El mercado del petróleo atraviesa uno de sus momentos más tensos en décadas. La combinación de precios en torno a los 150 dólares por barril, el cierre del estrecho de Ormuz por el conflicto con Irán y el agotamiento acelerado de reservas ha llevado a la Agencia Internacional de la Energía a revisar a la baja sus previsiones de consumo global, estimando una contracción de 80.000 barriles diarios para este año. Los economistas tienen nombre para esto: destrucción de la demanda, un fenómeno en el que los precios o la falta de producto acaban forzando a empresas y hogares a consumir menos, no por elección sino por necesidad.
El mecanismo que ha desencadenado esta situación tiene un punto de partida concreto: durante meses, el mundo tiró de inventarios acumulados para amortiguar el impacto del choque geopolítico. Mientras las reservas aguantaban, el problema parecía manejable. Pero en marzo, las existencias fuera del golfo Pérsico cayeron en 205 millones de barriles, una señal inequívoca de que ese colchón se está agotando. A partir de ahora, la industria y los consumidores tendrán que enfrentarse a un mercado donde el crudo físico —el barril real que se compra y se transporta, no la referencia financiera del Brent— ha alcanzado niveles históricamente elevados.
La escasez va más allá del barril
El problema no se limita al precio del crudo en sí. Inés Cardenal, portavoz de la Asociación de la Industria del Combustible de España (AICE), subraya que la crisis actual es, ante todo, una crisis de suministro de derivados: el queroseno para la aviación, el gasóleo para el transporte o el GLP para uso doméstico e industrial. El conflicto con Irán y el bloqueo de Ormuz han dejado fuera de juego a las grandes megarrefinerías construidas en Oriente Medio durante los últimos años, justo cuando Europa había reducido su propia capacidad de refino. El resultado es una presión desproporcionada sobre los márgenes industriales: los precios de los derivados han subido incluso más que el del barril, lo que ha empujado a productores petroquímicos en Asia a recortar su actividad ante unos costes prohibitivos.
Esta dinámica ya ha tenido consecuencias políticas. Bruselas ha recomendado esta semana medidas de ahorro energético y la extensión del teletrabajo, una respuesta que recuerda a los planes de contingencia diseñados tras la crisis del gas del invierno de 2022, aunque con un producto diferente y una geografía del conflicto distinta.
España, con más margen que sus vecinos
Dentro de este panorama sombrío, España presenta una posición comparativamente más favorable. Según Cardenal, las inversiones realizadas en el sistema de refino nacional entre 2008 y 2012 dotaron a las instalaciones españolas de una flexibilidad inusual en el contexto europeo: pueden procesar crudos de procedencias muy diversas, desde América hasta África, lo que reduce la dependencia directa de las rutas del Golfo Pérsico. Además, la configuración de estas refinerías permite maximizar la producción de destilados medios, cubriendo una parte relevante de la demanda interna de queroseno y gasóleo. Eso no elimina la exposición al entorno global, pero sí otorga un margen de maniobra que otros países europeos no tienen.
Más allá de la oferta, hay otro factor que complica la lectura del mercado: la incertidumbre extrema. En contextos de alta volatilidad, empresas y gobiernos tienden a aplazar sus decisiones de compra esperando mejores condiciones. Cuando finalmente compran, lo hacen de golpe, lo que amplifica la volatilidad de los precios y dificulta la planificación. Raymond Torres, director de coyuntura de Funcas, apunta que esta situación también actúa como acelerador de la transición energética: los incentivos para invertir en eficiencia y en fuentes alternativas se disparan cuando el coste de los combustibles fósiles se vuelve impredecible. El efecto no es inmediato —requiere tiempo e inversión—, pero puede dejar una huella estructural en el mix energético global.
¿Cuánto durará este ajuste?
La comparación más cercana con la situación actual es el hundimiento del consumo en 2020, pero los paralelismos son superficiales. Entonces, la demanda cayó porque la actividad económica se paralizó por la pandemia, mientras la oferta de crudo era tan abundante que los precios llegaron a cotizar en negativo. Ahora, el ajuste responde a una escasez física con más de 13 millones de barriles diarios de exportación fuera del mercado. Y, como señala Cardenal, incluso si el conflicto terminase hoy, la recuperación del suministro llevaría tiempo: las infraestructuras dañadas no se reconstruyen de un día para otro.
Manuel Hidalgo, economista de EsadeEcPol, pone algo de perspectiva sobre la magnitud de la crisis. Ajustados por inflación, los precios actuales equivalen aproximadamente a los niveles de hace cinco años, lo que sugiere que no estamos ante un pánico especulativo descontrolado, sino ante una subida que refleja, de forma bastante racional, la incertidumbre geopolítica del momento. Además, el golfo Pérsico ha perdido peso estratégico frente al auge de productores como Estados Unidos, Canadá o la Venezuela que ha vuelto parcialmente al mercado internacional. El estrecho de Ormuz sigue siendo una arteria crítica, pero ya no es la única, y eso limita —aunque no elimina— el alcance del choque.