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El asturiano que lleva 9 años criando un toro bravo y el Principado quiere retirárselo

David acogió al animal cuando era cría huérfana. Hoy, el Gobierno regional lo considera un peligro y reclama su retirada.

Por Carlos García·jueves, 23 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: El asturiano que lleva 9 años criando un toro bravo y el Pri · El Diario Joven

David lleva casi una década conviviendo con un toro bravo que llegó a su vida cuando el animal era apenas una cría recién quedada sin madre. Lo alimentó, lo cuidó y, con el paso de los años, logró algo que muy pocos consiguen: ganarse la confianza de un animal de estas características. Hoy, ese toro es parte de su familia. Sin embargo, la tranquilidad de esa relación se ha visto amenazada por la administración: el Principado de Asturias ha iniciado los trámites para retirarle el animal, argumentando que representa un riesgo para la seguridad.

La historia comenzó hace nueve años, cuando David se hizo cargo del toro bravo tras la muerte de su madre. Lo que empezó como un gesto de socorro se convirtió en una convivencia duradera. El animal creció en un entorno doméstico, integrado en la rutina diaria de su cuidador. Para David, no se trata de un animal de granja ni de una posesión: es, según sus propias palabras, familia.

El conflicto con la administración autonómica pone sobre la mesa una pregunta que no es nueva en España: ¿hasta qué punto puede un particular mantener en su propiedad un animal considerado potencialmente peligroso? El Principado de Asturias cuenta con normativa específica sobre tenencia de animales que pueden suponer un riesgo para terceros, y es en ese marco legal donde se ampara la administración para reclamar la retirada del toro. La legislación estatal en materia de animales potencialmente peligrosos establece requisitos estrictos de instalaciones, seguros y habilitación del propietario, algo que no siempre es fácil de acreditar en un entorno rural informal.

Los toros bravos pertenecen a una raza seleccionada durante generaciones por su agresividad y bravura, rasgos que los hacen especialmente difíciles de manejar fuera de los entornos para los que están criados. Sin embargo, los defensores de casos como el de David argumentan que un animal criado desde cría en contacto diario con humanos puede desarrollar vínculos de confianza que modifican sustancialmente su comportamiento. No es la primera vez que este tipo de situación llega a los medios: en distintos puntos de España se han registrado casos de particulares que han criado bóvidos de lidia y que han tenido roces con la normativa autonómica.

Lo que está en juego en el caso de David no es solo la continuidad de su convivencia con el animal, sino también el reconocimiento de una forma de relación entre humano y animal que desafía las categorías habituales. La administración no cuestiona el afecto de David, sino los riesgos objetivos que, a su juicio, implica mantener un toro bravo adulto en una propiedad privada. Desde el punto de vista de la seguridad, los argumentos del Principado tienen base técnica: un toro de estas características puede llegar a pesar más de 500 kilos y su comportamiento, incluso en animales socializados, es difícilmente predecible en situaciones de estrés.

La normativa que regula estos casos en Asturias se enmarca en el contexto más amplio de la legislación española sobre animales potencialmente peligrosos, que data de finales de los años noventa y que ha sido desarrollada de manera desigual por las comunidades autónomas. En muchos casos, estas normas fueron diseñadas pensando en perros de determinadas razas y no contemplan de forma específica situaciones como la de un toro bravo criado en entorno doméstico, lo que genera zonas grises de difícil resolución.

Mientras el procedimiento administrativo sigue su curso, David mantiene que el animal no representa ningún peligro y que su retirada sería un golpe difícil de asumir. Su caso ha generado cierta repercusión en Asturias, donde la relación entre la población rural y los animales de ganadería tiene una larga tradición. No es infrecuente que en el medio rural asturiano se establezcan vínculos estrechos con animales que en otro contexto serían considerados meramente productivos o peligrosos.

El desenlace del caso dependerá de cómo resuelva el Principado los trámites en curso y de si David tiene margen para acreditar que cumple con las condiciones exigidas por la normativa vigente. De momento, el toro sigue en la finca, y David sigue siendo su cuidador. Pero el tiempo apremia: la administración ha puesto en marcha un proceso que, de no resolverse a favor del particular, podría culminar en la retirada forzosa del animal. Una situación que, más allá del caso concreto, abre el debate sobre cómo gestiona la administración los vínculos emocionales entre personas y animales cuando chocan con la legalidad.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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