Intel cotizaba entre 42 y 48 dólares la mayor parte de lo que llevamos de 2025. En apenas nueve sesiones bursátiles, el valor escaló hasta los 65 dólares, una subida superior al 50% que empuja su capitalización de nuevo por encima de los 300.000 millones de dólares. Nunca en la historia de la compañía se había producido un movimiento semejante en tan poco tiempo.
El punto de partida importa para entender la magnitud del rebote. Intel llegó a valer 65 dólares por acción hace algunos años, luego cayó por debajo de los 20 dólares en un periodo de cuatro años marcado por la pérdida del liderazgo tecnológico frente a TSMC, por la erosión de cuota de mercado en servidores a manos de AMD y por una larga etapa de desinversiones para mantener el negocio a flote. El contexto era de empresa a la defensiva. Lo que ha ocurrido en abril representa, según la lectura del mercado, un cambio de ciclo.
Los tres catalizadores del cambio
Todo arrancó el 1 de abril, cuando Intel anunció la recompra del 49% que Apollo Global Management poseía en su planta de Leixlip, Irlanda, por 14.200 millones de dólares. Apollo había pagado 11.200 millones por esa participación en 2024, así que Intel abona ahora una prima del 27% para recuperar el control total de la instalación. El gesto no pasó desapercibido: la compañía dejaba de vender activos para sobrevivir y empezaba a comprarlos. La acción respondió con una subida cercana al 9% ese mismo día.
El segundo catalizador llegó el 7 de abril con la confirmación de que Intel participará en Terafab, el ambicioso proyecto de fabricación de chips impulsado por Elon Musk junto a Tesla, SpaceX y xAI. El complejo, que se instalará en Austin (Texas), tiene como objetivo alcanzar un teravatio anual de capacidad de cómputo orientado al desarrollo de inteligencia artificial y robótica. Es un proyecto todavía en fase muy inicial, pero la sola asociación de Intel con ese ecosistema tecnológico generó expectativas considerables.
Dos días después, el 9 de abril, Intel y Google cerraron un acuerdo multianual para desplegar futuras generaciones de procesadores Xeon e IPUs en los centros de datos de IA de la empresa californiana. El anuncio consolidó la narrativa de una Intel que vuelve a ser un socio estratégico relevante para los grandes actores de la industria tecnológica. El 8 de abril, un día antes de ese último anuncio, la acción cerró a 58,95 dólares con una subida de más del 11% en una sola sesión y un volumen de 179,7 millones de títulos negociados, un 64% por encima de su media de los tres meses anteriores.
La fábrica irlandesa, clave geopolítica
Más allá del impacto bursátil inmediato, la recompra de la planta de Leixlip tiene una dimensión estratégica que va más allá del balance contable. La instalación produce chips con los procesos Intel 4 e Intel 3, ambos fundamentales para la fabricación avanzada en Europa. Recuperar ese control total llega en un momento en que la dependencia occidental de TSMC —empresa taiwanesa en un entorno geopolítico cada vez más tenso— se ha convertido en una preocupación real para gobiernos y corporaciones. Intel, con fábricas propias en suelo europeo y estadounidense, ofrece una alternativa que hace dos años apenas tenía credibilidad en el mercado.
Este argumento encaja además con el espíritu de la Ley Europea de Chips, que busca reducir la dependencia del continente de proveedores asiáticos y reforzar la producción local de semiconductores avanzados.
Prudencia: el mercado se ha adelantado a los resultados
La euforia bursátil convive con una lectura más fría entre los analistas. El precio objetivo mediano del consenso se sitúa entre 47 y 48 dólares, muy por debajo de los niveles actuales de cotización. La deuda de la compañía ha aumentado con la recompra de la fábrica irlandesa, Terafab sigue siendo un proyecto sin cifras concretas y los resultados del primer trimestre de 2025, cuya presentación estaba prevista para finales de abril, son la primera prueba real de si la euforia tiene sustento operativo o si el mercado se ha adelantado demasiado a la realidad.
El CEO Lip-Bu Tan, que lleva poco más de un año al frente de la compañía, ha conseguido estabilizar la situación: el proceso de fabricación 18A entró en producción en volumen en enero, hay más de 200 diseños de PC basados en él y el propio Tan reconoció en la presentación de resultados del cuarto trimestre que Intel había infraestimado la demanda existente. Son señales positivas, pero Intel no ha ganado todavía la batalla del negocio de fundición —fabricar chips para terceros— frente a TSMC, y esa guerra está lejos de resolverse.
Lo que ha cambiado en estas semanas no son los fundamentales del negocio, sino la narrativa que rodea a la empresa. Y en los mercados financieros, la narrativa tiene un peso enorme. El reto de Intel ahora es convertir esa historia en cifras que la justifiquen.