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Asturias y León: una historia compartida dividida por Roma

El plural del nombre 'Asturias' esconde una decisión administrativa romana que marcó el destino de dos territorios con raíces comunes.

Por Carlos García·miércoles, 15 de abril de 2026·4 min lectura
Ilustración: Asturias y León: una historia compartida dividida por Roma · El Diario Joven

Hay frases que se repiten con tanta convicción que acaban pareciendo hechos. Una de ellas, muy extendida en ciertos círculos, sostiene que Asturias ha avanzado mientras León se ha quedado atrás. La idea no es nueva ni es inocente: lleva décadas circulando, al menos desde los años en que España empezó a debatir su organización territorial bajo la influencia de tecnócratas como Laureano López Rodó, uno de los arquitectos del desarrollismo franquista. Pero si se hurga un poco en la historia, la narrativa del contraste se complica bastante.

El propio nombre de Asturias esconde una paradoja que casi nadie menciona. Lo que hoy decimos en plural —"Asturias"— tiene su origen en una realidad mucho más antigua y singular: los astures, un pueblo prerromano que habitaba un territorio articulado en torno al río Ástura, el actual Esla, que hoy discurre por tierras leonesas. No había dos regiones ni dos identidades: había un solo pueblo con variaciones internas, asentado a ambos lados de la Cordillera Cantábrica.

La división que llegó con Roma

Fueron los romanos quienes introdujeron la distinción. Al organizar el territorio conquistado, establecieron una diferencia entre la Asturia Transmontana —al norte de la cordillera, lo que hoy es Asturias— y la Asturia Cismontana, al sur, en lo que ahora llamamos León. No era una ruptura cultural ni étnica, sino una partición administrativa. Un gesto burocrático que, sin embargo, dejó una huella duradera.

Esa doble designación es, probablemente, el origen del plural que usamos hoy con tanta naturalidad. "Asturias" no es el nombre de un lugar: es el eco de aquella división romana entre dos territorras de un mismo pueblo. La capital administrativa de todo ese espacio fue Asturica Augusta, la actual Astorga, situada en el corazón de la Cismontana, desde donde Roma gestionaba un territorio que nadie en aquel tiempo habría considerado fracturado.

La Asturia Cismontana fue adoptando con el tiempo el nombre de su centro militar: Legio, el campamento de la Legio VII Gemina, que daría lugar a la ciudad de León. El cambio de nombre no borró el sustrato astur, pero lo fue recubriendo con nuevas capas de significado político y simbólico. La ciudad que hoy conocemos como León guarda en sus entrañas, literalmente, los restos de aquel campamento romano que puede visitarse en el Museo de León.

El trigo, el maíz y el peso de la geografía

Antes de que América cambiara la agricultura europea con el maíz, era el trigo el cultivo que sostenía la vida. Y el trigo crecía mejor en las tierras más abiertas y fértiles de la Cismontana que en los valles húmedos y abruptos del norte. Esto explica, en parte, que una proporción significativa de la población astur se concentrara en lo que hoy es León. La relación entre ambas vertientes de la cordillera no fue de distancia ni de rivalidad, sino de complementariedad: cada zona aportaba lo que la otra no tenía.

Las grandes explotaciones auríferas romanas, como Las Médulas, en tierras leonesas, son otro ejemplo de esa integración. La minería no dividió el territorio: lo conectó. Las calzadas romanas que unían los yacimientos con los puertos del norte tejieron una red de intercambio que reforzaba vínculos a través de la montaña, no a pesar de ella.

Del reino leonés al Principado de Asturias

Los grandes monarcas del reino de León —Alfonso VI, Alfonso VII— gobernaron sobre esa complejidad sin pretender borrarla. La diversidad interna era un hecho, no un problema. Pero los siglos fueron desplazando los centros de gravedad: no por rupturas bruscas, sino por la acumulación silenciosa de decisiones, intereses y circunstancias que terminaron por redefinir los contornos identitarios de cada territorio.

La configuración del Principado de Asturias añadió una nueva dimensión simbólica al proceso. El título —vinculado al heredero de la Corona desde el siglo XIV— cargó al territorio norteño de resonancias dinásticas y proyectó hacia el futuro un nombre con peso histórico. No como negación de lo anterior, sino como una de las muchas formas posibles en que la historia se reescribe a sí misma.

La industrialización del siglo XIX y la primera mitad del XX aceleró la divergencia de ritmos. Asturias, con sus minas de carbón y su siderurgia, vivió una transformación intensa y visible. León permaneció más ligado a la agricultura y la ganadería, a una economía de proximidad que no proyectaba la misma imagen de dinamismo. De ahí, quizá, aquella frase sobre el avance y el retraso que sigue circulando en conversaciones de carretera.

Pero la historia, si se lee con atención, sugiere algo distinto: no dos destinos enfrentados, sino dos ritmos distintos de una misma conversación que empezó mucho antes de que Roma trazara su primera línea en el mapa. El Esla sigue su curso indiferente a esas discusiones, como ha hecho siempre.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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