En las últimas cuatro décadas, Europa y España han atravesado una notable transformación económica, consolidada desde la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1986, precursor de la actual Unión Europea. Este proceso ha implicado un notable crecimiento y modernización, pero también ha puesto a prueba la capacidad de adaptación frente a múltiples crisis, desde la pandemia hasta conflictos geopolíticos recientes.
Uno de los retos más críticos que enfrenta Europa hoy es el energético, pilar fundamental para el desarrollo industrial, la competitividad y el bienestar social. La pandemia de covid-19, la guerra en Ucrania y el conflicto en Oriente Medio han evidenciado la importancia de lograr una autonomía estratégica y una seguridad energética que antes se daban por sentadas.
Actualmente, el gas y el petróleo continúan representando más de la mitad del consumo energético global. En Europa, esta dependencia es aún más elevada, mientras que su capacidad de refino se ha reducido en torno a un 20%, lo que genera vulnerabilidades estratégicas significativas. De hecho, Europa es actualmente importadora neta de productos refinados como el gasóleo y el queroseno, clave para sectores esenciales como el transporte y la aviación, en un contexto global marcado por la inestabilidad.
Esta situación impacta directamente en los precios de la energía y reduce la competitividad industrial, afectando no solo a las empresas sino también a la economía en general al provocar cierres o deslocalizaciones productivas. La industria del refino es especialmente relevante porque sostiene cadenas de valor esenciales para la aviación, la logística, la automoción y la defensa, sectores fundamentales para la economía europea.
En este escenario, España destaca por su apuesta por la modernización y la inversión a largo plazo en la industria refinadora. Las empresas del sector han convertido al país en uno de los más flexibles y eficientes de Europa en cuanto a refino. Este posicionamiento industrial contribuye a la seguridad nacional del suministro, fortalece la balanza comercial y genera empleo estable y de calidad.
Por ejemplo, en Repsol, su sistema de refino cuenta con tecnologías avanzadas que permiten procesar más de un centenar de tipos diferentes de crudo y maximizar la extracción de productos demandados como el gasóleo y el queroseno. Estas capacidades resultan cruciales en momentos de tensión geopolítica, como el bloqueo del estrecho de Ormuz, que amenaza la estabilidad del suministro energético.
Sin embargo, mantener e incrementar estas capacidades requiere un marco estable que fomente la inversión, la innovación, la digitalización y la descarbonización, sin sacrificar la competitividad industrial. Las decisiones en materia energética y productiva son estratégicas y deben pensarse para décadas, no para ciclos cortos.
Europa se encuentra ante una encrucijada: reforzar su base industrial y energética es clave para mantener una posición competitiva, autónoma y segura en un mundo cada vez más incierto. De lo contrario, arriesga la pérdida gradual de estas capacidades, con consecuencias negativas para el modelo de bienestar y el progreso económico.
En este contexto, contar con análisis rigurosos y una visión económica europea es vital para tomar decisiones acertadas. La historia reciente demuestra que una industria fuerte e innovadora es fundamental para garantizar un futuro sostenible y compartido en el continente.
Para más detalles, consulte el análisis completo donde se aborda la evolución industrial y energética de Europa, disponible en Expansión. También, datos recientes sobre dependencia energética pueden consultarse en la Agencia Internacional de la Energía.