Hace meses, decir en voz alta que el Sevilla podía bajar a Segunda División era poco menos que una herejía en los ambientes futbolísticos españoles. Un club con seis Ligas Europa en el palmarés, habitual en competición europea y con una de las masas sociales más fieles del país no baja. No puede bajar. Eso, al menos, era lo que se repetía como un mantra. Ahora, a pocas semanas del final de la temporada 2025-2026, la realidad ha terminado por imponerse a la inercia del nombre y la historia.
El descenso del Sevilla no es un accidente de tráfico. Es el resultado de un proceso de deterioro que lleva gestándose desde hace aproximadamente tres años, una acumulación de decisiones erróneas en los despachos, planificaciones deportivas fallidas y una gestión económica que dejó al club muy por encima de sus posibilidades reales. El resultado es un equipo que ha ido perdiendo músculo, identidad y, sobre todo, puntos, temporada tras temporada, hasta llegar a una situación en la que la permanencia depende de factores que escapan en gran medida al propio control del club.
La derrota ante el Levante, con los jugadores sevillistas cabizbajo mientras los levantinistas celebraban el 2-0, fue una imagen que resumió con crueldad el estado actual de la entidad. No es solo que el equipo pierda partidos: es la manera en que los pierde, la falta de reacción, la ausencia de argumentos para revertir situaciones adversas. Síntomas que, vistos en perspectiva, llevan meses siendo evidentes para quien quería verlos.
Tres años de caída libre
El declive del Sevilla tiene varias capas. La primera es económica. Tras los años de expansión, el club acumuló una masa salarial difícil de sostener sin los ingresos de la Champions League. Cuando los resultados deportivos dejaron de garantizar la presencia en la élite europea, el modelo comenzó a resquebrajarse. Los fichajes de alto coste que no rindieron lo esperado, las ventas de activos valiosos para cuadrar cuentas y la incapacidad de encontrar un proyecto deportivo coherente completaron el cuadro.
La segunda capa es deportiva. El Sevilla ha quemado entrenadores, ha apostado por perfiles distintos sin encontrar ninguno que estabilizase al equipo, y ha construido plantillas desequilibradas que mezclaban veteranos con contratos elevados y jóvenes sin la experiencia suficiente para sostener la presión de un club de esa dimensión. La falta de un modelo de juego reconocible ha sido una constante durante estos años.
La tercera capa es institucional. La Liga española lleva tiempo evolucionando hacia una mayor competitividad en el tramo bajo de la tabla, con equipos como el Levante —recién ascendido y con un proyecto deportivo sólido— capaces de ganar sus partidos directos de manera convincente. En ese contexto, un Sevilla sin identidad ni argumentos competitivos se convierte en víctima fácil.
La permanencia, un asunto casi imposible
La aritmética, a estas alturas de temporada, no es amable con los intereses sevillistas. Los puntos que separan al equipo de la salvación y los que quedan por disputar configuran un escenario en el que solo una combinación casi perfecta de resultados propios favorables y tropiezos de los rivales directos podría evitar el descenso. En el fútbol profesional esos milagros ocurren, pero no son la norma.
El Sevilla FC tendría que encadenar victorias consecutivas mientras espera que equipos como Leganés, Las Palmas o cualquier otro que compita por la permanencia pinchen en sus propios compromisos. Una cadena de coincidencias que, vistas las trayectorias recientes, parece más propia de la ficción que de la realidad.
Lo más llamativo del caso es la velocidad con la que ha cambiado la percepción pública. Hasta hace relativamente poco, la posibilidad del descenso no era siquiera un tema de conversación serio. Ahora es la única conversación posible. Ese cambio de paradigma, brusco y doloroso, es también una señal de lo profundo que ha calado el deterioro.
El día después
Si el descenso se consuma, el Sevilla afrontará una reconstrucción de enorme calado. La Segunda División implica una reducción drástica de ingresos televisivos, una sangría previsible en forma de bajas de jugadores con cláusulas de descenso en sus contratos y la necesidad de repensar un modelo de club que, en los últimos años, ha demostrado no ser sostenible. El regreso a Primera no está garantizado y los ejemplos de clubes históricos que han tardado años en recuperarse son numerosos en el fútbol europeo.
Lo que sí parece claro es que el Sevilla que salga de esta crisis, sea cual sea su desenlace final en las próximas semanas, no podrá seguir funcionando como si nada hubiera pasado. La historia del club es grande, pero la historia no puntúa en la clasificación. Y en el fútbol, al final, solo cuentan los números.