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Trump contra Europa: ¿el momento de unirse?

Los ataques del presidente estadounidense al Papa y a Meloni abren un debate sobre la necesidad de una política exterior europea común.

Por Carlos García·sábado, 18 de abril de 2026Actualizado hace 2 min·4 min lectura·13 vistas
Ilustración: Trump contra Europa: ¿el momento de unirse? · El Diario Joven

Donald Trump volvió a sorprender al mundo con una nueva ráfaga de ataques verbales, esta vez dirigidos contra dos figuras centrales de la política y la espiritualidad europeas: el Papa Francisco y la primera ministra italiana Giorgia Meloni. Lo que en principio parecía un episodio más del ya conocido estilo desafiante del mandatario estadounidense derivó, sin embargo, en algo que pocos esperaban: una respuesta firme, coordinada y contundente desde Roma. Tanto desde el Vaticano como desde la Presidencia del Consejo italiano, las réplicas llegaron sin titubeos ni concesiones.

El incidente no es un hecho aislado. Forma parte de un patrón de comportamiento que el politólogo italiano Giuliano da Empoli analiza en profundidad en su reciente ensayo La hora de los depredadores (Seix Barral), en el que describe cómo ciertos líderes contemporáneos actúan siguiendo la lógica del príncipe de Maquiavelo: la acción brusca, inesperada y sin cálculo de consecuencias como herramienta de poder. Trump encaja en ese perfil, aunque, como señala da Empoli, le falta la finura estratégica del modelo original. Lo que no le falta, en cambio, es capacidad para generar caos y para aprovechar el llamado *momentum*, ese instante de ruptura en el que quien no actúa pierde.

Europa ante el espejo

Lo que resulta llamativo de esta nueva confrontación no es tanto el ataque en sí —ya nada sorprende viniendo de la Casa Blanca en su configuración actual— sino la reacción que ha provocado. El Papa respondió con una defensa clara de los principios de la *caritas* y la dignidad humana. Meloni, otrora señalada como una de las líderes europeas más próximas al trumpismo, optó por distanciarse con firmeza. Dos frentes, secular y religioso, unidos frente a una misma presión exterior.

Este giro tiene consecuencias políticas reales. Sumado a la reciente derrota de Viktor Orbán en las elecciones municipales húngaras, el paisaje europeo empieza a mostrar señales de recomposición interna. El bloque de líderes que durante años funcionó como correa de transmisión de los postulados populistas de corte trumpista parece estar perdiendo cohesión. Y en ese vacío, aunque tímidamente, empieza a abrirse espacio para una narrativa diferente: la de una Europa que se reafirma en sus valores fundacionales.

La trampa del inmovilismo

El problema de fondo, sin embargo, sigue siendo estructural. Europa lleva demasiado tiempo reaccionando en lugar de anticipar. Cada Estado miembro continúa actuando con una lógica soberanista que a menudo entra en contradicción con los intereses del conjunto: negociaciones bilaterales con Pekín a espaldas de Bruselas, acercamientos discretos a Moscú para asegurarse suministros energéticos preferentes, posiciones dispares ante los grandes conflictos internacionales. El resultado es una Unión que habla con demasiadas voces y que, en consecuencia, apenas se escucha a sí misma en el tablero global.

La Unión Europea dispone de los instrumentos necesarios para articular una política exterior común, pero la voluntad política para usarlos con coherencia sigue siendo escasa. El Servicio Europeo de Acción Exterior, creado precisamente para eso, opera en un contexto donde los intereses nacionales tienden a imponerse sobre la lógica comunitaria. Esta fragmentación es, en última instancia, la mayor ventaja que tienen los depredadores a los que se refiere da Empoli: la desunión de quienes deberían hacerles frente.

Una oportunidad que no conviene desperdiciar

Y sin embargo, los momentos de presión externa han sido históricamente los que más han empujado la integración europea hacia delante. La invasión rusa de Ucrania aceleró decisiones en materia de defensa que llevaban décadas bloqueadas. La pandemia abrió la puerta a una mutualización de deuda que hasta entonces era un tabú. La agresividad comercial y política de la administración Trump podría ser el próximo catalizador.

La clave está en si los líderes europeos son capaces de leer el momento con claridad. Como señala el propio Parlamento Europeo en sus debates recientes sobre autonomía estratégica, la UE necesita pasar de la retórica a la acción concreta en política exterior, defensa, energía y tecnología. No como respuesta reactiva a Washington, sino como decisión soberana de un bloque que tiene el peso demográfico, económico y cultural para actuar con independencia.

Hay además un factor que se menciona poco pero que merece atención: dentro de Estados Unidos, una parte significativa de la opinión pública está buscando referentes alternativos al modelo trumpista. Europa, con sus contradicciones y sus crisis, sigue representando para muchos ciudadanos norteamericanos algo que vale la pena: un modelo de convivencia basado en el Estado de derecho, los derechos sociales y el multilateralismo. Esa mirada exterior es, en sí misma, un activo que Europa debería saber valorar y proyectar con más convicción.

La pelota, como suele decirse, está en el tejado europeo. La pregunta es si esta vez habrá alguien dispuesto a devolverla con fuerza.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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