Estados Unidos está viviendo el fin de una época marcada por décadas de capital, mano de obra y energía baratas, según expertos y las últimas tendencias del mercado. Tras más de 50 años de caída sostenida de precios y tipos de interés históricos, factores como la inflación creciente, los costes energéticos y los cambios geopolíticos dibujan ahora un futuro económico distinto.
Los rendimientos de los bonos del Tesoro a 30 años, que tocaron un pico superior al 5 % en 2023, reflejan esta transformación. Tras un largo periodo de tipos reducidos que comenzó a finales de los años 70, ahora emergen presiones que impulsan una prima de riesgo más alta, conforme inversores y prestamistas ajustan sus expectativas a un entorno con inflación y costes más elevados y persistentes.
Diversos elementos explican este contexto: el encarecimiento de la energía y los bienes vinculados a conflictos y aranceles, la reindustrialización en Estados Unidos, y la expansión del gasto en defensa. Además, el despliegue masivo de tecnologías basadas en inteligencia artificial influye en mercados clave como el inmobiliario, microchips, agua y electricidad, aumentando sus precios y tensionando la economía en general. Sumado a esto, la caída en la demanda de deuda pública estadounidense complica el equilibrio financiero.
A lo anterior se unen riesgos menos evidentes pero relevantes, como el aumento del endeudamiento público y privado, la deriva de la geopolítica internacional con conflictos y tensiones crecientes, y el auge de movimientos populistas que dificultan la gobernanza económica clásica. Estos factores llevan a que financiar inversiones o gasto público requiera mayores tipos para compensar el riesgo, haciendo menos asequible el crédito.
Una era de capital y trabajo baratos que termina
La era de lo barato en Estados Unidos empezó a consolidarse a finales de los años 70 con la política monetaria restrictiva impulsada por Paul Volcker. Desde entonces, el coste del capital y los retornos de los bonos públicos cayeron de manera casi constante, mientras que la globalización y los avances tecnológicos redujeron los precios de producción y salarios, especialmente en sectores poco cualificados. Este modelo asentó su base en una economía abierta, con abundante entrada de capital extranjero y mano de obra barata, impulsando así la expansión económica.
Sin embargo, varios de estos cimientos comienzan a cambiar o desvanecerse. Los inversores internacionales ya demuestran menor apetito por los bonos estadounidenses, y las políticas de deslocalización se revierten con la repatriación industrial, que encarece los costes a corto plazo pese a aumentar la resiliencia futura. Además, el vínculo del dólar con el petrodólar, que permitió financiar años de gasto con relativa calma, pierde fuerza ante la diversificación del comercio energético hacia monedas como el yuan, impulsado por China y sus aliados.
El futuro del trabajo y la tecnología
En cuanto a la mano de obra, la presión para mantener bajos salarios y débiles sindicatos se ha moderado en algunos sectores con aumentos salariales en los últimos años y mayor sindicalización en áreas clave como la automoción. No obstante, estos avances se ven equilibrados por el aumento de costes en seguros de salud y el avance de la inteligencia artificial, que podría reducir empleo o, alternativamente, abrir nuevas oportunidades y mejorar la productividad.
La irrupción de la IA y su impacto en salarios y productividad será clave para determinar si la inflación se modera o empeora en el medio plazo. Algunas proyecciones optimistas apuntan a una reducción de la deuda pública si la productividad crece, mientras que escenarios pesimistas prevén mayores gastos públicos para sostener a los trabajadores desplazados, alimentando la inflación.
Un cambio inevitable con alcance global
Este cambio de paradigma en Estados Unidos no solo afecta a su propia economía, sino que tiene repercusiones globales. La transición hacia un nuevo modelo con mayores costes y riesgos financieros altera las reglas del juego para inversores, gobiernos y empresas a nivel internacional. Adaptarse a esta nueva realidad requiere abandonar la confianza en décadas de baja inflación, costes y tipos, ajustando estrategias y políticas económicas para un contexto más complejo.
Para quienes han vivido toda su vida en la era de lo barato, la adaptación será un desafío. El mensaje de economistas como Torsten Sløk, de Apollo, es contundente: la persistencia de tipos de interés elevados y una inflación más estructural demandarán nuevas expectativas y planteamientos financieros tanto a corto como a largo plazo.
Más información detallada sobre esta transformación puede encontrarse en análisis de Apollo Global Management y estudios del Yale Budget Lab. También el seguimiento a la evolución del mercado de bonos y los indicadores de productividad tecnológica son claves para entender las tendencias venideras.