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La guerra con Irán amenaza el grifo de dinero del Golfo

Los fondos soberanos árabes mueven más de 140.000 millones anuales en EE.UU. y el conflicto pone en duda su ritmo inversor

Por Carlos García·lunes, 20 de abril de 2026·4 min lectura·1 vistas
Ilustración: La guerra con Irán amenaza el grifo de dinero del Golfo · El Diario Joven

Cuando los grandes bancos de Wall Street presentaron sus resultados del primer trimestre de 2025, los números brillaron: comisiones récord en fusiones y adquisiciones para Goldman Sachs y JPMorgan, y entradas masivas de capital en BlackRock. Detrás de esas cifras hay un actor que rara vez aparece en los titulares pero que mueve el tablero: los fondos soberanos de Oriente Próximo. Ahora, con el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán sin resolverse, la pregunta que flota en los despachos de Manhattan es hasta qué punto esa fuente de capital puede verse comprometida.

Según Global SWF, organización especializada en el seguimiento de inversores soberanos, estos vehículos canalizaron más de 140.000 millones de dólares hacia la economía estadounidense solo el año pasado. Eso representa ya más del 50% de toda la actividad global de fusiones y adquisiciones protagonizada por capital soberano. No es una cifra menor: estamos hablando de una pieza estructural del ecosistema financiero occidental.

Los protagonistas de ese flujo son conocidos: el Fondo de Inversión Pública (PIF) de Arabia Saudí, la Autoridad de Inversiones de Catar y la Autoridad de Inversiones de Abu Dhabi, entre otros. Juntos forman parte del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), un bloque que en 2025 cerró operaciones por casi 73.000 millones de dólares dentro de su propio perímetro, un 170% más que el año anterior, según datos del bufete internacional A&O Shearman. La tendencia, hasta hace poco, era de aceleración constante.

La apuesta por la IA y las infraestructuras

Lo que ha cambiado en los últimos años no es solo el volumen, sino también el perfil de las inversiones. Hace una década, el capital del Golfo se dirigía principalmente hacia activos financieros y propiedades inmobiliarias en capitales occidentales. Hoy, los fondos soberanos priorizan la inteligencia artificial, la gestión de cadenas de suministro y la transición energética, y lo hacen con condiciones: exigen que sus socios estadounidenses inviertan también sobre el terreno árabe, abran oficinas locales, formen talento y compartan propiedad intelectual.

Ejemplo de ello es la alianza entre Blackstone y Humain, grupo de IA controlado por el PIF saudí, que en los últimos meses se materializó en un acuerdo de 3.000 millones de dólares para el desarrollo de centros de datos. Jon Gray, presidente de Blackstone, ha protagonizado además una ofensiva diplomática en la región que incluyó el anuncio de una inversión de 250 millones de dólares en una empresa de infraestructura de pagos emiratí, incluso con el conflicto activo. El mensaje era claro: los negocios siguen.

El caso más llamativo del año pasado fue la adquisición de Electronic Arts, el gigante estadounidense de videojuegos, por 55.000 millones de dólares. La operación, liderada por el PIF junto a Silver Lake y Affinity Partners, se convirtió en la mayor compra apalancada de la historia. JPMorgan respaldó la transacción con una línea de crédito de 20.000 millones de dólares, también récord. Una escala que habla por sí sola del peso que ha alcanzado este capital en el sistema financiero global.

El factor guerra: ¿pausa o retirada?

Ante las preguntas directas de analistas e inversores durante la ronda de resultados, los directivos de Wall Street optaron por el optimismo. Larry Fink, consejero delegado de BlackRock, fue el más explícito al afirmar que el dinero del Golfo sigue llegando a sus fondos sin alteraciones y que el comportamiento inversor de los soberanos no ha cambiado. Una declaración tranquilizadora, aunque la situación sobre el terreno todavía está lejos de estabilizarse.

Los analistas más cautos señalan una distinción importante: el destino final de las inversiones probablemente no cambia —diversificar lejos de los combustibles fósiles sigue siendo una necesidad estratégica para estos países—, pero el ritmo sí puede hacerlo. Jane Fraser, consejera delegada de Citigroup, lo planteó en términos precisos en un memorando interno: aunque la dirección de viaje está clara, el paso podría haberse frenado. Un matiz que en términos de volumen puede traducirse en decenas de miles de millones de dólares menos fluyendo hacia los mercados occidentales en el corto plazo.

El escenario más citado entre quienes conocen bien la región es que Arabia Saudí derive capital internamente desde el PIF hacia necesidades más urgentes: reconstrucción de infraestructuras, refuerzo de oleoductos, estabilización de la economía doméstica. Un exministro británico con experiencia en el Golfo lo resumió sin rodeos: ese dinero se irá a tuberías y a reconstruir la economía nacional, no a fondos de capital privado en Nueva York.

Para los bancos y gestoras de activos que ya han apostado por establecer presencia física y relaciones sólidas en la región, el momento puede representar una oportunidad diferencial. Las firmas que demostraron lealtad antes del conflicto —abriendo oficinas, formando equipos locales, co-invirtiendo en proyectos estratégicos— estarán mejor posicionadas para acceder a los contratos de reconstrucción que vendrán y, sobre todo, para mantener su acceso privilegiado al capital soberano cuando el ciclo inversor recupere velocidad. En finanzas, como en geopolítica, las relaciones que se construyen en momentos difíciles son las que más valen cuando la tormenta amaina.

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Redactado por inteligencia artificial · Revisado por la redacción

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