La guerra en Oriente Próximo y la tensión en los mercados del crudo no afectan a todos los países por igual. España parte de una posición más sólida que la mayoría de sus socios europeos gracias a una infraestructura energética diversificada, un elevado nivel de reservas estratégicas y una apuesta sostenida por las energías renovables. Así lo ha subrayado la vicepresidenta y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen, en declaraciones recogidas por El País.
La radiografía del sistema energético español ofrece algunos datos que explican ese margen de maniobra. El país dispone de ocho refinerías con capacidad para procesar tipos muy distintos de crudo, lo que le otorga una flexibilidad que países como el Reino Unido, Francia, Alemania o Italia no tienen en la misma medida. Mientras España importa en torno al 10% del gasóleo y el 20% del queroseno que consume, otros grandes países europeos superan el 50% de dependencia exterior en derivados del petróleo. Además, España es exportadora neta de gasolina, lo que invierte en parte la ecuación habitual de dependencia.
Otro factor clave es el almacenamiento. El Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico no aprecia riesgo de desabastecimiento a corto plazo: las grandes empresas del sector tienen sus instalaciones al 100% de capacidad y las reservas estratégicas cubren más de noventa días de consumo. De ese total, el Gobierno ha decidido liberar 12,3 días de reservas para amortiguar la presión sobre los precios, en línea con los mecanismos de coordinación internacional.
En lo que respecta a la procedencia del crudo, España importa apenas un 5% del petróleo que consume del Golfo Pérsico en condiciones normales, según las cifras aportadas por el propio Ministerio. Eso reduce significativamente su exposición directa a los conflictos que sacuden esa región. La diversificación geográfica de proveedores, combinada con la capacidad de refino para adaptarse a distintos tipos de crudo, es precisamente lo que diferencia al sistema español del de sus vecinos.
El contexto europeo, sin embargo, sigue siendo una variable crítica. Aagesen ha insistido en que esta crisis tiene una dimensión continental que exige una respuesta colectiva. La vicepresidenta ha reclamado el desarrollo de un nuevo marco europeo que refuerce los mecanismos de solidaridad energética y reduzca la dependencia del gas en la industria, apostando por la electrificación y las energías autóctonas. La lógica es sencilla: cuanto mayor sea la integración europea, más difícil resulta que un choque externo afecte de forma asimétrica a los Estados miembros.
Las renovables juegan un papel central en ese argumentario. España es uno de los países de la Unión Europea con mayor capacidad instalada de energía eólica y solar, lo que le permite cubrir una parte sustancial de su demanda eléctrica sin recurrir a combustibles fósiles importados. Según los datos de Red Eléctrica de España, la generación renovable ha alcanzado en varios periodos recientes porcentajes superiores al 50% del mix eléctrico nacional. Ese músculo renovable tiene un efecto directo sobre el precio de la electricidad: el mercado mayorista español ha cotizado, en términos generales, por debajo de los niveles registrados en Alemania, Francia o Italia durante los episodios de mayor tensión en los mercados de gas.
Pese a ese escenario relativamente favorable, el Gobierno admite que la guerra va a dejarse sentir en los precios finales para consumidores y empresas. El paquete de medidas aprobado —que incluye bonificaciones en combustibles y rebajas fiscales temporales— busca amortiguar ese impacto, pero no puede neutralizarlo por completo en un mercado global interconectado. Los países emergentes importadores de petróleo, especialmente en Asia y América Latina, afrontan una situación bastante más delicada: sin reservas estratégicas equivalentes, con monedas más débiles y menor capacidad de respuesta fiscal.
A medio y largo plazo, la evolución del conflicto seguirá siendo el factor determinante. Por ahora, las empresas del sector aseguran que están recibiendo con normalidad los cargamentos contratados. Pero la incertidumbre geopolítica no permite proyecciones firmes más allá del otoño. Lo que sí parece claro es que la combinación de infraestructura robusta, diversificación de suministros y avance en renovables sitúa a España en una posición comparativamente ventajosa dentro de Europa para absorber los próximos meses de turbulencias energéticas.