Pocas emergencias médicas generan tanta confusión como el infarto de miocardio. La imagen popular —un hombre que se agarra el pecho y cae al suelo— corresponde a una fracción de los casos reales. Según el cardiólogo Pedro Brugada, uno de los especialistas en enfermedades cardiovasculares más reconocidos de España, muchos ataques al corazón se producen sin que la persona afectada llegue siquiera a sospechar lo que le está ocurriendo. La consecuencia directa de esa falta de reconocimiento es la demora en pedir ayuda, y esa demora cuesta vidas.
La Sociedad Española de Cardiología estima que las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la primera causa de muerte en España. Sin embargo, una parte significativa de los infartos pasa sin diagnóstico inmediato: más de uno de cada cinco se consideran silenciosos o atípicos, ya sea porque los síntomas son leves, porque se atribuyen a otra causa o porque directamente no se perciben. Este porcentaje es especialmente alto en mujeres, en personas diabéticas y en pacientes de edad avanzada.
Por qué el dolor en el pecho no es siempre la señal
La señal más conocida del infarto —el dolor opresivo en el centro del pecho que irradia hacia el brazo izquierdo— existe, pero no es universal. En muchos casos, el primer aviso es una molestia difusa que el paciente interpreta como acidez estomacal, tensión muscular o simple cansancio. La mandíbula, la espalda alta, el cuello o incluso el estómago pueden ser los puntos donde el cuerpo manda la alerta. La sensación no siempre duele: a veces es presión, peso o quemazón.
Los especialistas insisten en que el cuerpo suele avisar antes de que el infarto se desencadene del todo. Esa fase previa puede durar días o incluso semanas, con episodios de fatiga inusual, dificultad para respirar al hacer esfuerzos cotidianos, mareos sin causa aparente o sensación de angustia que el afectado no sabe explicar. Son señales que, por inespecíficas, se ignoran con facilidad.
Las mujeres, las más afectadas por el retraso diagnóstico
La literatura médica lleva años documentando una brecha de género en el diagnóstico cardiovascular. Las mujeres presentan con mayor frecuencia síntomas atípicos —náuseas, vómitos, sudoración fría, fatiga extrema— y con menor frecuencia el dolor torácico clásico. Eso hace que tanto ellas mismas como, en ocasiones, los propios servicios de urgencias tarden más en identificar el problema. Según datos recogidos por el Instituto Nacional de Estadística, las enfermedades del corazón representan una de las principales causas de mortalidad femenina en España, por delante del cáncer de mama.
Esta diferencia tiene raíces fisiológicas: la anatomía coronaria femenina es distinta, los estrógenos modifican la forma en que se manifiesta la isquemia y el infarto en mujeres afecta con más frecuencia a los vasos pequeños, lo que complica tanto el diagnóstico como el tratamiento. La concienciación sobre este punto es todavía insuficiente, reconocen los especialistas.
Qué hacer ante la duda
Los cardiólogos son tajantes en este punto: ante cualquier combinación inusual de síntomas —molestia en el pecho, mandíbula o espalda, dificultad para respirar, sudor frío, mareo o fatiga repentina sin motivo aparente—, la única respuesta correcta es llamar al 112 sin esperar. No conducir uno mismo al hospital, no esperar a ver si pasa. Cada minuto que transcurre desde que se obstruye una arteria coronaria hasta que se restaura el flujo sanguíneo equivale a músculo cardíaco dañado de forma irreversible.
El tratamiento actual del infarto agudo, cuando llega a tiempo, tiene tasas de supervivencia muy elevadas. La Asociación Americana del Corazón y sus equivalentes europeas coinciden en que la intervención en la primera hora —lo que se denomina la «hora de oro»— multiplica las probabilidades de recuperación completa. El problema es que esa ventana se pierde con frecuencia precisamente porque el paciente no identificó lo que le estaba ocurriendo.
Más allá de la respuesta inmediata, los cardiólogos recomiendan revisar periódicamente los factores de riesgo modificables: hipertensión, colesterol elevado, tabaquismo, sedentarismo, diabetes y obesidad son los principales precursores del infarto. Controlarlos no garantiza evitarlo, pero sí reduce la probabilidad de manera significativa. Los chequeos cardiovasculares a partir de los 40 años —antes si hay antecedentes familiares— son la herramienta más eficaz para detectar problemas antes de que se conviertan en urgencias.
La conclusión que los especialistas repiten es sencilla: el infarto casi nunca avisa de forma obvia, pero casi siempre avisa. Saber reconocer esas señales menos evidentes es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.