El espacio ya no es territorio exclusivo de agencias gubernamentales. En 2025, el mercado espacial global alcanzó los 613.000 millones de dólares, según datos del think tank Brookings, y casi ocho de cada diez de esos dólares procedían del sector privado. La pregunta que se hacen inversores, emprendedores y gobiernos es la misma: ¿hasta dónde puede crecer este negocio? Consultoras como McKinsey estiman que el sector podría triplicar su tamaño antes de 2035.
La respuesta más clara a por qué el espacio ha vuelto a despertar interés tiene nombre y apellido: Elon Musk. Con SpaceX, el magnate sudafricano consiguió algo que parecía imposible hace dos décadas —abaratar drásticamente el coste de poner objetos en órbita— gracias a dos principios simples: integración vertical del proceso productivo y cohetes reutilizables. En los años ochenta, llevar un kilogramo al espacio costaba alrededor de 51.000 dólares. Hoy, con SpaceX, el precio ha caído hasta los 2.700 dólares. Y con Starship, la nueva nave de la compañía, las proyecciones apuntan a que ese kilo podría llegar a costar apenas 200 dólares.
Este abaratamiento ha tenido un efecto dominó sobre toda la cadena de valor. Empresas que antes no podían plantearse financiar un lanzamiento ahora compiten por situar sus propios satélites en órbita. Musk, además, no se quedó solo en el negocio del lanzamiento —rentable pero de margen limitado— sino que escaló hacia el negocio de las telecomunicaciones con Starlink, una constelación de más de 7.500 satélites que hoy es el operador de internet satelital más grande del mundo. Como resume Philip Moscoso, profesor de IESE Business School: Musk cogió el cuello de botella de los lanzadores, lo monopolizó y luego desarrolló su propio negocio aguas abajo, quedándose con el trozo de tarta más rentable.
El espacio como tablero geopolítico
Detrás del empuje privado hay también un fuerte componente geopolítico. En los años sesenta, la carrera espacial fue un duelo entre Washington y Moscú. Hoy el rival de Estados Unidos es China, que planea desplegar su propia megaconstelación de satélites y tiene ambiciones sobre la Luna. El asteroide Psique, del que se cree que contiene reservas de platino, oro y molibdeno por un valor superior al de toda la economía mundial, no es solo un objeto astronómico: es un activo estratégico. La Luna, por su parte, concentra esperanzas sobre yacimientos de tierras raras y materiales como el Helio-3, clave para futuros procesos de fusión nuclear.
En este contexto, la misión Artemis —que aspira a devolver al ser humano a la superficie lunar en 2028— no es solo una aventura científica. Es una declaración de intenciones ante Pekín. Según datos de la OCDE, Estados Unidos dedica apenas un 0,2% de su presupuesto al espacio, y la media de los países del G-20 no llega al 0,1%, lo que pone en perspectiva lo mucho que el sector privado ha tenido que cubrir.
España también tiene sus cohetes
El ecosistema español del llamado New Space está ganando peso propio. Una de sus empresas más singulares es Fossa Systems, con sede en la Gran Vía de Madrid. Su CEO, Julián Fernández, tiene 24 años y dirige una compañía de 60 empleados que fabrica nanosatélites —dispositivos de entre 10 y 100 kilos— orientados inicialmente al Internet de las Cosas y que ahora pivota hacia aplicaciones de defensa. La empresa ya opera una pequeña constelación de ocho satélites que cubre toda la Tierra, aunque no en tiempo real —envía señales a un mismo punto cada diez horas—, y está integrada en aceleradores de la OTAN como el programa Diana. Su modelo pasa por garantizar soberanía europea en toda la cadena de valor del satélite.
Otra empresa española a seguir es IENAI, especializada en propulsores eléctricos para satélites. Estos pequeños motores permiten reposicionar los satélites en órbita y evitar colisiones con basura espacial, consumiendo mucha menos masa que los propulsores de combustión tradicionales. La compañía, con oficinas en Madrid, Barcelona y Suecia, ha levantado ya diez millones de euros para escalar su tecnología.
La joya de la corona del sector español es PLD Space, con base en Elche, Alicante. Es uno de los pocos lanzadores privados de Europa —solo once países del mundo poseen esta capacidad— y el único de capital íntegramente privado en el continente. Su principal reto geográfico es estructural: los lanzadores deben apuntar hacia el este, en el sentido de rotación de la Tierra, y Europa tiene un continente justo en esa dirección. Por eso, como explica la propia empresa, sus misiones parten desde la Guayana Francesa, el puerto espacial europeo.
Los riesgos que nadie quiere ver
El crecimiento del sector no viene sin sombras. La proliferación de satélites está agravando el problema de la basura espacial: miles de objetos inservibles orbitan alrededor de la Tierra sin ninguna obligación legal de ser retirados. El riesgo de una colisión en cadena —conocido como síndrome de Kessler— podría inutilizar franjas enteras de órbita durante décadas. La falta de regulación internacional es una de las principales amenazas para la sostenibilidad del sector.
Juan Carlos Cortés, director de la Agencia Española del Espacio, lo tiene claro: en veinte años, el espacio será una parte indisociable de la vida cotidiana. Si las proyecciones se cumplen, la gran pregunta no será si el espacio es rentable —ya lo es— sino quién fijará las reglas del juego.