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Científicos logran apagar el cromosoma extra del síndrome de Down

Un equipo de Boston usa CRISPR/Cas9 para silenciar el tercer cromosoma 21, aunque la aplicación en humanos sigue siendo un reto lejano.

Por Carlos García·domingo, 19 de abril de 2026Actualizado hace 1 d·4 min lectura·15 vistas
Ilustración: Científicos logran apagar el cromosoma extra del síndrome de · El Diario Joven

El síndrome de Down no ocurre porque falte información genética en las células, sino porque sobra. La presencia de una tercera copia del cromosoma 21 —lo que se conoce como trisomía 21— desestabiliza el funcionamiento celular y provoca las características clínicas asociadas a esta condición. Hasta ahora, no existía ningún tratamiento capaz de abordar ese desequilibrio en su raíz. Un nuevo estudio publicado en la revista PNAS por un equipo del Centro Médico Beth Israel Deaconess de Boston da un paso significativo en esa dirección, aunque los propios investigadores advierten que la aplicación clínica en personas sigue siendo un objetivo a largo plazo.

La clave del avance está en un mecanismo que la propia naturaleza ya utiliza. En los seres humanos, el sexo biológico está determinado por los cromosomas X e Y. Las mujeres tienen dos cromosomas X, pero solo uno de ellos permanece activo: el otro es silenciado por el gen XIST, que produce una molécula de ARN capaz de recubrir el cromosoma y bloquear la expresión de sus genes. Es, en esencia, un interruptor molecular. La pregunta que llevaba años rondando a la comunidad científica era obvia: ¿por qué no usar ese mismo interruptor para neutralizar cromosomas sobrantes como el que provoca el síndrome de Down?

La idea no es nueva. En 2013, la investigadora Jeanne Lawrence demostró por primera vez que el ARN producido por XIST podía silenciar el cromosoma 21 extra en células humanas cultivadas en laboratorio. Siete años después, en 2020, el experimento se replicó en células madre neurales. El obstáculo, sin embargo, siempre fue el mismo: la dificultad para integrar el gen XIST de manera eficiente en las células afectadas. Sin una tasa de éxito aceptable, la técnica no podía avanzar hacia ningún tipo de aplicación real.

La solución: una versión mejorada de CRISPR

Ese cuello de botella es exactamente lo que el equipo de Boston afirma haber superado. Su estrategia pasa por emplear CRISPR/Cas9, la herramienta de edición genética que actúa como unas tijeras moleculares capaces de cortar el ADN en puntos muy precisos. El problema tradicional de CRISPR es que, aunque recorta con relativa precisión, no es especialmente eficaz para insertar material genético nuevo en el lugar deseado. Los investigadores desarrollaron una versión modificada de esta herramienta que eleva considerablemente la tasa de integración del gen XIST en el cromosoma extra.

Los resultados, según recoge el artículo en PNAS, muestran que el método logró integrar XIST con éxito en entre el 20% y el 40% de las líneas celulares con trisomía 21 analizadas. Además, la técnica demostró selectividad: actuó de forma preferente sobre la copia extra del cromosoma 21, sin silenciar otros genes que podrían desencadenar efectos no deseados. Para un campo que durante años ha luchado contra la ineficiencia, esos porcentajes representan un salto real.

Los riesgos que aún frenan su uso en personas

Pese al avance, el camino hacia una terapia aplicable en humanos está plagado de obstáculos técnicos y científicos. El más relevante es el de las mutaciones off-target: situaciones en las que las tijeras de CRISPR cortan en un punto del ADN que no era el objetivo, simplemente porque la secuencia se parece a la buscada. Un error de ese tipo podría desencadenar disfunciones celulares graves o incluso favorecer el desarrollo de cáncer.

A esto se suma otro problema documentado en la investigación con embriones: el mosaicismo. Cuando se aplican estas técnicas en fases muy tempranas del desarrollo, no todas las células acaban siendo editadas de la misma manera. El resultado es un organismo con una mezcla de células corregidas y células sin corregir, lo que limita la eficacia terapéutica y complica la evaluación de riesgos. Los científicos coinciden en que antes de plantear cualquier uso clínico es imprescindible mejorar la especificidad de la herramienta para reducir la probabilidad de efectos secundarios indeseados.

El debate ético que nadie puede ignorar

Paralelo al debate científico corre uno bioético de enorme calado. Una de las líneas de investigación abiertas en este campo plantea la posibilidad de editar el cromosoma extra directamente en embriones humanos antes de su implantación, con el objetivo de evitar que nazcan con trisomía 21. Esa posibilidad concentra críticas de expertos en bioética, que señalan que intervenir sobre embriones humanos compromete su integridad física y genera riesgos irreversibles para las generaciones futuras, dado que los cambios en el genoma germinal se transmiten a la descendencia.

Los especialistas insisten también en la necesidad de trazar una línea clara entre el uso terapéutico de estas tecnologías —orientado a tratar síntomas o mejorar la calidad de vida de personas ya nacidas— y su uso para la selección o mejora genética de embriones, un terreno que muchos consideran éticamente inaceptable. No es un debate abstracto: la edición genética en embriones con fines reproductivos está prohibida en la mayoría de los países, incluida España, precisamente por las implicaciones que conlleva.

El estudio del equipo de Boston es, en cualquier caso, un avance técnico concreto en una carrera científica que lleva décadas en marcha. La posibilidad de silenciar un cromosoma sobrante mediante mecanismos que el propio organismo ya usa es conceptualmente sólida. Lo que queda por resolver —la seguridad, la eficiencia y los límites éticos de su aplicación— es, en buena medida, el trabajo que la ciencia tiene por delante.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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