El anuncio de Irán de reabrir el estrecho de Ormuz al tráfico marítimo fue suficiente para que los mercados internacionales recuperaran el aliento el pasado viernes. El Ibex 35 cerró con una subida del 2,18%, completando su cuarta semana consecutiva al alza, mientras el precio del petróleo se desplomó más de un 10% y perforó la barrera de los 90 dólares por barril. Una reacción comprensible dado el peso estratégico del estrecho: por él transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una parte sustancial del gas natural licuado que abastece a Europa y Asia.
Sin embargo, la euforia de los mercados tiene pies de barro. Teherán ha condicionado explícitamente esta apertura al mantenimiento del alto el fuego de diez días que la administración Trump impuso entre Israel y Líbano. Una tregua que, apenas horas después de anunciarse, ya era cuestionada: ambas partes se acusaron mutuamente de haberla violado. Atar la seguridad energética global a un cese de hostilidades tan precario no es estabilidad; es una prórroga de la incertidumbre.
Un desbloqueo lleno de asteriscos
Incluso asumiendo que la tregua se mantenga, el restablecimiento del flujo normal de crudo y gas desde el Golfo Pérsico llevará tiempo. Los barcos paralizados durante semanas por la amenaza iraní de bombardearlos necesitarán días, o incluso semanas, para completar los tránsitos pendientes. La logística marítima no se reactiva de golpe, y cualquier incidente en la zona puede volver a tensionar el mercado de forma inmediata.
A eso se suma la postura de Washington. Donald Trump matizó el anuncio iraní aclarando que la Armada estadounidense seguirá bloqueando el paso de los petroleros de Irán hasta que se firme un acuerdo de paz definitivo. Una condición que añade otra capa de complejidad operativa y que deja en el aire cuánto tardará en normalizarse el tráfico completo por el estrecho. Según el propio Trump, ese acuerdo podría cerrarse en los próximos días, aunque esa previsión hay que leerla con cautela habitual en este tipo de negociaciones.
París se moviliza, Trump rechaza la oferta
Mientras tanto, la comunidad internacional ha intentado dar un paso al frente. Los líderes reunidos en París a iniciativa del presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer propusieron desplegar fuerzas militares internacionales para garantizar el restablecimiento del libre tránsito por Ormuz, tal como establecen los tratados marítimos vigentes que Irán ha venido violando con sus amenazas y con la imposición de un peaje en criptomonedas a los buques que querían pasar.
Doce países se comprometieron a participar en la operación, que incluiría el desminado de la zona próxima a las costas de Omán, donde la Guardia Revolucionaria iraní afirma haber diseminado miles de artefactos explosivos. España participó en la cumbre a través del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, aunque finalmente no figura entre los países que se han comprometido con la misión.
La paradoja es que Trump rechazó el ofrecimiento occidental, pese a haber exigido durante semanas a esos mismos gobiernos y a la OTAN que intervinieran militarmente para neutralizar el control iraní sobre el estrecho. Su negativa deja en un limbo la operación internacional y refuerza la percepción de que Washington quiere gestionar esta crisis de forma bilateral, sin multilateralismo que complique sus márgenes de negociación con Teherán.
La clave: el programa nuclear iraní
El nudo gordiano de toda esta crisis sigue siendo el programa atómico de Irán. Washington exige el desmantelamiento definitivo y verificable de las capacidades nucleares iraníes como condición sine qua non para cualquier acuerdo de paz duradero. Teherán, por su parte, se niega en redondo a ceder en ese punto, considerado por el régimen como un pilar estratégico de su soberanía y de su capacidad de disuasión regional.
En ese contexto, el papel de Pakistán como mediador cobra una importancia creciente. Los negociadores de Islamabad aseguran haber logrado avances tras el fracaso de la primera ronda presencial del fin de semana pasado, y apuntan a una posible nueva reunión en los próximos días. Pakistán ha ejercido históricamente de puente diplomático entre potencias con las que mantiene relaciones complejas, y su posición geográfica y política le otorga credibilidad ante Teherán que otros mediadores no tienen.
El coste económico no desaparece con el anuncio
Más allá de la geopolítica inmediata, los efectos económicos de esta crisis están lejos de disiparse. Los principales organismos multilaterales, incluido el Fondo Monetario Internacional, ya han advertido de que el episodio de Ormuz dejará una huella inflacionaria significativa en la economía global, independientemente de cómo y cuándo se resuelva el conflicto. El encarecimiento de la energía encarece también los fertilizantes, lo que golpea con especial dureza a los países en desarrollo, donde el margen para absorber estos shocks es mucho menor.
En definitiva, el desbloqueo de Ormuz es una señal positiva, pero no es el punto final de esta crisis. Es, en el mejor de los casos, una pausa condicionada en un conflicto que sigue activo. Mientras el acuerdo de paz definitivo no se firme, mientras el programa nuclear iraní permanezca sobre la mesa sin resolución y mientras la tregua israelo-libanesa sea tan frágil como hoy, el estrecho más estratégico del mundo seguirá siendo un foco de riesgo para la economía global. Los mercados han celebrado un respiro. Aún no hay motivos para celebrar una solución.