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Irak, veinte años después: las heridas que nunca cerraron

La invasión de 2003 y el caos sectario de 2006 siguen condicionando la política de Oriente Medio y la relación entre Irán, Irak y Estados Unidos.

Por Carlos García·martes, 14 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: Irak, veinte años después: las heridas que nunca cerraron · El Diario Joven

En marzo de 2003, una coalición internacional liderada por Estados Unidos invadió Irak con el objetivo declarado de eliminar las supuestas armas de destrucción masiva del régimen de Saddam Hussein y llevar la democracia a un país que llevaba décadas bajo una dictadura. Lo que vino después desafió cualquier pronóstico oficial: el colapso del Estado iraquí, años de insurgencia y, en 2006, el punto álgido de una violencia sectaria que dejó al país al borde de una guerra civil total.

Aquel 2006 representa hoy, para muchos analistas y veteranos de guerra, el momento en que quedó claro que la operación militar había fracasado en sus objetivos políticos. Las fuerzas estadounidenses y de la coalición controlaban el terreno sobre el papel, pero no podían detener los ataques entre comunidades suníes y chiíes que se multiplicaban semana tras semana. La destrucción en febrero de ese año de la mezquita de Al Askari, en Samarra, uno de los lugares más sagrados del islam chií, actuó como detonante de una espiral de represalias que costó decenas de miles de vidas civiles.

Los soldados desplegados sobre el terreno —estadounidenses, británicos, españoles hasta la retirada de 2004, y de otros países de la coalición— vivieron de cerca una realidad que las ruedas de prensa en Washington o Londres no siempre reflejaban. Muchos de ellos siguen procesando lo que vieron y lo que hicieron. Las tasas de estrés postraumático entre los veteranos de Irak se encuentran entre las más elevadas registradas en conflictos modernos, según datos recopilados por el Departamento de Asuntos de los Veteranos de EE.UU..

El vacío de poder y la entrada de Irán

Uno de los efectos más duraderos de la guerra fue el que nadie quiso admitir con claridad durante años: al eliminar a Saddam Hussein, Washington eliminó también el principal contrapeso regional a la influencia de Irán. Bagdad había sido durante décadas el dique que contenía las ambiciones de Teherán en la región. Con el Estado iraquí desmantelado y una clase política nueva que debía construirse desde cero, Irán aprovechó el vacío para extender su red de influencia a través de milicias chiíes, partidos políticos y canales económicos.

Esa presencia iraní en Irak no es hoy una teoría sino un hecho documentado por organismos internacionales, periodistas sobre el terreno y los propios informes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Las Fuerzas de Movilización Popular, conocidas como Hashd al-Shaabi, surgidas formalmente para combatir al Estado Islámico a partir de 2014, agrupan a decenas de milicias con distintos grados de lealtad a Teherán y han pasado a integrarse, al menos formalmente, en las estructuras de seguridad del Estado iraquí.

La sombra del EI y la reconfiguración regional

El surgimiento del autodenominado Estado Islámico entre 2013 y 2014 añadió otra capa de complejidad a una situación ya de por sí enredada. El grupo yihadista capitalizó el resentimiento de las comunidades suníes que se habían sentido marginadas bajo los gobiernos posteriores a 2003 y tomó el control de extensas zonas de Irak y Siria. Su derrota militar en 2019 no supuso el fin del problema: células activas siguen operando en zonas rurales del país, según los informes periódicos de la misión de la ONU en Irak, UNAMI.

Mientras tanto, la presencia militar estadounidense en el país se ha reducido drásticamente desde los más de 170.000 soldados desplegados en el pico de la guerra. Hoy quedan miles de efectivos en misión de asesoramiento y apoyo, pero su papel y su futuro están sometidos a una negociación constante con un gobierno en Bagdad que equilibra con dificultad sus relaciones con Washington y con Teherán.

Lo que comenzó como una promesa de transformación democrática rápida terminó produciendo uno de los conflictos más costosos en vidas, dinero y reputación internacional de las últimas décadas. Las estimaciones más citadas, como las del proyecto Costs of War de la Universidad de Brown, cifran en más de 200.000 las muertes de civiles iraquíes documentadas directamente por la violencia del conflicto, aunque otras metodologías elevan esa cifra de forma considerable.

Veinte años después, Irak sigue siendo un Estado frágil, con instituciones corroídas por la corrupción, infraestructuras deterioradas y una población joven que no conoció al régimen de Saddam pero que tampoco ha vivido la estabilidad que se prometió tras su caída. Los fantasmas de aquel conflicto no han desaparecido: han cambiado de forma.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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