Pedro Sánchez reunió este fin de semana en Barcelona a algunos de los líderes progresistas más reconocidos del planeta. El brasileño Lula da Silva, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el sudafricano Cyril Ramaphosa participaron en el Global Progressive Mobilisation, la plataforma internacional impulsada por el propio Sánchez en su condición de presidente de la Internacional Socialista desde noviembre de 2022. El acto, celebrado en la Fira de Barcelona, congregó a activistas y mandatarios de izquierda bajo el paraguas del llamado "Sur Global". Para Sánchez, supone la culminación de una estrategia de proyección internacional que lleva meses construyendo con su oposición frecuente a Donald Trump y su apuesta por un multilateralismo progresista.
Sin embargo, el mismo fin de semana en que Sánchez ejercía de anfitrión en la Ciudad Condal, Emmanuel Macron y el primer ministro británico Keir Starmer convocaban en París una reunión de urgencia con más de treinta gobiernos de la llamada "coalición de la voluntad". El objetivo era abordar los acuerdos necesarios para garantizar la libre navegación en el Estrecho de Ormuz una vez que se alcance un cese de fuego estable en el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Estuvieron presentes el canciller alemán Friedrich Merz y la primera ministra italiana Giorgia Meloni. España, la cuarta economía de la Unión Europea, no tuvo representación de primer nivel en esa mesa.
La ausencia de Sánchez en París no pasó desapercibida. Mientras sus principales socios europeos coordinaban posiciones sobre uno de los corredores marítimos más estratégicos del mundo —por el que transita una parte muy significativa del comercio energético global—, el presidente del Gobierno español compartía escenario con líderes latinoamericanos y africanos en un foro de movilización progresista. La coincidencia de ambos eventos, que no fue casual, plantea un debate real sobre las prioridades diplomáticas de España y el coste de posicionarse fuera del eje europeo en momentos de alta tensión geopolítica.
El contraste también tiene una dimensión doméstica relevante. Esa misma semana, María Corina Machado realizaba una gira por Europa en la que recibió la medalla de oro de la Comunidad de Madrid y la llave de la Villa de Madrid, además de encuentros con altas autoridades europeas. La líder opositora venezolana no tenía previsto reunirse con Sánchez, con quien mantiene una conocida distancia política. Su recepción multitudinaria en Madrid generó una corriente de simpatía popular que contrasta con la frialdad que suele acompañar las apariciones públicas del presidente en territorio nacional.
La Internacional Socialista como plataforma de liderazgo
La estrategia global de Sánchez tiene una lógica propia. Al frente de la Internacional Socialista, organización que aglutina a partidos socialdemócratas y progresistas de todo el mundo, el presidente español dispone de una red de contactos y de un altavoz internacional que pocos líderes europeos tienen a su alcance. El GPM, creado junto al ex primer ministro sueco Stefan Löfven, actual presidente del grupo socialista en el Parlamento Europeo, es el brazo movilizador de esa estructura. Su objetivo declarado es coordinar respuestas progresistas a los desafíos globales: desigualdad, crisis climática, ascenso de la ultraderecha y tensiones comerciales vinculadas al proteccionismo de la administración Trump.
En ese marco, el "no es no" que Sánchez lanza con regularidad a Washington ha reforzado su perfil internacional y le ha dado una visibilidad que trasciende con creces el peso económico o demográfico de España. Pero esa proyección tiene un precio político en casa. El Partido Socialista no ha ganado unas elecciones generales desde 2019 y su posición parlamentaria es frágil, dependiente de apoyos que se negocian caso a caso. La radicalización del discurso exterior puede resultar movilizadora para una base militante, pero no necesariamente ensancha el electorado en momentos en que el votante medio tiende a priorizar la estabilidad económica sobre los grandes relatos ideológicos.
Costes concretos de una diplomacia dividida
El debate de fondo no es ideológico, sino pragmático. El Estrecho de Ormuz es uno de los cuellos de botella energéticos más sensibles del planeta: por él pasa aproximadamente el 20% del petróleo que se comercializa en el mundo. Cualquier interrupción en esa ruta tiene consecuencias directas sobre los precios de la energía en Europa, y por tanto sobre la inflación, el coste de la electricidad y el precio del combustible en España. Que los principales socios europeos de España se reúnan para abordar ese escenario sin contar con Madrid en la primera fila no es un asunto menor.
La posición de España en la Unión Europea se construye, en buena medida, en esas reuniones informales de alto nivel donde se forjan consensos antes de que lleguen a los canales institucionales. Macron, Merz, Meloni y Starmer son, guste o no, los actores que en la práctica determinan la agenda europea. Estar ausente de esos espacios, aunque sea por una sola jornada, tiene un coste de credibilidad difícil de cuantificar pero real. España puede aspirar a liderar el Sur Global y al mismo tiempo ser un socio europeo de primer orden, pero eso exige gestionar la agenda con una precisión que este fin de semana no se demostró.