Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, ha dejado muy poco margen a la interpretación este martes. En el acto del 75 aniversario de la Asociación de Bancos de Alemania, celebrado en Fráncfort, la máxima responsable de la política monetaria de la zona euro ha dejado caer que la institución no moverá los tipos de interés en la cumbre de la semana que viene. Los tipos se quedarán, una vez más, en el 2%, nivel en el que llevan anclados desde junio del año pasado.
El mensaje de Lagarde llega a escasos dos días de que el BCE entre en el llamado periodo de blackout, la semana previa a cualquier reunión de política monetaria en la que los miembros del Consejo de Gobierno tienen vetado hacer declaraciones públicas sobre el precio del dinero. Que la presidenta haya elegido este momento para ser tan directa no es casualidad: significa que hay un consenso sólido dentro del organismo para no actuar todavía. Salvo un giro inesperado de último momento, la decisión parece tomada.
La justificación de Lagarde es clara: aún falta información para sacar conclusiones definitivas. La doble incertidumbre sobre cuánto durará el actual contexto de tensión económica y cuánto tardará en trasladarse a los precios hace imposible, según ella, tomar decisiones con garantías. El banco, ha insistido, estará listo para actuar en cuanto disponga de los datos necesarios. No antes.
Dos fuerzas que empujan en direcciones opuestas
El diagnóstico del BCE es el de una economía europea atrapada entre dos presiones contrarias. Por un lado, el encarecimiento de la energía amenaza con alimentar una nueva espiral de precios y salarios, el temido efecto de segunda ronda que los bancos centrales llevan meses intentando evitar. Por el otro, esa misma incertidumbre energética, combinada con la baja confianza de consumidores e inversores, puede acabar golpeando la demanda y lastrando el crecimiento, que ya de por sí es débil.
La propia Lagarde lo ha ilustrado con un ejemplo revelador de la volatilidad actual: el 31 de marzo, cuando el conflicto geopolítico parecía recrudecerse, los precios del petróleo empujaban a la economía europea de lleno hacia el escenario adverso. Apenas diez días después, tras el anuncio de un alto el fuego, la situación se había reequilibrado entre ese escenario negativo y el de base. En pocas palabras: el margen de error es enorme y las decisiones precipitadas pueden salir muy caras.
El BCE trabaja con dos escenarios macroeconómicos elaborados en marzo. El de base contempla una inflación del 2,6% para este año. El adverso, más pesimista, apunta a un crecimiento de los precios del 3,5%. Solo el segundo obligaría a una política monetaria claramente más restrictiva. El problema es que el banco aún no sabe con certeza cuál de los dos refleja mejor la realidad.
La vista puesta en junio
Todo apunta a que junio será el mes clave. En esa reunión, el BCE revisará sus proyecciones macroeconómicas con datos más recientes, lo que debería ofrecer una imagen más nítida de hacia dónde va la economía de la eurozona. Lagarde no lo ha dicho explícitamente, pero sus palabras han apuntado directamente a esa cita como el primer momento en el que el organismo podría plantearse subir los tipos, si los datos lo justifican.
Los analistas de mercado ya descuentan entre una y tres subidas de tipos a lo largo de este año por parte del BCE, según las estimaciones más extendidas. La primera de ellas, en ese escenario, llegaría precisamente en junio. Pero esa previsión depende de que los próximos indicadores de inflación y actividad económica no deparen sorpresas desagradables, algo que en el contexto actual está lejos de estar garantizado.
El recuerdo de la crisis energética de 2022 pesa en las decisiones del BCE. Entonces, el banco tardó en reaccionar a la inflación y tuvo que ejecutar subidas de tipos agresivas que penalizaron el crecimiento. Ahora, la institución no quiere repetir ese error, pero tampoco quiere caer en el contrario: endurecer la política monetaria en un momento en que el conflicto podría desescalar y el impacto inflacionario resultar menos duradero de lo previsto. Es un equilibrio difícil, y Lagarde lo sabe.
Mientras tanto, el mensaje del BCE a los mercados es de calma y previsibilidad. La institución no quiere añadir volatilidad a un entorno ya de por sí inestable. Por eso Lagarde ha elegido hablar claro antes del blackout: para que nadie se lleve sorpresas la semana que viene. El compromiso con la estabilidad de precios sigue intacto, ha subrayado, y el banco actuará cuando toque. La pregunta es cuándo llegará ese momento.