La derrota electoral de Viktor Orbán en Hungría no es solo un terremoto político para Budapest. Sus efectos se extienden más allá de las fronteras húngaras y alcanzan de lleno a uno de sus aliados más visibles en el sur de Europa: Vox. El partido español pierde con esta caída a su único socio con peso real en el Consejo Europeo, el órgano donde se sientan los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y donde se toman algunas de las decisiones más relevantes para el continente.
La relación entre Santiago Abascal y Viktor Orbán venía fraguándose desde hace años. El primer ministro húngaro había convertido su país en el referente internacional de la derecha populista europea, con una retórica basada en la defensa de las fronteras nacionales, el rechazo a la inmigración irregular y la confrontación directa con las instituciones comunitarias. Para Vox, Orbán representaba algo más que un aliado ideológico: era una demostración de que ese modelo político podía llegar al poder y mantenerse en él.
El vínculo se institucionalizó al inicio de la actual legislatura del Parlamento Europeo, cuando Abascal decidió que los eurodiputados de Vox abandonaran el Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos (ECR), donde convivían con el partido polaco Ley y Justicia y con otros socios de centro-derecha. El destino elegido fue Patriotas por Europa, la nueva formación impulsada precisamente por Orbán junto con el Rassemblement National de Marine Le Pen y el ANO del primer ministro checo Andrej Babiš. El movimiento fue interpretado en su momento como una apuesta clara por el ala más dura del espectro político europeo.
Esa decisión, que en su día generó tensiones internas y críticas desde sectores del propio Vox, se ha vuelto ahora especialmente costosa. Con Orbán fuera del poder, el partido húngaro que lideraba Fidesz perderá previsiblemente su peso en el Consejo Europeo, el único foro institucional donde los Patriotas por Europa contaban con representación directa a nivel de jefes de Gobierno. El Parlamento Europeo es el escenario donde el grupo tiene mayor presencia numérica, pero el Consejo es donde se negocian los grandes marcos presupuestarios, la política exterior común y los equilibrios de poder reales dentro de la UE.
La situación deja a Vox en una posición incómoda. Dentro del Parlamento Europeo, los Patriotas por Europa siguen siendo el tercer grupo por número de escaños, con representación de países como Francia, Italia, Austria, Países Bajos o la propia Hungría. Pero la influencia de un grupo parlamentario tiene límites claros cuando no va acompañada de presencia en el Consejo. Las grandes negociaciones sobre migración, clima o defensa se deciden entre gobiernos, y en esa mesa los Patriotas carecen ahora de interlocutores con poder ejecutivo relevante.
El contraste con la posición del Partido Popular Europeo resulta llamativo. El PPE, al que pertenece el Partido Popular español, sigue siendo la familia política dominante en el Consejo Europeo, con presidentes de Gobierno en Alemania, Polonia, Grecia o Portugal, entre otros. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, también forma parte de esta familia. Esa presencia transversal en los ejecutivos nacionales le otorga una capacidad de influencia sobre la agenda europea que ningún otro grupo puede igualar en este momento.
Para Vox, el escenario que se abre requiere una revisión estratégica de sus alianzas internacionales. El partido fundado por Abascal lleva años construyendo una narrativa de influencia en Europa, pero la realidad institucional es que, tras la salida de los Conservadores y Reformistas, y ahora con el debilitamiento del principal valedor de los Patriotas, esa narrativa choca con un mapa político que les resulta cada vez menos favorable. El partido no cuenta con ningún primer ministro aliado en activo dentro de la Unión Europea, un déficit que en términos de poder real es difícil de compensar solo con escaños parlamentarios.
Las próximas semanas serán clave para ver cómo reacciona Vox ante este nuevo contexto. La pregunta que sobrevuela el debate interno es si el partido mantendrá su apuesta por los Patriotas por Europa o si explorará otros movimientos dentro del tablero europeo. Por el momento, la caída de Orbán cierra un ciclo político que el partido español había convertido en uno de sus referentes más visibles, y lo hace en un momento en el que la derecha radical europea atraviesa una fase de recomposición cuyo desenlace todavía está por definir.