Gore Verbinski lleva años fuera del radar. El director de la trilogía original de Piratas del Caribe y de la perturbadora remake de The Ring regresa al cine con una propuesta que, desde el título, ya avisa de que no va a seguir ninguna convención: *Buena suerte, pásalo bien, no mueras*. La película se estrena este fin de semana en España y ha generado una conversación inusual, porque no es exactamente lo que parece. No es una aventura de ciencia ficción al uso, ni una comedia convencional. Es, más bien, una mezcla incómoda de ambas cosas, con algo de parábola social encima.
El punto de partida es sencillo hasta la caricatura: una noche cualquiera en un restaurante corriente, un hombre aparece gritando que el mundo está a punto de ser destruido por una inteligencia artificial y que las personas presentes en ese local son, por alguna razón, la última línea de defensa. El hombre en cuestión lo interpreta Sam Rockwell, un actor conocido por su precisión dramática pero al que pocas veces se le había visto con esta vena cómica tan desatada. Su personaje es al mismo tiempo inquietante y ridículo, y esa ambigüedad es uno de los pilares sobre los que descansa toda la película.
Verbinski opta desde el principio por no tomarse en serio a sí mismo, pero sin renunciar a decir algo. La inteligencia artificial no aparece aquí como un villano con nombre propio ni como una máquina imponente. Es una amenaza difusa, casi atmosférica, que se filtra en la vida cotidiana de los personajes antes de que nadie pueda identificarla como tal. El guion, escrito por Matthew Robinson, aprovecha esa vaguedad para construir situaciones que resultan a la vez hilarantes e inquietantes, sin necesidad de recurrir a grandes efectos visuales ni a explicaciones técnicas.
Un reparto que carga con la película
Uno de los aciertos más claros de la película es su reparto coral. Alrededor del personaje de Rockwell orbitan varios personajes con historias propias que la cinta va desplegando de forma progresiva. Juno Temple interpreta a Susan, cuya historia se centra en cómo los sistemas automatizados transforman la vida cotidiana desde dentro, sin que nadie lo perciba hasta que es demasiado tarde. No hay grandes discursos tecnológicos en su arco narrativo, sino una acumulación de detalles pequeños que resulta más efectiva precisamente por su discreción.
Haley Lu Richardson da vida a Ingrid, una trabajadora despedida para ser reemplazada por un sistema automatizado. Su personaje conecta de forma directa con una ansiedad muy reconocible en 2024: la de sentirse desplazada en un mercado laboral que prioriza la eficiencia sobre las personas. La película no convierte su historia en un alegato, pero tampoco la suaviza. La deja ahí, incómoda, como un recordatorio de que los grandes temas del futuro ya están sucediendo ahora mismo. Michael Peña y Zazie Beetz completan el grupo con arcos más directos, aunque igualmente funcionales dentro del conjunto.
Lo que mantiene unido a este grupo variopinto no es la convicción de que el hombre del futuro dice la verdad, sino el miedo a que pueda estarlo diciendo. Esa diferencia es importante. La película no pide al espectador que crea en el apocalipsis, sino que contemple qué haría si alguien se lo anunciara en mitad de una cena. La respuesta, según Verbinski, oscila entre el absurdo y el heroísmo involuntario.
La IA como telón de fondo, no como protagonista
En un momento en que la inteligencia artificial domina el debate público, desde la regulación europea hasta los titulares económicos, resulta llamativo que una película de entretenimiento consiga hablar del tema sin convertirlo en un sermón. Verbinski prefiere la incomodidad a la advertencia. No hay un científico que explique los riesgos, ni un político que ignore las señales, ni un momento de catarsis en el que todo queda resuelto. La amenaza permanece vaga porque, en el fondo, la película sugiere que así es como funciona en la realidad: no como una explosión, sino como una erosión gradual.
Esa decisión de no concretar tiene un coste narrativo. Hay momentos en los que la película pierde el hilo, en los que el tono salta de la comedia negra al drama sin encontrar el aterrizaje. Los cambios de registro no siempre funcionan, y algunos personajes secundarios quedan sin desarrollar lo suficiente para que su desenlace tenga el peso que busca. Son baches reales, no menores. Pero la propuesta en su conjunto es lo bastante singular como para que esos tropiezos no la hundan.
Lo que Verbinski demuestra con esta película es que sigue siendo capaz de construir mundos con una lógica propia, aunque esa lógica sea deliberadamente torcida. *Buena suerte, pásalo bien, no mueras* no va a gustar a todo el mundo, y probablemente esa sea parte de su propósito. Es una película que prefiere provocar una risa nerviosa a ofrecer respuestas tranquilizadoras, y en eso se parece bastante al tema que trata. La inteligencia artificial no da respuestas tranquilizadoras. Y el cine, cuando funciona, tampoco tiene por qué hacerlo.