Millones de ciudadanos cubanos se vieron afectados este martes por un colapso generalizado del Sistema Eléctrico Nacional (SEN), que dejó sin suministro a gran parte del país. Este incidente marca el tercer apagón total en apenas ocho días, el quinto en lo que va de 2026 y el décimo en menos de dos años, una clara señal de la creciente precariedad energética que atraviesa la isla. La causa principal de estas interrupciones radica en la crónica escasez de petróleo, un recurso vital para las obsoletas centrales termoeléctricas cubanas.
La interrupción masiva de la electricidad genera un impacto considerable en la vida diaria de la población y en la ya debilitada economía cubana. Los continuos apagones paralizan las actividades productivas, afectan la conservación de alimentos, dificultan las comunicaciones y merman la operatividad de los servicios básicos, desde hospitales hasta el transporte. La repetición de estos eventos subraya la fragilidad de una infraestructura energética dependiente casi exclusivamente de combustibles fósiles importados y con un mantenimiento deficiente a lo largo de décadas.
Un sistema al límite por falta de inversión y combustible
El sistema eléctrico cubano se basa mayoritariamente en centrales termoeléctricas que operan con fueloil. Estas instalaciones, muchas de ellas con varias décadas de antigüedad, requieren inversiones constantes para su modernización y un suministro ininterrumpido de combustible. Sin embargo, la falta de financiación, las dificultades para acceder a repuestos debido al embargo estadounidense y la irregularidad en la llegada de petróleo han llevado a un deterioro progresivo. La capacidad de generación actual es insuficiente para cubrir la demanda interna, obligando a cortes programados que se vuelven incontrolables ante cualquier fallo técnico o escasez de combustible.
Históricamente, Cuba ha dependido de aliados externos para su suministro energético. Durante décadas, la Unión Soviética fue su principal proveedor. Tras su disolución, Venezuela asumió un rol crucial, enviando petróleo en condiciones preferenciales a cambio de servicios médicos y otros programas de cooperación. No obstante, la profunda crisis económica y social que atraviesa Venezuela, así como las sanciones internacionales a su compañía estatal PDVSA, han mermado drásticamente su capacidad de exportación. Esto ha dejado a Cuba con un déficit de aprovisionamiento que no ha logrado suplir con otros mercados, obligándola a buscar el crudo en un mercado internacional con precios volátiles y en un contexto de restricciones financieras.
La situación se agrava por la incapacidad del país de invertir en fuentes de energía renovable a una escala que pueda mitigar la dependencia del petróleo. Aunque existen proyectos de energía solar y eólica, su implementación es lenta y no ha logrado impactar significativamente la matriz energética nacional. El Gobierno cubano ha prometido mejoras y ha invertido en plantas flotantes de generación (patanas turcas), pero estas soluciones son temporales y no abordan la raíz del problema estructural del sistema. La carencia de divisas para importar el combustible necesario para estas patanas, además, añade otra capa de complejidad.
Impacto social y económico de la crisis energética
Para la población cubana, los apagones se han convertido en una parte desafiante de su cotidianidad, afectando desde la educación hasta la salud. La imposibilidad de mantener refrigerados los alimentos agrava la escasez de productos básicos, mientras que la falta de electricidad en hogares y centros de trabajo merma la calidad de vida y la productividad. El sector privado, compuesto por pequeñas y medianas empresas (Mipymes), que ha experimentado un crecimiento limitado en los últimos años, también sufre las consecuencias, viendo interrumpidas sus operaciones y dañados sus equipos, lo que frena cualquier intento de recuperación económica.
La crisis energética no es un fenómeno aislado, sino que está intrínsecamente ligada a la compleja situación económica general de Cuba, acentuada por las sanciones impuestas por Estados Unidos y la contracción de su principal socio, Venezuela. Estas circunstancias dificultan la llegada de inversiones extranjeras y el acceso a créditos internacionales que serían fundamentales para modernizar la infraestructura energética y diversificar las fuentes de energía. La búsqueda de soluciones a largo plazo pasa por una profunda reestructuración económica y por la capacidad del país de asegurar un suministro energético estable y sostenible.
En resumen, los recientes apagones en Cuba son un síntoma de una crisis energética estructural y multifactorial, marcada por la dependencia de combustibles fósiles, la obsolescencia de su infraestructura, la escasez de divisas para importar petróleo y las complejidades geopolíticas. Sin una estrategia clara y financiación suficiente para reformar y modernizar el sistema eléctrico, es probable que los ciudadanos cubanos sigan enfrentándose a la incertidumbre y las dificultades derivadas de un suministro de energía intermitente y poco fiable.