recientes de Brad Setser en el Consejo de Relaciones Exteriores CFR.
Además, el debate sobre el neomercantilismo y sus consecuencias para la economía global continúa siendo central en estudios recientes publicados por expertos en relaciones internacionales y economía globales, como los artículos del Financial Times y análisis económicos especializados.