El alto el fuego entre Estados Unidos, Israel e Irán existe sobre el papel, pero poco más está claro. Esta semana arrancó con Washington anunciando nuevas conversaciones de paz mientras Teherán las desmentía. El presidente Donald Trump proclamó el 17 de abril que Irán había acordado no volver a cerrar el estrecho de Ormuz. Al día siguiente, Irán anunció precisamente eso: su cierre. La contradicción resume a la perfección el estado de un conflicto envuelto en lo que algunos analistas ya denominan «la niebla de la paz».
La buena noticia es que ambas partes tienen incentivos reales para llegar a un acuerdo. Irán es consciente de su fragilidad ante futuros bombardeos. Washington entiende el coste que implica para la economía global el bloqueo prolongado del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial. Pero la mala noticia es que la desconfianza mutua es profunda y las posiciones de partida, muy alejadas en todos los asuntos críticos.
Los puntos de fricción son numerosos y complejos: el enriquecimiento de uranio, la libertad de navegación por el Golfo Pérsico, el levantamiento de sanciones, el futuro del Líbano, el arsenal de misiles iraní y el apoyo de Teherán a milicias regionales como Hezbolá. Resolver todo eso exigiría meses de negociación intensa, y eso en el mejor de los escenarios. El acuerdo nuclear JCPOA, firmado en 2015 y abandonado por Trump en 2018, tardó aproximadamente tres años en fraguarse. La situación actual no apunta a que haya tiempo, ni voluntad, para un proceso semejante.
La presión económica aprieta, pero no garantiza el acuerdo
El problema es que la economía global no puede esperar a que la diplomacia haga su trabajo. El bloqueo del estrecho ya está disparando los precios de la energía. La escasez de combustible para aviación podría dejarse sentir en pocas semanas. Los precios de los fertilizantes —íntimamente ligados al gas natural— están subiendo, lo que amenaza con encarecer los alimentos en mercados de todo el mundo. Al mismo tiempo, el bloqueo económico estadounidense añade presión directa sobre las finanzas iraníes.
La pregunta clave es si esa presión combinada sobre ambas partes forzará un acuerdo exprés o, por el contrario, endurecerá las posiciones y terminará rompiendo las negociaciones. Los analistas más atentos al expediente se inclinan por lo segundo. La razón es sencilla: tanto Washington como Teherán parecen convencidos de que la otra parte cederá primero.
El vicepresidente estadounidense J.D. Vance regresó en abril de sus conversaciones con representantes iraníes en Pakistán sin resultados, pero con la confianza de que el bloqueo económico doblaría a Irán en días. Ese optimismo recuerda a los errores de cálculo previos de la Administración Trump, que a lo largo de este conflicto ha sobreestimado sistemáticamente su capacidad de coerción y subestimado la resistencia del régimen iraní.
Escalada en lugar de rendición
EEUU podría haber abierto ya un nuevo ciclo de hostilidades con la incautación reciente de un buque iraní. Si Washington decide escalar aún más —por ejemplo, ejecutando la amenaza de Trump de destruir infraestructuras eléctricas y puentes en Irán—, lo más probable no es la capitulación de Teherán, sino su represalia. Esa respuesta podría materializarse en ataques a refinerías y plataformas petrolíferas en el Golfo Pérsico, o en el respaldo a los rebeldes hutíes de Yemen para que bloqueen el tráfico por el Mar Rojo. Cualquiera de estos movimientos agravaría de forma significativa la crisis energética que ya está en marcha.
Las próximas semanas probablemente alternarán periodos de escalada con rondas de negociación, a veces simultáneamente, mientras ambas partes tantean la resistencia del contrario. Algunos flecos podrían resolverse antes: Irán no está enriqueciendo uranio en estos momentos, lo que haría posible una moratoria indefinida a cambio de que EEUU reconozca formalmente su derecho a hacerlo en el futuro. Pero el asunto del estrecho de Ormuz es más enrevesado. Una de las propuestas que circula en círculos diplomáticos pasa por repartir los ingresos del tráfico marítimo entre Irán y Omán —o incluso EEUU, como el propio Trump ha insinuado—, presentándolos como un fondo de reconstrucción de posguerra.
Hay además variables impredecibles que complican el cuadro. No está claro cuánta presión económica real soporta Irán ni si el régimen está tan unido como aparenta: los sectores más intransigentes parecen estar ganando peso en Teherán. En el lado estadounidense, la cuestión es si Trump comprende de verdad los límites de sus opciones militares, más allá de la retórica. Y el papel de Israel sigue siendo una incógnita: el Gobierno de Netanyahu podría provocar una nueva crisis si las negociaciones avanzan en una dirección que no le conviene.
Los mercados financieros cerraron la semana pasada al alza, aparentemente convencidos de que lo peor había quedado atrás. Esa suposición, a la luz del análisis disponible, parece prematura. Como recoge Financial Times, la crisis aún no ha tocado techo, y los riesgos para la economía global de una escalada adicional son reales y crecientes.