Tras la reciente reunión entre Estados Unidos e Irán para firmar un memorando que podría poner fin a la guerra y securizar el estrecho de Ormuz, los mercados financieros y la economía global se encuentran en una encrucijada. Históricamente, el final de un conflicto suele traer un "dividendo de la paz", marcado por una reducción del gasto militar y la liberación de recursos para sectores más productivos. Sin embargo, esta vez la situación parece diferente.
Pese a la esperanza de un acuerdo duradero en Oriente Próximo, las tensiones geopolíticas siguen siendo elevadas. Con la posibilidad de una escalada en la región y el reto continuo de China hacia Taiwán, la inversión en defensa a nivel mundial no muestra señales de disminuir. Europa aumenta su gasto militar para fortalecer a Ucrania frente a Rusia y proteger sus fronteras, mientras que Estados Unidos planea incrementar su presupuesto en defensa desde aproximadamente 1 billón de dólares este año hasta 1,5 billones en el próximo. Esto refleja un escenario donde la carrera armamentística se acelera, impulsada por la necesidad de modernizar capacidades frente a nuevas tecnologías bélicas.
No obstante, un aspecto positivo inmediato se está materializando: la caída de los precios del petróleo y el gas tras el posible cese de hostilidades. La apertura del estrecho de Ormuz aliviará notoriamente las interrupciones en el suministro de materias primas como el helio y los fertilizantes, lo que podría beneficiar tanto a países desarrollados como emergentes. Durante los meses de marzo a mayo, el fuerte incremento en la energía actuó sobre la economía global como un impuesto indirecto, afectando especialmente a importadores netos de energía como Europa y Japón, así como a naciones emergentes como India. Aunque algunos productores estadounidenses lograron beneficios, los consumidores acabaron pagando más en combustibles.
Según datos de Estados Unidos, el consumo mundial previo a la guerra era de unos 105 millones de barriles diarios a un precio medio de 65 dólares por barril. El conflicto elevó este precio en un 50%, generando un sobrecoste estimado en 1,3 billones de dólares anuales para los consumidores globales. Sin embargo, este aumento no se sostuvo lo suficiente para considerarlo un impuesto permanente ni para influir de manera decisiva en la economía mundial. La reciente reducción del precio del petróleo, por tanto, apunta a que la inflación energética podría ser temporal y contribuir a una moderación en las subidas de tipos de interés por parte de los bancos centrales.
Esta perspectiva acoge un escenario donde la inflación disminuye y la presión sobre el mercado laboral se suaviza, en particular en Estados Unidos, donde la rigidez salarial ha bajado en comparación con el periodo 2021-2023. Esto reduce el riesgo de una espiral inflacionaria persistente y abre la puerta a una política monetaria menos restrictiva en el corto plazo. Las cadenas de suministro globales, aunque afectadas por la guerra en Oriente Próximo, no sufren comparativamente tanto como durante la pandemia, lo que también favorece la estabilidad económica.
Quizás el efecto más significativo del dividendo de la paz hoy sea la posible continuidad del mercado alcista global en renta variable. Los inversores han demostrado que la economía mundial es notablemente resistente, habiendo soportado desde el inicio de la década múltiples shocks, incluyendo la pandemia, las interrupciones comerciales, la inflación y las tensiones bélicas. Este fortalecimiento se refleja especialmente en el rendimiento de las acciones, muchas de las cuales están en máximos históricos, impulsadas además por la innovación tecnológica y la inversión creciente en inteligencia artificial.
Sin embargo, la preocupación persiste sobre si este auge tiene fundamentos sólidos o si podría tratarse de una burbuja similar a la crisis tecnológica de finales de los años 90. La diferencia radica en que ahora las ganancias empresariales acompañan el crecimiento bursátil, lo que añade un factor de estabilidad. En este contexto, el posible fin del conflicto en Oriente Próximo podría reforzar la confianza de los inversores y prolongar este ciclo alcista, beneficiando tanto a la economía global como a las cuentas corporativas hasta, al menos, finales de esta década.
En definitiva, el fin de la guerra con Irán no asegura una reducción del gasto militar global, que incluso podría incrementarse dada la persistencia de las tensiones internacionales. Sin embargo, sí ofrece un alivio en los precios de la energía y una oportunidad para que la economía mundial consolide su recuperación y continúe un crecimiento sostenido, gracias a la estabilidad inflacionaria y a un mercado bursátil sólido y resistente.
Más información puede consultarse en Yardeni Research y los análisis del Instituto de Estudios Económicos, que profundizan en las implicaciones económicas de estos cambios geopolíticos.